miércoles, 18 de mayo de 2011

- NO RESISTÁIS AL QUE ES MALO-


       
        
Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os
    maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen
 para que seáis hijos de vuestro Padre que esta en los cielos...
         Sed vosotros perfectos como vuestro Padre que está
    en los cielos es perfecto

                          (Mateo 5:39, 44, 45, 48)

Si ponemos oído atento y obediente al mandato de Jesús y no resistimos al que es malo, tendremos junto a su promesa una sanísima instrucción sobre cómo sobrellevar los asaltos de los malos y las agresiones que nos oprimen continuamente. ¿Para qué resistir al malo? Decía un humorista famoso que los puñetazos son mercancía que viaja; van y vienen (Wodehouse). Y la Santa Escritura: A cualquiera que te hiera en la mejilla, vuélvele también la otra (Mateo 5:39)

Presencié un día un pequeño atasco de automóviles cuyos conductores intercambiaron algunas palabras agresivas. Dos de ellos se bajaron de sus respectivos vehículos y se enzarzaron en una pelea. Si los estupefactos espectadores hubiéramos podido contar los golpes, tal vez hubiéramos podido decir ¡empate! No hubo nadie que los separara, porque en aquel alboroto solo se podían pescar bofetones y golpes variados.

Ya restablecida la circulación, cada uno volvió a su automóvil, y se fueron sin más palabras. He presenciado altercados estúpidos, pero éste superó a todos. Dos adultos dándose golpes mutuamente, para no dejar nada aclarado ni solucionado. Fue algo ridículo, que después hizo reír a todos los que lo presenciarnos.

Yo me pregunté: ¿Qué pensará cada uno de los contendientes de las hinchazones y moraduras sufridas? ¿Qué provecho sacarán de los golpes que ellos propinaron al contrario? Pura estupidez; pero sucedió y sucede continuamente de muchas maneras. Si queremos saber cuáles son nuestros fallos y cómo corregirlos, es preferible oír lo que piensan y dicen nuestros enemigos de nosotros que escuchar lo que te dicen los amigos.

Éstos, por ser amigos y desear seguir siéndolo, no osarán señalarte ninguna falta tuya por mucho que la conozcan, y menos aún, si a cualquier defecto que te señalen respondes con enfado y hostilidad y no quieres reconocerlo. Al momento lo convertirás interiormente en enemigo. Por eso tus amigos se guardan con cuidado de comunicarte tus defectos. Y para eso Dios dispone a tus enemigos. No aceptas consejo de amigo fiel y tendrás que oír censura de enemigo.

Pero entiende que precisamente por estas condiciones el gran favor de señalar y hacerte ver tus faltas y caídas. Para conocerte a ti mismo, que es tarea importantísima y de mucho mérito y provecho, son precisos los enemigos. Mientras el reino de Israel fue fiel no precisó de ejército alguno para defender sus fronteras de enemigos, merodeadores y saqueadores, cuando acudían todos a las santas celebraciones en Jerusalén. El Señor les guardaba con extrema fidelidad. Tuvieron siempre seguridad. (Nehemías 9:27,28)

Tan pronto olvidaron sus deberes y la atención debida a Dios, no les faltaron enemigos que les hostigaran. Sólo entonces, en la aflicción, cuando clamaban arrepentidos y en actitud de obediencia, fueron invariablemente defendidos por el poder de Dios, aunque su arrepentimiento sólo fuera algo momentáneo y efímero. Pero aun con tan débil ánimo, «quitaron de entre sí los dioses ajenos y sirvieron a Dios. Y Él fue angustiado a causa de la aflicción de ellos» (Jueces 10:13-16; Salmo 78).

Todo buen cristiano ama a su enemigo. Amar al enemigo es amarse a sí mismo. Y el cristiano conoce que cuando los caminos del hombre son agradables a Dios, aun a sus enemigos hace estar en paz con él  (Proverbios 16: 7). Tus enemigos abundan tanto dentro como fuera de ti. Es pues prudente abstenerse a juzgar y condenar, a quien al fin y al cabo, si no fuera por sus circunstancias especiales, es igual que tú. Solo Dios, es quien tiene derecho a juzgar. Dejémosle hacer.

AMDG

martes, 17 de mayo de 2011

¿ARBITRARIEDAD DE DIOS?



