sábado, 16 de julio de 2011

POR FAVOR



Hay muchas dificultades a lo largo de la vida de las cuales una de ellas y no menor es la de hacer favores. Le preguntaban a un moribundo: ¿te arrepientes de tus pecados? -Me arrepiento- ¿perdonas a tus enemigos? Y él volvió a responder – Yo no tengo enemigos; no he hecho nunca ningún favor-

Por supuesto no es tan así, pero refleja en cierto modo lo que ocurre en esto del trato con el prójimo. Si el que hace un favor espera que se le corresponda, aunque sea con gratitud está errado. No es que no existan y tal vez en abundancia (no quiero ser aguafiestas), los agradecidos, pero si el bien que se hace si no se hace para Cristo, no atesora ningún mérito, porque en cierto modo algo esperamos de nuestra buena acción.
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Es pérdida de tiempo esperar que se nos compute la buena obra en el terreno espiritual, si esta no va precedida de un deseo de hacer el bien por medio de Jesucristo. Por supuesto, toda buena obra tiene su mérito y no se lo vamos aquí a regatear, pero la buena obra, o es del Cielo, o no es pura y meritoria. Y los méritos son de Cristo y no nuestros.

Si alguno piensa de otro modo me parece natural pero pienso que el Espíritu nos observa constantemente y toda obra tiene que hacerse ante la presencia de Dios. Y obra, intención, pensamiento etc. tienen que estar impregnados del amor de Dios. Por eso es tan necesario estar siempre en la onda de Dios para que no se desperdicie ni un átomo de bondad.

Aquel hermano que en la iglesia fue víctima de celos, envidias, y sus hechos torvamente interpretados, comprendió que aquello fue necesario para distinguir mejor lo espiritual de lo mundano; lo que en un principio fue una experiencia dura y decepcionante, mediante la reflexión en la fe resultó en una mejor comprensión de las debilidades humanas entre las que se encontraban las suyas propias, que los juicios adversos de los hermanos prejuiciados le hicieron ver.

Miró la situación con «ojo bueno» y aprendió a amar aun a pesar de aquellas situaciones tan ostensiblemente penosas y comprobó, como el poeta:
Su locura en su arrogancia;
Mi humildad en su desprecio
(LOPE DE VEGA).

Tal vez los otros le vieron también a él así, por lo que aquella situación le obligó a mirarse a sí mismo y obtuvo un gran provecho de ello, cosa que tal vez no habría hecho si no hubiera pasado por aquellas pruebas. En ellas comprobó que solo Cristo es amigo fiel.

Nuestras seguridades solo son petulancias mentales, porque lo que ignoramos es infinitamente más importante que aquello que conocemos. Solo la Revelación nos da iluminación para saber todo aquello que es peculiar del Espíritu. Sin la revelación, solo los conocimientos científicos nos harían ver a todos que no somos nada en el espacio casi infinito de la Creación.

La Iglesia es de Cristo y sólo Él puede juzgar lo que es suyo. Nosotros tengamos cuidado de nosotros mismos y de la doctrina (Timoteo 4:16). Juzgar a los demás, no nos corresponde a nosotros.

Sin adversidad nos lanzamos a caminar errantes por los caminos del mundo y no nos acercamos a Dios, siendo así  que el apóstol Pablo dice: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios (Hechos 14:22).

jueves, 14 de julio de 2011

 

Las gentes no reflexionan sobre los móviles de sus hechos; sólo contemplan la periferia, y no alcanzan a discernir las consecuencias de sus actos. Para el creyente, está muy claro que cada acto trae sus consecuencias, y sus móviles al actuar en todo momento están claros en su espíritu y en su corazón.

Dios ya nos hizo libres y no estamos sujetos a las pasiones desordenadas. Tenemos orden, libertad, y poder para hacerlo bien. Esta actitud nos permite actuar con la libertad con que Cristo nos dotó, y vivir en paz interior continuamente. Conflictos, sí; derrumbamiento, no.

Hace muchos años una mujer creyente sufrió un conflicto con su hermano. Este tenía un carácter déspota, amenazador, egoísta y codicioso. Como era de esperar, la aplastó literalmente. Usó y abusó de su buena condición, disposición, y amor hacia él y los suyos. Fue una situación de gran injusticia, y ante la cual esta pobre mujer tuvo que soportar callando, el abandono y el desprecio de los familiares que de él dependían, y que él manejaba y manipulaba. Aquellas personas por las cuales lo hizo todo.

Al final de un largo calvario acabó enferma y despojada. Tuvo que rehacer su vida con ayuda de su esposo e hijos. Debido a aquellas continuas y crueles agresiones, elaboró dentro de sí un rechazo a todo aquello, y terminó por enfermar de una gran depresión. Poco a poco superó aquella situación sostenida por su fe, de tal manera que más adelante intentó, a pesar de todo, una reconciliación.

