miércoles, 13 de julio de 2011

LA RECONCILIACIÓN COMO ESFUERZO Y ACTITUD


Reconciliaos con Dios
                                2 Corintios 5:20
  No depende de nosotros en la mayoría de las ocasiones el estar en paz con los demás. En las familias, entre las amistades, en la propia iglesia, hay personas que literalmente «no te tragan». Hagas lo que hagas es inútil, porque no te aceptarán jamás y para hacerlo posible emplean las más variadas artimañas. Así, distantes, no tendrán que debatir contigo, ni con nadie, las causas de su distanciamiento, con lo cual quedarían en evidencia sus obras y actitudes atrabiliarias.

Su artificial separación, es la cortina de humo que les permite hablar de nosotros, sin tener que soportar réplicas ni evidencias contrarias a su comportamiento, el cual quedaría en evidencia. Bien. Esto también es asunto de Dios.

En un mundo que exhibe una impresionante falta de responsabilidad y coherencia, en donde la oveja no está en su sitio... ni el pastor en muchas ocasiones, ni el esposo, ni la esposa, ni el administrado, ni el administrador, etc., pretender vivir en la estabilidad es cosa utópica y antinatural.

El mundo, por naturaleza y definición, es conflicto continuo. Es enemigo de Dios y contrario, en hechos y pensamientos, al Dios de la sabiduría y de la paz. ¿Jesús? El gran desconocido, cuando no objeto de desprecio o burla contra su nombre o contra sus seguidores.

El sacrificio de Cristo es la más inimaginable bendición para los que lo aceptan y, a la par, la más horrenda maldición para los que le rechazan o escarnecen. Es sólo de esta manera, que nos está permitido decir legítima y plenamente, que Cristo murió por todos. A todos implica su sangre, aunque en una tan abismal diferencia, que no podremos discernir en su plenitud hasta el gran día de su manifestación gloriosa.

La reconciliación puede ser expresada por el creyente, en relación con los demás, con su actitud y buena disposición hacia todos, según lo que es voluntad de Dios. Así dijo Pablo apóstol: En lo que de vosotros dependa, estad en paz con todos (Romanos 12:18) y, Seguid la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. (Hebreos 12:14).

Esta actitud no es pasiva ni negativa, sino que por decirlo de alguna manera, puede ser «activada» por la persona que se constituyó enemiga, tan pronto como ella quiera. Sólo tiene que manifestar sinceramente ese deseo y se cumplirá. Y es que no se podrán entender, a veces, las motivaciones de los hechos de los demás, pero sí se pueden asumir y comprender. Y dado el caso, perdonar. Como nosotros mismos las personas ácidas son falibles y débiles.

Pero no podemos en nombre de la reconciliación, vivir y andar en el terreno moral por el que ellos deambulan, ni en lo tocante a la doctrina. ¿Hay acuerdo? Bien. ¡Alabado sea Dios! El lo ha propiciado. ¿No lo hay? Alabanza al que sabe por qué no se ha llegado al tal acuerdo. La fidelidad es en todo y ante todo para Dios. A El solo se le debe. A partir de ahí lo que se quiera. No somos jueces ni infalibles, pero sin la fidelidad a Dios y sin buscar su gloria como hizo el Maestro, cualquier acuerdo, espiritualmente equivale a nada.

martes, 12 de julio de 2011

TEMPERAMENTO Y CARÁCTER

Tendemos a confundir dos palabras, que por sus connotaciones y aplicaciones practicas tienen alguna semejanza entre si. De ahí las muchas interpretaciones y tergiversaciones, en nuestros conceptos de las personas.

El carácter es algo que se forma con la propia genética del individuo a las que se suman la crianza, la educación y sus inclinaciones hacia lo que va apareciendo a lo largo de su vida. El carácter evoluciona a medida que los rasgos humanos son influidos por todas las vicisitudes vitales. Decía alguien que mejor que una buena cuna es una buena crianza.

El temperamento es la parte inamovible del ser humano que nace con el, y que solamente es modificado accidentalmente por las mismas vicisitudes mencionadas. El apóstol Pedro era de temperamento pronto a la acción en su juventud; son muchos los ejemplos de su precipitación y su fuerza temperamental; cuando ya fue influido por la vida y el espíritu de Cristo, notamos en sus cartas una inmensa mansedumbre en las antípodas de su primario temperamento.