La aparente y. por tanto, falsa arbitrariedad que los paganos atribuyen a Dios, porque desconocen sus designios de amor, los cristianos confiados en su fidelidad la consideramos como lo que verdaderamente es: una prueba que, como a hijos amados, nos hace pasar para darnos reflexión, dirección e inteligencia espiritual, aun cuando observemos que viene concatenada con otros acontecimientos que a nosotros nos puedan parecer no relacionados con lo que nos atañe.

El cristiano escarmentado y de vuelta de las falsas filosofías, ya no pone atención ni hace depender su vida de las mundanalidades nocivas y, por tanto, tiene libres su mente y su cuerpo para oponer a la agresión externa o interna, las adecuadas contramedidas con total eficacia. En la convicción de depender de su Padre soberano y bueno, le es permitido al cristiano afrontar los problemas que emergen ante sí, con la elegante y desconcertante naturalidad que tanto sorprende a los paganos.

Ninguna agresión o padecimiento, hará derrumbarse al cristiano convicto y confeso de su propia debilidad y dependencia. Es el ser más débil e indefenso, y a la vez la más poderosa fuerza del universo creado. Al no tener poder propio alguno, posee para existir el poder de Dios en la plenitud de Cristo. Es hechura nueva elegida y privilegiada por Dios, «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Filipenses 4:13).

Lo experimentamos, lo percibimos así en cada instante, y una alegría interior indescriptible, real y sentida profundamente nos invade momento a momento. En el triunfo o en el desastre mundano vemos impostores y engañadores. Tanto en una como en otra situación conocemos que, fijos los ojos en la luz del Cielo, podemos atravesar tranquilamente tanto la oscuridad del fracaso como la falsa luz del triunfo. Antes bien, en estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (Romanos 8:37).

Ciertamente vivimos aquí, en otra esfera de la existencia, en la que se contemplan por la fe y la revelación, ambos lados del misterio de la vida y la realidad del más allá. Todo constituye un complejo de factores, que forman parte de una misma unidad del obrar de Dios. Percibida de una forma maravillosamente real, hace de nuestras vidas una experiencia trascendente y eterna.

Formamos parte del "Pleroma", es decir, de la plenitud de Dios en Cristo, y todo lo que acaece forma parte del mismo plan y de su misma realización. Nos llevaría tan lejos este pensamiento que hemos aprendido con simplicidad a decir, ¡amén! en cualquier circunstancia o tiempo. ¡Y sabemos lo que decimos!

La gran equivocación entre tantas grandes equivocaciones es que, a menudo, confundimos las dos palabras, mal y adversidad. ¡Cuántas veces hemos comprendido, aun desde nuestra mente testaruda, que aquella adversidad no fue un mal! Contemplado desde la actual panorámica, fue el salto a un enorme bien.

Por eso cuando comprobamos diariamente tal verdad, podemos  exclamar confiados: “menos mal que el Señor lo hizo a su manera, y no como yo creía que debía ser hecho”. Todo hemos de verlo como fin hacia la última manifestación de la gloria de Dios. Y la gloria de Dios es lo único de valor a buscar, puesto que, aun egoístamente, es la sola garantía de gloria para nosotros.  
AMDG

lunes, 16 de mayo de 2011

DIOS NUNCA NOS FALLA; SOMOS NOSOTROS




En todas las iglesias autollamadas cristianas, cuando se lee un trozo de la Santa Escritura se dice solemnemente: ¡Palabra de Dios! Nosotros verdaderamente lo creemos así sin más discusión, y por ello procuramos hacerla real y viva. Y es que para nosotros, estas palabras que se leen no son un acto más del ritual, por espectacular que éste sea. Son reales y transformadoras de vidas.

Podemos citar algunos pasajes, aunque para el creyente maduro e ilustrado existen infinidad de ellos. Toda la Biblia es consuelo, instrucción y ayuda y cada pasaje es útil para alguna necesidad específica. De todos modos expondremos algunos ¡Son tan hermosos! « «Mi alma está muy turbada y tú, Señor, ¿hasta cuándo?». (Salmo 6:3). «Conozco, Señor que tus juicios son justos y que conforme tu fidelidad me afligiste». «Sea ahora tu misericordia para consolarme» (Salmo 119:75, 76)

¡Cuántas y cuántas citas bíblicas podemos aportar! Son innumerables, y todas nos enseñan que el hombre, ante la prueba, conoce las dos cosas principales en medio de ella.

1ª Todo proviene de la voluntad de Dios, adverso o favorable aun desde nuestra corta perspectiva. ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo buena? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente? ¡Laméntese el hombre de su pecado!... Que se siente solo y calle, porque es Dios quien se lo impuso» (Lamentaciones 3:37-39; 28).