Fue una gran equivocación; echar perlas a los puercos, (Mateo 7:6) y no fue posible convenirse con él. Ante los repetidos intentos de aproximación y mediación de la familia, que conocía lo que había ocurrido, su hermano respondió negativamente.

Adoptó una actitud y unos modos ásperos y de rechazo total, de forma que le negaba hasta el saludo más frío. Claro está, se comprendía por todos que en caso de reconciliación, se pondrían de manifiesto las malas artes y la petulancia de su hermano, que saldrían a la luz todos los elementos que propiciaban aquella actitud. (¡Ay! ¡Y como le tememos a la luz! ¿Porqué será?)

Ella comenzó a contemplar la situación con criterios más y más profundamente cristianos cada vez, e hizo ver a todos su buena disposición a pasar página a todo lo anterior, asumiendo con madurez y serenidad el problema que tanto la acongojaba. Aceptó. Conservó la actitud perdonadora y reconciliadora, y vivió en adelante dando gracias a Dios de que fuera él, y no ella, quien mantuviera aquella mala situación.

Hoy, esta hermana vive en plena paz, y con las naturales nostalgias ha dejado de considerar el asunto como problema. Como decía una amiga suya, a la que ella admiraba por su presencia de ánimo ante las muchas adversidades por las que pasaba, con hijos y el esposo enfermos y corta economía: Lo que puedo arreglar lo arreglo, lo que no puedo lo acepto.

Y ésa es la actitud correcta. A la hermana de nuestra historia aquellos hechos que tanto dolor le hicieron padecer, aquel abandono y aquellas agresiones le parecieron buenas al fin, porque le proporcionaron un asidero más fuerte a la voluntad de Dios, y le acercaron mucho más a Él. Al que ama a Dios todo esto le resultará muy comprensible.

miércoles, 13 de julio de 2011

LA RECONCILIACIÓN COMO ESFUERZO Y ACTITUD


Reconciliaos con Dios
                                2 Corintios 5:20
  No depende de nosotros en la mayoría de las ocasiones el estar en paz con los demás. En las familias, entre las amistades, en la propia iglesia, hay personas que literalmente «no te tragan». Hagas lo que hagas es inútil, porque no te aceptarán jamás y para hacerlo posible emplean las más variadas artimañas. Así, distantes, no tendrán que debatir contigo, ni con nadie, las causas de su distanciamiento, con lo cual quedarían en evidencia sus obras y actitudes atrabiliarias.

Su artificial separación, es la cortina de humo que les permite hablar de nosotros, sin tener que soportar réplicas ni evidencias contrarias a su comportamiento, el cual quedaría en evidencia. Bien. Esto también es asunto de Dios.

En un mundo que exhibe una impresionante falta de responsabilidad y coherencia, en donde la oveja no está en su sitio... ni el pastor en muchas ocasiones, ni el esposo, ni la esposa, ni el administrado, ni el administrador, etc., pretender vivir en la estabilidad es cosa utópica y antinatural.

El mundo, por naturaleza y definición, es conflicto continuo. Es enemigo de Dios y contrario, en hechos y pensamientos, al Dios de la sabiduría y de la paz. ¿Jesús? El gran desconocido, cuando no objeto de desprecio o burla contra su nombre o contra sus seguidores.

El sacrificio de Cristo es la más inimaginable bendición para los que lo aceptan y, a la par, la más horrenda maldición para los que le rechazan o escarnecen. Es sólo de esta manera, que nos está permitido decir legítima y plenamente, que Cristo murió por todos. A todos implica su sangre, aunque en una tan abismal diferencia, que no podremos discernir en su plenitud hasta el gran día de su manifestación gloriosa.

La reconciliación puede ser expresada por el creyente, en relación con los demás, con su actitud y buena disposición hacia todos, según lo que es voluntad de Dios. Así dijo Pablo apóstol: En lo que de vosotros dependa, estad en paz con todos (Romanos 12:18) y, Seguid la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. (Hebreos 12:14).

Esta actitud no es pasiva ni negativa, sino que por decirlo de alguna manera, puede ser «activada» por la persona que se constituyó enemiga, tan pronto como ella quiera. Sólo tiene que manifestar sinceramente ese deseo y se cumplirá. Y es que no se podrán entender, a veces, las motivaciones de los hechos de los demás, pero sí se pueden asumir y comprender. Y dado el caso, perdonar. Como nosotros mismos las personas ácidas son falibles y débiles.