Pablo es otro paradigma de una mutación de su carácter originario, cuando fue rescatado y sirvió al Señor a lo largo de su vida. Y aunque en sus cartas se trasluce algún rasgo de mal genio y aspereza, por otro lado se exhibe un amor a todos los creyentes, y al Señor que le arrebató del mundo y sus arrogancias.

Y es que el temperamento tendía a traicionarle. La mansedumbre de Jesús, borró todo aquel genio vivo y agresivo. Es por eso, que habla con tanta propiedad y enorme autoridad del “hombre viejo”, (Efesios 4:22 y cc) porque él mismo ya recibía los golpes de su antigua manera de ser.

Así que, como vemos en los grandes apóstoles y tantos grandes hombres de la antigüedad, a nosotros también el “hombre viejo”, el temperamental, ataca y molesta, pero Cristo es tu amigo incondicional... y te ama. Ama de verdad; ya acabó para ti todo esfuerzo por agradar, toda preocupación de no gustar.

Si Cristo te acepta y ama, tú también te puedes amar y aceptar. Acepta alegre lo que gozoso acepta Él: a ti mismo. Eres importante para Él. Y si eres importante para Jesús ¿Qué te puede importar lo que piensen los demás. Si te quejas, es porque tu relación con nuestro Señor no es la adecuada.

Estás poniendo la vida actual terrena por encima de las promesas del Señor, y además te va mal, porque no haces lo que debes en relación con tus deberes (que son privilegios). Nadie sino Dios, actúa sobre ti con el amor y la delicadeza que El lo hace. A veces, somos demasiado insensatos.  

lunes, 11 de julio de 2011

REGALO DE DIOS


Todo, y digo TODO, lo que hacemos esta trufado de vanidad y soberbia, aunque creamos que hacemos alguna cosa de mucho mérito. Esto acompaña el hombre toda su vida. Es el "hombre viejo" (Romanos 6:6) de que habla San Pablo.

Por eso dice el Señor…. ¡velad, para que no entréis en tentación! (Mateo 26:41) Y es que somos tan flacos que solo revestidos del poder de Cristo podemos hacer algo útil.

Y cuando lo hacemos nos viene otro cubo de agua fría, para que no nos lo creamos, cuando Jesús dice  siervos inútiles… lo que teníamos que hacer… (Lucas 17:10) ¡Y eso cuando lo hacemos!  Que habría que verlo. ¡Qué necesitados estamos de la misericordia de Dios! ¡¡¡¡¡¡No sabemos ni de lejos lo bueno que es!!!!!

Son estos,  unos breves comentarios que he hecho a un buen amigo, que escribe sobre asuntos espirituales. Y es bien cierto que muchos de nosotros creemos que somos algo, porque en la Iglesia, en las reuniones y fraternidades, etc. destacamos por nuestra labia y ¿porqué no, en espiritualidad o alcances teológicos? De todo hay.

Pero esas alturas teológicas algunas veces más bien estorban que ayudan a la edificación de la Iglesia, porque muchos más inferiores en alcances intelectuales o en comprensión, en lugar de ser edificados, son confundidos.

Los matices en las materias no son bien comprendidos, y de ahí las rústicas predicaciones de algunos, que enganchan a los espectadores, y los llevan por caminos que no son exactamente los que quiere Jesús para los suyos.

Por supuesto que no es de despreciar el genuino amor que a Dios y a su Cristo tienen algunos. Es algo maravilloso para toda la Iglesia. Pero hay un camino y este es estrecho y angosto (Mateo 7:14). Lleva a la Vida y es el único sendero que se debe tomar por la Iglesia de Cristo, de la que El  es cabeza y rector.

Sus palabras son suficientes para marcar un camino segurísimo de salvación y regeneración en paz y en armonía. Es por eso que se dice en La Escritura: ¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, Y baja hasta el borde de sus vestiduras; Como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sión; porque allí envía Yahvé bendición, y vida eterna. (Salmo 133:1,2,3).

Existe una gran preocupación y hasta alarma, cuando se contempla como en una misa o culto evangélico, etc. no acuden sino mayores; la s chicas y los chicos, mas bien acuden por la oportunidad que tienen de formar parte de un club, en el que lo pasan muy bien unos con otros. De forma cristiana muchas veces, y eso es bueno, pero la alarma es general.