2ª Dios sabe lo que hace; al único y sabio Dios, sea gloria mediante Jesucristo para siempre. Amén. Romanos 16:27) 
La primera consideración ya nos proporciona un horizonte de alivio y esperanza Le sigue consecuentemente que la liberación vendrá en todas las ocasiones. Para  verdadero  creyente, hasta la muerte es una forma de liberación.

A veces esta liberación, este escape, se presenta rápidamente, y otras, aunque ocasionalmente parezca que se aplaza según nuestra torpe impaciencia, al final llega con fruto cierto y abundante (Hebreos 12:11).

Siempre hay liberación para el que está en el Señor si sabe esperar el momento oportuno. El Señor dice por boca de David: «Deléitate en el Señor, y El te concederá las peticiones de tu corazón. Encomienda tu camino a Dios y confía en Él: y Él hará» (Salmo 37:4-5). No es hacer ni ser por nosotros mismos, sino amar la obra de Dios y deleitarse en ella sabiendo que ha sido escogido para una gloria inimaginable. Solo eso produce los frutos del Espíritu:… el fruto del espíritu es amor, gozo espiritual, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra esto no hay ley. (Gálatas 5:22 y ss.) Es decir, que nunca nos pasaremos practicándolo.

Las formas, pues, y el tiempo del consuelo, hemos comprobado que dependen de Dios; como todo. Que el consuelo llega es cosa segura; basta estar confiado. La paz llena al creyente, que sabe que el Padre no aflige ni entristece por el placer de atribular a sus criaturas. «Antes bien, si aflige, también se compadece según la multitud de sus misericordias» (Lamentaciones 3-32).

AMDG

jueves, 12 de mayo de 2011

ACTITUD Y PAZ


Pero hay que dejar bien aclaradas dos premisas principales para enfrentarse con un tema tan delicado. Primera. No es lo que nos sucede, sino nuestra actitud ante ello, lo que hace que cualquier dificultad con la que nos sentimos enfrentados sea para nosotros algo terrible, o sólo un inconveniente pasable. Repetimos, es la actitud subjetiva la que proporciona identidad y cuerpo a lo que nos sucede objetivamente. Un ejemplo: Cuando mi hijo era pequeño había que llevarlo periódicamente a la peluquería, a la que él aborrecía.

Era una "odisea". Tan pronto como el peluquero nos veía entrar en su establecimiento, nos lanzaba una mirada mezcla de simpatía y de compasión por él y por nosotros. El niño gemía, protestaba, sudaba... y el peluquero y yo con él. Una angustiosa hora era precisa para hacer el trabajo; tanto que  dejábamos pasar el tiempo más de lo conveniente, antes de volverlo a llevar.

Un día que se hallaba más sosegado pude persuadirle de que si se quedaba quieto, le podía prometer que el asunto duraría menos de la mitad del tiempo y el trabajo sería menos desagradable y aun pasable para él mismo. El niño era inteligente y comprendió. Dios sabe el esfuerzo que el chico haría con tal de contentarme. Lo cierto es que los siguientes cortes de pelo fueron totalmente tranquilos, sin gemidos, ni tirones ni sudores.

Éramos el mismo peluquero, el mismo padre y el mismo niño, pero la actitud de éste era distinta y todo cambió a mejor. Ya jamás volvimos a padecer aquel suplicio. La actitud del niño, confiado, positivo y calmado, fue el condicionante de aquella estupenda variación.

Podemos colegir, por este simple ejemplo que es nuestra actitud ante cualquier situación lo que condiciona decisivamente las circunstancias y resultados en casi todas las situaciones de la vida. Mala actitud y enfrentamiento es igual a sufrimiento. Buena actitud es serenidad y paz. Comprueben en un niño pequeño al que hay que ponerle una inyección.

En medicina, y ante cualquier intervención médica, lo que más aprecian los cirujanos es la serenidad y confianza del enfermo, que les facilita de forma extraordinaria la necesaria intervención. Y con lo dicho se puede hacer una extrapolación a toda situación.

Segunda. Muchas veces preguntamos: ¿Cuál es la voluntad de Dios en este asunto tan doloroso y complicado que me está sucediendo? Podemos decir con toda certeza: La voluntad de Dios es exactamente lo que me está pasando! ¡Esto mismo!

En esta actitud, que es difícil si es sincera, el creyente comprueba sin más cuál es la voluntad de Dios. La fe repite constantemente: ¡Esta es! Y ya no hay por que devanarse la cabeza ni agitar el corazón. Todo lo que ha pasado, pasa o pasará, es la voluntad de Dios. Los mismos sucesos son su voluntad y los resultados de esa voluntad.