Pero no podemos en nombre de la reconciliación, vivir y andar en el terreno moral por el que ellos deambulan, ni en lo tocante a la doctrina. ¿Hay acuerdo? Bien. ¡Alabado sea Dios! El lo ha propiciado. ¿No lo hay? Alabanza al que sabe por qué no se ha llegado al tal acuerdo. La fidelidad es en todo y ante todo para Dios. A El solo se le debe. A partir de ahí lo que se quiera. No somos jueces ni infalibles, pero sin la fidelidad a Dios y sin buscar su gloria como hizo el Maestro, cualquier acuerdo, espiritualmente equivale a nada.

martes, 12 de julio de 2011

TEMPERAMENTO Y CARÁCTER

Tendemos a confundir dos palabras, que por sus connotaciones y aplicaciones practicas tienen alguna semejanza entre si. De ahí las muchas interpretaciones y tergiversaciones, en nuestros conceptos de las personas.

El carácter es algo que se forma con la propia genética del individuo a las que se suman la crianza, la educación y sus inclinaciones hacia lo que va apareciendo a lo largo de su vida. El carácter evoluciona a medida que los rasgos humanos son influidos por todas las vicisitudes vitales. Decía alguien que mejor que una buena cuna es una buena crianza.

El temperamento es la parte inamovible del ser humano que nace con el, y que solamente es modificado accidentalmente por las mismas vicisitudes mencionadas. El apóstol Pedro era de temperamento pronto a la acción en su juventud; son muchos los ejemplos de su precipitación y su fuerza temperamental; cuando ya fue influido por la vida y el espíritu de Cristo, notamos en sus cartas una inmensa mansedumbre en las antípodas de su primario temperamento.

Pablo es otro paradigma de una mutación de su carácter originario, cuando fue rescatado y sirvió al Señor a lo largo de su vida. Y aunque en sus cartas se trasluce algún rasgo de mal genio y aspereza, por otro lado se exhibe un amor a todos los creyentes, y al Señor que le arrebató del mundo y sus arrogancias.

Y es que el temperamento tendía a traicionarle. La mansedumbre de Jesús, borró todo aquel genio vivo y agresivo. Es por eso, que habla con tanta propiedad y enorme autoridad del “hombre viejo”, (Efesios 4:22 y cc) porque él mismo ya recibía los golpes de su antigua manera de ser.

Así que, como vemos en los grandes apóstoles y tantos grandes hombres de la antigüedad, a nosotros también el “hombre viejo”, el temperamental, ataca y molesta, pero Cristo es tu amigo incondicional... y te ama. Ama de verdad; ya acabó para ti todo esfuerzo por agradar, toda preocupación de no gustar.

Si Cristo te acepta y ama, tú también te puedes amar y aceptar. Acepta alegre lo que gozoso acepta Él: a ti mismo. Eres importante para Él. Y si eres importante para Jesús ¿Qué te puede importar lo que piensen los demás. Si te quejas, es porque tu relación con nuestro Señor no es la adecuada.

Estás poniendo la vida actual terrena por encima de las promesas del Señor, y además te va mal, porque no haces lo que debes en relación con tus deberes (que son privilegios). Nadie sino Dios, actúa sobre ti con el amor y la delicadeza que El lo hace. A veces, somos demasiado insensatos.  

lunes, 11 de julio de 2011

REGALO DE DIOS


Todo, y digo TODO, lo que hacemos esta trufado de vanidad y soberbia, aunque creamos que hacemos alguna cosa de mucho mérito. Esto acompaña el hombre toda su vida. Es el "hombre viejo" (Romanos 6:6) de que habla San Pablo.

Por eso dice el Señor…. ¡velad, para que no entréis en tentación! (Mateo 26:41) Y es que somos tan flacos que solo revestidos del poder de Cristo podemos hacer algo útil.

Y cuando lo hacemos nos viene otro cubo de agua fría, para que no nos lo creamos, cuando Jesús dice  siervos inútiles… lo que teníamos que hacer… (Lucas 17:10) ¡Y eso cuando lo hacemos!  Que habría que verlo. ¡Qué necesitados estamos de la misericordia de Dios! ¡¡¡¡¡¡No sabemos ni de lejos lo bueno que es!!!!!

Son estos,  unos breves comentarios que he hecho a un buen amigo, que escribe sobre asuntos espirituales. Y es bien cierto que muchos de nosotros creemos que somos algo, porque en la Iglesia, en las reuniones y fraternidades, etc. destacamos por nuestra labia y ¿porqué no, en espiritualidad o alcances teológicos? De todo hay.

Pero esas alturas teológicas algunas veces más bien estorban que ayudan a la edificación de la Iglesia, porque muchos más inferiores en alcances intelectuales o en comprensión, en lugar de ser edificados, son confundidos.