Si se miran las cosas desde el punto de vista terrenal, la ausencia de gente en las iglesias es natural que produzca zozobra. Sobre todo a los responsables, que a fin de cuentas viven de lo nutrida que sea la congregación.

Si se miran en el Espíritu, lo numerosa que sea la congregación no cuenta, sino la fidelidad de esta a los preceptos, y al amor que se le debe a Nuestro Señor. Hágase así, y lo demás no importa. Cristo velaría por su Iglesia fiel y verdadera.

Como Tú quieres

Soneto con estrambote


Es ser muy obediente y ardoroso,

Como quieres, Jesús, a los que amas,

Y no gustas de imprecaciones vanas,

Sino solo mirar a ti afanoso.



De nada le valdrá correr ansioso,

Al ser sobre el, que amante, tú derramas

Sobre su alma y su mente santas llamas,

De amor y compasión, tan abundoso.



No aceptas al pedante o vanidoso,

Sino solo al humilde y entregado,

A tu amor en la fe que ya le has dado.



Con agrado sincero y generoso,

A todos nos convidas a tu lado,

Y eres para el Padre el abogado.



Tranquilo y abrigado

En tu gran salvación y acreditado,

Me presento ante Dios limpio y confiado

jueves, 7 de julio de 2011

COMO TRATAR A UN ENVIDIOSO


Nadie quiere ser envidioso. Tener envidia es reconocer inferioridad. Nadie quiere ser así. Se es envidioso sin querer. La envidia de los bienes materiales, de cualidades humanas y tantas cosas más, es moneda corriente en este mundo.

Todos quisiéramos ser jóvenes, ricos, apuestos, inteligentes, ocurrentes, afortunados, y gozar de bienestar y alegría. Claro está, que esto nos proporcionaría el orgullo suficiente para poder despreciar a los demás y enaltecernos a nosotros mismos, que a lo que se ve es manjar tan apreciado por todos.

La realidad no es así. Y muchos se sienten desgraciados y frustrados. La vida se compone prácticamente del discurrir en el combinado de aspiraciones y decepciones, por estas limitaciones y condicionamientos personales.

Nadie quiere estar sometido por escasez de capacidades intelectuales, gracia o presencia física a otras personas tal vez menos valiosas, mezquinas y crueles, pero que son sus superiores en el trabajo, en los grupos de amigos, en la iglesia, y hasta cuando niño en la escuela cuando ponen a otro como ejemplo de brillantez, o a nosotros mismos como ejemplo de torpeza o incapacidad de relacionarse.

Muchas personas quieren ser alegres y vivas, y son tristes y encogidas, tímidas, y conocedoras como nadie de su propia manera desgarbada y desangelada de ser y actuar. Se amargan y se retraen. Sospechan de todos, y de cada palabra que creen que va contra ellos.

Es muy difícil hablar con franqueza y libertad a este tipo de personas. ¿La llaneza? La consideran impertinencia, y a toda frase encuentran motivo para pensar que contiene algo de censura o burla hacia ellos.

Por eso no son nunca bien recibidos, y este hecho refuerza en ellos aún más su tendencia al aislamiento y a la melancolía. Proyectan sobre los demás su propia timidez, tristeza y acritud.

¡Qué persona tan antipática!, dicen todos. No saben el caudal de sufrimiento y de auto hostilidad que se oculta tras esa antipatía, ni la profundidad e intensidad de estos sentimientos.

Esa misma persona es incapaz de analizar su profundo malestar y rencor, y su enconada envidia que disfraza de desprecio. Pero en lo más profundo de su ser, ¡cómo desearía poseer aquellas por él, tan criticadas cualidades de las que carece y que tanto abundan en otros!

Las apariencias son sólo eso: apariencias. Nadie puede detectar totalmente, ni reflexionar, ni analizar, su propia manera de ser. Se está demasiado cerca de sí mismo, y se carece por tanto, de la necesaria perspectiva para verse a sí mismo con claridad y sin subterfugios.

Nadie, y lo repetimos una y otra vez, quiere ser así. ¿Quieres ser tú como aquella atrabiliaria persona rechazada por todos? ¿No es suficiente desgracia para él, ser de esta forma?