Ya decimos que es difícil, en un trance cualquiera, decir y sentir esto con sinceridad y acatamiento real. Pero es así, y no de otra forma. Dios crea, vitaliza y controla su universo. No se descuida o duerme, ni tampoco se equivoca. Si lo sentimos así, comprobaremos más adelante esta verdad tan reconfortante.

Para empezar a guiarnos, en primer lugar hemos de tener muy en cuenta las afirmaciones de La Biblia, perfectas y verdaderas como lo que son: Palabra inspirada por Dios. El decurso de la vida nos da ocasión de comprobarlo, pero es más sabio obedecer y, después, sin complicaciones, verificar su eficacia y poder.

Rafael Marañón

LA BÚSQUEDA DE LA PAZ.





Que formo la luz y creo las tinieblas,
que hago la paz y creo la adversidad.
Yo, Dios, soy el que hago todo esto.
Isaías 45:7
Mira la obra de Dios; porque ¿quién podrá enderezar lo que
él torció? En el día del bien, goza del bien; y en el día de
la adversidad, considera. Dios hizo tanto lo uno como lo otro,
a fin de que el hombre nada halle después de él.
Eclesiastés 7:13, 14
Todo lo sufre,
todo lo cree, todo lo espera,
todo lo soporta. (el amor).
(1ª Corintios 13:7).

El ser humano vive inmerso en un enigmático universo, rodeado de un cúmulo de dificultades, de agresiones internas y externas, así como de deseos frustraciones e ilusiones que se desarrollan dentro de su propio interior; las más de las veces no dependiendo lo más mínimo de su propia voluntad.

Se siente como una pavesa en el viento, y desea desesperadamente, aun en las mejores circunstancias, estabilidad, bienestar y vigencia, que no alcanza a percibir en la «loca rueda de la fortuna», que no cesa de girar. El temor le acompaña a lo largo de toda su vida. Temor en la niñez, en la adolescencia y en cada tramo de la vida continuamente. En cada época el suyo, pero en todas se siente atrapado por el temor.

Asimismo, aun en la paz más estable, el ser humano, que es complicado por naturaleza, tiende a complicarse aún más sin poderlo evitar. Así se dice con acierto: «El que no tiene una cruz, con dos palitos se hace una». Y es que aun en paz y sosiego, tan fugaces, la imaginación (la loca de la casa), se inventa motivos de inquietud, bien para proyectarse hacia adelante, tal vez en pos de una fugaz quimera, o bien para retraerse y replegarse dentro de sí misma, defendiéndose de algo que sólo existe de una manera subjetiva e irreal, aunque parezca real para ella.

Ante la dificultad o la adversidad, hay dos modos principales de enfocarla y enfrentarse a ella: la cristiana y la pagana. Es decir, la del hombre de fe y la del que quiere confiar en todo menos en Dios. El cristiano confía en Dios para todo. El pagano lo invoca «por si acaso» pero a la vez se agarra de forma desesperada a lo que encuentra de misterioso, siempre que le digan, y a él le parezca, que tiene propiedades para enfrentar aquella dificultad.

Fetiches, amuletos, estampas... Se puede comprobar cuando se visita un hospital. Hay de todas clases. Si el enfermo sana, fue gracias a cualquier cosa (ni siquiera la ciencia), el amuleto, la estampa o vela encendida. Si no curan es que Dios fue el que cruelmente no quiso. La diferencia empieza por esos distintos enfoques y proyecciones, que tan mal entendidos son por los paganos.

Los cristianos, sin dejar de ponderar y comprender con la mayor profundidad que nos es posible el estado de ánimo del incrédulo, vamos a enfocar la cuestión desde la perspectiva del hombre de fe.

El ánimo del incrédulo, que está siempre sobresaltado y temeroso es, muchas veces nos guste o no, similar al del «creyente» de cualquier denominación, tibio y desentendido de las cosas de Dios. Por ello estamos seguros de que sólo el verdadero creyente, el elegido, puede aplicarse con eficacia estas consideraciones. Y si avanzamos algo en este terreno, ¡gloria a Dios!

Dejemos por sentado que no menospreciamos las turbulencias internas y externas de cualquier ser humano. Todos somos humanos, por tanto «nada humano nos es ajeno». ¿Quién puede sustraerse al agitado devenir del sufrimiento humano? ¿Quién podrá comprender el misterio que se mueve en la existencia de cualquiera?