Y somos con frecuencia jueces incompetentes de estas personas con unas características acusadas, de las que de una u otra manera participamos todos. En cierto modo, todos y cada uno de nosotros participamos de algún rasgo de los que hemos enumerado.

Unos mas otros menos, somos agrios, petulantes, egoístas, envidiosos, etc. Solo hubo un perfecto, y ese es solo, Jesucristo el hijo unigénito de Dios.

Sobra pues el desprecio por el que tratamos a las personas antipáticas pues no sabemos lo que se esconde en el corazón de cada cual.

Seamos comprensivos, y con mucha humildad sepamos tratar y estimular a los mas desfavorecidos en esos aspectos y también nosotros sabremos también evaluarnos a nosotros mismos, que es sana faena.

¿QUIEN ES PERFECTO, SINO DIOS?



Mi padre no fue un hombre perfecto. Era hombre entre hombres, fuerte, varonil, trabajador y lleno de cualidades... y defectos. Siendo yo muy joven y no sintiéndome amado o comprendido, comencé a ver en mi padre sólo los defectos y a ignorar las cualidades.

¿Qué iba yo a comprender en aquella edad en la que me creía un superhombre? Era, como casi todos los jovencitos, arrogante y sin apreciar y agradecer cada trozo de pan que me comía. Me sentí decepcionado, y elaboré en mi interior contra él un rencor y una hostilidad que en cierto momento hizo casi imposible la convivencia entre nosotros.

Deseaba ardientemente marcharme de mi casa, donde realmente gozaba de un excelente bienestar, mucho más meritorio por cuanto era tiempo de escasez. Cada día me sentía más herido y resentido. No lo podía perdonar. Por fin decidí abandonar mi casa y emigrar, pero como estaba en edad militar decidí ingresar en el ejército como voluntario.

El día de mi marcha y a la hora de salir, mi propósito era no despedirme de él. Mi madre, a la que yo adoraba, me dijo suavemente: ¡Ve, y despídete de tu padre! El era hombre orgulloso, y hubiera permitido que me fuera sin hacer un solo gesto. Era así, un hombre entero a la medida de sus tiempos.

Me acerqué a él y le di un beso con despego y por compromiso, para complacer a mi madre. El hizo lo mismo conmigo. En ese mismo acto un ronquido, un sollozo ahogado, pero sonoro y desgarrado, impensable en él, surgió de su garganta junto con un estremecimiento contenido. Hay que pasar por algo sí para comprenderlo. Fue breve y nos separamos en seguida. Jóvenes amigos, no queráis pasar un momento como este. Os herirá, toda vuestra vida.

Lo cierto es que me marché, y durante el viaje a mi destino en el ejército, en el destartalado tren que me llevaba lejos de mí casa, tuve tiempo suficiente para entender el amor de mi padre y comprenderle plenamente. Todo lo que anteriormente me decían de él para convencerme de que me quería lo había despreciado y había reforzado aún más mi hostilidad hacia él.

Pero aquel sollozo reprimido, y no por ello contenido totalmente, tan sincero y real, me desarmó y cambió el rumbo de mi vida. Ya no deseaba sino volver a verle. No me interesaba el ejército, la emigración, ni otra cosa que sentirme junto a él. Aquel sollozo... ¡ah, aquel sollozo! Un hombretón tan fuerte como una roca no pudo reprimir, aunque yo sé bien que lo intentó con todas sus fuerzas, aquella expresión de amor y de dolor.

Ahora bendigo a mi padre, y cuando a solas pienso en él no puedo evitar las lágrimas. ¡Bendito seas, padre mío, que supiste amarme tanto y tan calladamente! Benditas tus bondades y llévese enhoramala el viento del olvido tus defectos que, a fin de cuentas, son también los míos, los mismos míos. Y como un bobo que soy, no puedo contener las lágrimas. Estoy seguro de que le veré, como también a mi madre y eso será una de las glorias que voy a gozar en toda plenitud.

Ahora, y desde entonces, estoy reconciliado con mis padres y sólo pienso en ellos para decir en mi recuerdo de amor: Lo tenía que haber hecho mejor con ellos en esta u otra ocasión. Pero ya pasó y todo está en manos de Dios. ¿Dónde mejor? ¡Gracias, Señor, por ello y por darme el consuelo de su recuerdo bendito y amable! Gracias porque los tuve, y gracias por darme ocasión de perdonarme a mí mismo y mi extravío. Él era así, y yo soy también como soy.