Rafael Marañón Barrio

























miércoles, 11 de mayo de 2011

FUERA DE CONTEXTO

 

Estimado hermano: anticipo que no tengo demasiados prejuicios a la hora de valorar a los que me escriben, y aman a Dios en Jesucristo su unigénito hijo. Me importa menos que sean lo que sean tal como Pablo apóstol dice: a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro… (1ª Corintios) ¿Usted lo invoca así? ¡Pues ya está! Basta por mi parte.

Es por tanto secundario para mí, que el equivocado sea este o aquel, porque Dios pondrá orden y llevará a su lugar a los que le aman, tal como se dice en La Santa Escritura: Así que, todos los que somos perfectos,(en Cristo) esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios (Filipenses 3:15).  Por lo tanto lo que usted me recalca de La Biblia, es conocidísimo para cualquiera, y es de lo más elemental para el que conoce algo de su fe cristiana, y aunque se lo recibo con placer, no es nada nuevo para mí.

No soy de derechas, ni de izquierdas, ni de centro, ni todo eso. Fundamentado en la vida y palabras de Jesús y sus discípulos, trato de ser lo más lógico y mesurado que puedo. Que se cierren templos evangélicos me sienta tan mal, como que se metan con los templos católicos o de cualquier confesión. Para mí es lo mismo. Yo quiero para todos, la libertad que Cristo nos otorgó, no solo para las cosas espirituales sino también para los materiales, y me hacen indignar tanto los dictadores, como los supuestos demócratas, porque todos se basan en la injusticia y en la prepotencia.

Solo deseo, para todo el pueblo, prosperidad y paz que considero imposibles, mientras estas querencias mencionadas sean el leit motiv de las gentes, sean quienes sean. Me molestan tanto los agitadores violentos, como los que se gastan miles de millones en caprichos, que humillan y afrentan a toda la humanidad, empezando por ellos mismos. Y si además se hace sobre y contra, un pueblo doliente, pobre, y abandonado, pues ya ni le cuento.

En cuanto a lo que me propone sobre libros, he leído los que me dice y algunos más, lo digo sin jactancia, que es  impropia de los que somos de Cristo. Distintos amigos, me envían todos los días muchas citas bíblicas para sostener algún pensamiento, muchas fuera de contexto y sin complementar con otras, que también aporten claridad y matices a lo que proponen.

Sobre todo me hace pensar en el poco fondo de las gentes, que aportan el pasaje siguiente que dice así: Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro. (Apocalipsis 22:19)

La interpretación natural y literal, es que nada se añada al libro citado, y no que La Revelación esté cerrada, y menos, citando este versículo fuera de la utilidad para el fue escrito. Cuando no es ignorancia, es deseo de forzar las apriorísticas creencias del que lo mantiene. Es decir, para que nadie añadiera o quitara algo de lo que está escrito en ese libro concreto. Lo que otra persona se figure, es cosa de él; no es eso lo que dice La Escritura.

No estoy propugnando que se hagan cosas que contradigan la Palabra de Dios, sino que la revelación personal y la Palabra de Dios, no puede ser reducida ni condicionada por hombre alguno. Por eso me molesta tanto la palabra definir, dependiendo de lo que se pretende con esa palabra.

En otra ocasión nos extenderemos sobre lo demás

Rafael Marañón 11 de Mayo de 2011

lunes, 9 de mayo de 2011

LOS BESOS DE RAFA



Absorto y ausente, me sentaba sobre la camita de mi nieto Rafa. Un brusco vuelco en su postura me hizo fijarme en su carita. Era un rostro tan pequeño que parecía caber en mi puño. Sus labios entreabiertos y su respiración acompasada me llamaron la atención. Unas pequeñísimas gotas de sudor le perlaban cayendo lentas, levemente, por su frente en la que sus undosos cabellos rubios como el oro se pegaban mojados por el sudor. Sus párpados cerrados, casi transparentes, dejaban adivinar más que ver la redondez y belleza de sus pupilas.

Estaba rendido, desplomado; cayendo en la cama se durmió con ese extraño, ausente y profundo sueño de los niños, que a no ser por la respiración acompasada, remeda la postura de la muerte. Los brazos abiertos, entregado, inerte. Él estaba cansado, y yo estaba derrumbado y extenuado por un día de juegos, saltos, empujones, y algunos cabezazos alocados, -cocos, dice él- con esa sólida fragilidad de los golpes de los niños. Todavía quedaba algún juguete esparcido por la cama.