Por el contrario, ahora vemos cómo las estrellas cinematográficas y políticas, etc., son el modelo y la aspiración de todos a ser como ellos. Yo soy como soy. No reniego de mí. En su inmensa sabiduría Dios me creó como soy, y será alabado por mí, ahora y en la eternidad. Me acepto así. Podría ser mejor o peor, ¡qué se yo!, pero soy así. ¡Gracias, Señor, Padre Santo y verdadero!; tus juicios son verdaderos y justos (Apocalipsis 16:7), y yo me encuentro en perfecto acuerdo contigo.

Mi corazón es tuyo, y lo sabes muy bien, pues Tú lo has hecho tuyo. Mis fallos son míos. Gracias por tu bondad y tu misericordia, que son para mí más importantes que la vida (Salmo 63:3). No tengo envidia de nada de lo que no soy. Estoy en paz. Llegará el día en que hagamos justicia a los envidiosos, comprendiéndoles y amándoles.


PAZ

Poema de AMADO NERVO.


Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas noches de mis penas;
mas no me prometiste tú sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

martes, 5 de julio de 2011

REMEMORACIÓN DEL PASADO




En el terreno social, somos personas como tantas otras. En algunos casos menos inteligentes, menos importantes y hasta (al parecer de muchos), también menos altruistas; pero viviendo en el Espíritu y no en la carne. Porque aunque andamos en la carne, no militamos según la carne (2 Corintios 10.3).

Los errores del pasado no nos angustian. Han sido borrados para siempre, por la fe en la sangre de Jesús. Hemos extirpado el recuerdo de aquel negocio que emprendimos y fracasó. Aquella aventura que nos pudo costar la vida, aquella decisión que tanto daño hizo o pudo hacer.

Toda rememoración del pasado, que los demás puedan hacer con amargura o decepción, es frustrante y dolorosa. Fuera, pues, con ella; no va con nosotros. Cuántas veces nos hemos dicho interiormente: ¡No debí contestar así a mi padre en aquella ocasión!, No debí reírme de las aprensiones de mi madre por la enfermedad o el porvenir de sus hijos. No debí consentir en aquella fechoría de juventud.

Si volvemos continuamente la vista atrás, y no aprendemos a asumir estos hechos que Dios ha asumido y utilizado, como Él bien sabe, siempre tendremos que llevar dos cruces sobre nuestras espaldas; las que nos carga la realidad presente y circundante, y la interior que no hemos querido abandonar en las manos de Dios.

Como náufragos aterrados, nos negamos a dejar la frágil tabla en la que precariamente nos sostenemos en medio de la terrible tempestad de la vida, y no podemos alcanzar la tierna y a la vez fuerte mano que Cristo nos tiende desde su magnífico poder.

Soltemos de una vez el vil tablón, y subamos a la seguridad y al cuidado de nuestro Padre celestial, junto al cual no hay inseguridad que nos agite.

No sólo nos salvará del naufragio, sino que nos lavará y secará, nos dará vestidos limpios, y nos elevará a su banquete celestial y perpetuo. Allí no caben el temor ni la incertidumbre. Sólo alegría, reposo y paz.

Nuestros padres perdonaron ya en su tiempo. Somos seres falibles y nos equivocamos. Antes y ahora. ¿Y qué? Ya todo pasó, y Dios levanta la carga de las espaldas de los suyos, y les hace reposar en su seno amoroso y cálido.

Nunca hemos de volver la vista atrás si no es para aprender de los errores, para corregimos. Pero en paz. Tú guardarás en perfecta paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado (Isaías 26:3). Por que El guarda las almas de sus santos (Salmo 97:10). ¿Aquellas experiencias nos enseñaron? ¡Alabado sea Dios! Quizás ocurrieron para eso.

Aprendizaje sí, pero con la paz que proporciona el arrepentimiento sincero. Que no es solo remordimiento, sino vuelta de la maldad al refugio del que es la suprema bondad

Descárgate de una vez, y glorifica a Dios que lo hace posible. Bendice la memoria y la vida de tus padres. Recuérdales siempre en lo más positivo, y vive en paz.