Gracias a que su bondadosa y dulce hermanita, me ayudaba y me permitía algunas treguas. ¡Que alivio era aquella pequeña niña, tan madura para mí! ¡Cómo se prestaba suave y sabiamente para ayudarme a bregar con aquel terremoto de risas, saltos, e incesantes preguntas!  

Pensé aliviado. ¡Por fin se durmió! Cuantas veces a lo largo de aquel día, musité para mí mismo en medio del barullo y el estrépito de sus juegos, gritos y risas: ¿cuánto falta para que se pueda dormir, y pueda yo reposar tan solo unos minutos? 

Ahora en aquellos momentos de silencio, solo ante aquella criatura tan débil y a la par tan poderosa, me di cuenta de cuanto le quería. Pero cuando en el silencio de la habitación profundicé en mis sentimientos, me di cuenta de algo en lo que no había caído en todo el largo día. Vi que aquel ovillito de simplicidad, aquel derroche de gracia, de vida y de glamour, era el recipiente donde se escondía el mismo Dios.

Dios, que no cabe en la creación, en la mente del hombre sabio ni en los más ocultos arcanos que desafían al pensamiento, se hallaba encerrado en aquel niñito. ¡Que gran sacudida de respeto sentí, en aquel momento de consciencia pura ante él! ¡Que maravilloso es lo simple y lo pequeño! 

Yo había sido siempre, el que se consideraba amante de aquel tierno e inocente pajarillo. Sus risas y sus gorjeos, sus ocurrencias verbales, sus gestos maravillosos, su lógica tan directa, movían mi corazón hacia aquella expresión de pura vida y me hacían sentirme fuerte y sustentador de ella. Medité un instante, examinando mis móviles y sentimientos sin ninguna clase de subterfugios.

Al momento me vino al pensamiento, una escena de la que había gozado mucho, pero que no había notado en su plenitud por falta de perspicacia o por fatiga corporal. Cuando su padre prendiéndolo en sus brazos y llamando a su hermanita dijo con fingido tono severo, - ese que tanto esfuerzo cuesta emplear con los niños, y que tan mal nos sale cuando lo hacemos- ¡Vamos a la cama! ¡Se acabó! El niño se dejó recoger por su padre.

Desde los brazos de su padre que me sonreía cómplice de la parodia, mientras se los intentaba llevar a la cama, tendió los suyos tan pequeños y con sus palmas suplicantes diciendo. ¡Un besito a los abuelos! Besó profusamente a su abuela y después se soltó del padre que lo dejó caer como sin gana en mis brazos. Él se echó sobre mí, y sin más preámbulos, me cubrió literalmente de besos.

Besos húmedos que me mojaban, besos secos que me recorrían anárquicos por todo el rostro, bracitos enlazándome el cuello con mas fuerza que cien cuerdas, y labios paseándose por mi rostro que le rascaba, ya que estaba sin afeitar desde por la mañana. Gafas del abuelo colgándome ridículas en una sola oreja. ¡Un festín!

¿Cuántos besos me regaló? No lo sé, pero fueron los besos más aturdidos y desconcertantes que he recibido, junto con los de su hermanita Rosi cuando era más pequeña. Besando mi rostro de viejo cansado del largo día, recorriendo locamente orejas, mejillas, mentón, y todo lo que encontraba ante sus pequeños labios, me dio una de las  lecciones mas grandes de amor y gratitud que he recibido en mi vida.

Todo ello sin decir nada, sino vaciando su tierno corazoncito en su abuelo como muestra sincera y espontánea de su gratitud por mi atención y mis caricias de todo el día. ¿Cómo era posible que aquel tierno ser tan diminuto guardara dentro de sí tan gran contenido en vitalidad y amor?

Y allí,  sentado sobre el lecho que sostenía aquella vida prístina y pura, pensé y dije para mí mismo dirigiéndome a aquella pelotita de vida y amor. ¡Te perdono el día de tanta fatiga como me has hecho pasar! ¡Vaya, si te lo perdono! Y bendije aquel largo día, en que la vida estuvo angelical, pura, alegre, y sencilla en mis brazos.


Nunca fue cariño dado,
Tan grato recompensado.

Con su amor y su poder,
Dios te pague niño amado,
Pues lo has hecho merecer.

Duerme  sin ningún cuidado.
Que llorando de placer,
Yo me siento muy pagado,
Por tu inocencia y tu fe.

Rafael Marañón. 16-6-2000.
(Su abuelo)