Seguro que ellos, despojados de prejuicios y pasiones humanas, es lo que desearían. Rindámosles el homenaje de un emocionado recuerdo y vivamos en paz, tal como deseamos que vivan nuestros propios hijos.

MUY NOTABLES DIFERENCIAS



El incrédulo siente pánico por la sola mención de su muerte, y no entiende la actitud serena y desafiante del cristiano ante este acontecer inevitable. No entiende la aceptación cristiana, mansa, de la desgracia, el desprecio, la lucha sorda y anónima, desconocida o ignorada voluntariamente por los mundanos. La vida, en fin, de quien se abstiene alegre y voluntariamente de tantas cosas que para el incrédulo son tan imprescindibles.


La ausencia de angustia en su vida, la mansedumbre con que contemplan que otros sin escrúpulos, quieran echarles de lado en sus trabajos a codazos y zancadillas. Su sosiego y paz ante la murmuración calumniosa. El reconocimiento, franco y espontáneo, de una equivocación, etc. Como sostiene la verdad oponiéndose a toda clase de alienación y vasallaje a hombres o ideas. El extraño a esta vida, no lo entiende; no puede entenderlo.         


Esta mentalidad, así expuesta, puede parecer a los burladores muy excluyente o demasiado dogmática. Acostumbrados a la «verdad relativa», al debate y a la casuística, no pueden entender ni asimilar la simplicísima rotundidad de la fe, ni la seguridad con que el creyente vive su elección, llamamiento, y completa salvación y redención. Su sabiduría, en la fe de Cristo (1 Corintios 1:30).


¿Es que sois superiores? dicen agraviados y en su interior envidiosos de estas conductas cristianas. ¿En qué se diferencia un cristiano de nosotros? ¿Tal vez debemos pensar que, de su naturaleza humana, emanan mejores sentimientos o más deseos de hacer el bien? ¿Acaso una ética arcana y misteriosa?


Contestamos: No; no es así. Un hombre es igual a otro genéricamente, como hombre natural. La diferencia esencial e insalvable entre ambos, cristiano e incrédulo, es que el primero tiene su confianza puesta en Dios. Ésa es su inteligencia y su distinción. El pagano confía en sí mismo, que es confiar en nada.


La pregunta que se hace a los cristianos, por muy capciosa que sea, tiene una escueta contestación. A la pregunta: ¿Es que ustedes no son pecadores?, la respuesta es: Sí, somos pecadores. Aunque pecadores perdonados.


Pecadores que han tirado a la basura del mundo, de donde han sido sacados por gracia, todas sus justicias, sus cualidades, y todo lo que en ellos representa para el mundo algo que, de algún modo, se concierta con lo más excelente de él. Para el cristiano estas excelencias son consideradas como estiércol (Filipenses 3:8).


Nuestra suficiencia proviene de Dios que nos reconcilió consigo mismo por medio de nuestro Señor Jesucristo (2 Corintios 5:19). Ese es nuestro honor, nuestra excelencia, nuestra seguridad, y todo lo que hay de bien en nosotros. No necesitamos nada más. La buena obra adorna y confirma nuestra vocación y elección (2 Pedro 1:10). Eso es todo. Cristo es todo eso en nosotros, y Él hace todo lo excelente en nosotros.


En Dios solamente se aquieta nuestra alma (Salmo 62). ¡Ay del que confía en otra roca, en otro brazo, en otro poder de salvación! Somos de Dios, y eso nos basta. El es nuestra vida, nuestro consuelo, nuestra alegría y nuestra gloria presente y futura. Confesamos a Dios Padre, a Cristo el Hijo, y vivimos siendo morada del Espíritu Santo. He aquí la diferencia.


AYUDA DE JESÚS.

En mis noches de angustia y de tristeza
Has sido tú mi alivio, Jesús mío,
Cuando ya deprimido triste y frío,
Tu consuelo ofreciste a mi flaqueza.

Solo tú, mi divina fortaleza,
Amante y fiel auxilio en mi extravío,
Eres el único que con tu  poderío
Ahuyentas el pavor de mi cabeza.

¿Que dicha encontrará ningún humano
Lejos de ti, en afán desesperado,
Que próvido no dé tu amor sagrado?

En ti camino, mi celeste hermano;
De pérfidas querellas despojado,
Radiante al gran final que tú has forjado.