Los matices en las materias no son bien comprendidos, y de ahí las rústicas predicaciones de algunos, que enganchan a los espectadores, y los llevan por caminos que no son exactamente los que quiere Jesús para los suyos.

Por supuesto que no es de despreciar el genuino amor que a Dios y a su Cristo tienen algunos. Es algo maravilloso para toda la Iglesia. Pero hay un camino y este es estrecho y angosto (Mateo 7:14). Lleva a la Vida y es el único sendero que se debe tomar por la Iglesia de Cristo, de la que El  es cabeza y rector.

Sus palabras son suficientes para marcar un camino segurísimo de salvación y regeneración en paz y en armonía. Es por eso que se dice en La Escritura: ¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, Y baja hasta el borde de sus vestiduras; Como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sión; porque allí envía Yahvé bendición, y vida eterna. (Salmo 133:1,2,3).

Existe una gran preocupación y hasta alarma, cuando se contempla como en una misa o culto evangélico, etc. no acuden sino mayores; la s chicas y los chicos, mas bien acuden por la oportunidad que tienen de formar parte de un club, en el que lo pasan muy bien unos con otros. De forma cristiana muchas veces, y eso es bueno, pero la alarma es general.

Si se miran las cosas desde el punto de vista terrenal, la ausencia de gente en las iglesias es natural que produzca zozobra. Sobre todo a los responsables, que a fin de cuentas viven de lo nutrida que sea la congregación.

Si se miran en el Espíritu, lo numerosa que sea la congregación no cuenta, sino la fidelidad de esta a los preceptos, y al amor que se le debe a Nuestro Señor. Hágase así, y lo demás no importa. Cristo velaría por su Iglesia fiel y verdadera.

Como Tú quieres

Soneto con estrambote


Es ser muy obediente y ardoroso,

Como quieres, Jesús, a los que amas,

Y no gustas de imprecaciones vanas,

Sino solo mirar a ti afanoso.



De nada le valdrá correr ansioso,

Al ser sobre el, que amante, tú derramas

Sobre su alma y su mente santas llamas,

De amor y compasión, tan abundoso.



No aceptas al pedante o vanidoso,

Sino solo al humilde y entregado,

A tu amor en la fe que ya le has dado.



Con agrado sincero y generoso,

A todos nos convidas a tu lado,

Y eres para el Padre el abogado.



Tranquilo y abrigado

En tu gran salvación y acreditado,

Me presento ante Dios limpio y confiado

jueves, 7 de julio de 2011

COMO TRATAR A UN ENVIDIOSO


Nadie quiere ser envidioso. Tener envidia es reconocer inferioridad. Nadie quiere ser así. Se es envidioso sin querer. La envidia de los bienes materiales, de cualidades humanas y tantas cosas más, es moneda corriente en este mundo.

Todos quisiéramos ser jóvenes, ricos, apuestos, inteligentes, ocurrentes, afortunados, y gozar de bienestar y alegría. Claro está, que esto nos proporcionaría el orgullo suficiente para poder despreciar a los demás y enaltecernos a nosotros mismos, que a lo que se ve es manjar tan apreciado por todos.

La realidad no es así. Y muchos se sienten desgraciados y frustrados. La vida se compone prácticamente del discurrir en el combinado de aspiraciones y decepciones, por estas limitaciones y condicionamientos personales.

Nadie quiere estar sometido por escasez de capacidades intelectuales, gracia o presencia física a otras personas tal vez menos valiosas, mezquinas y crueles, pero que son sus superiores en el trabajo, en los grupos de amigos, en la iglesia, y hasta cuando niño en la escuela cuando ponen a otro como ejemplo de brillantez, o a nosotros mismos como ejemplo de torpeza o incapacidad de relacionarse.

Muchas personas quieren ser alegres y vivas, y son tristes y encogidas, tímidas, y conocedoras como nadie de su propia manera desgarbada y desangelada de ser y actuar. Se amargan y se retraen. Sospechan de todos, y de cada palabra que creen que va contra ellos.

Es muy difícil hablar con franqueza y libertad a este tipo de personas. ¿La llaneza? La consideran impertinencia, y a toda frase encuentran motivo para pensar que contiene algo de censura o burla hacia ellos.

Por eso no son nunca bien recibidos, y este hecho refuerza en ellos aún más su tendencia al aislamiento y a la melancolía. Proyectan sobre los demás su propia timidez, tristeza y acritud.

¡Qué persona tan antipática!, dicen todos. No saben el caudal de sufrimiento y de auto hostilidad que se oculta tras esa antipatía, ni la profundidad e intensidad de estos sentimientos.

Esa misma persona es incapaz de analizar su profundo malestar y rencor, y su enconada envidia que disfraza de desprecio. Pero en lo más profundo de su ser, ¡cómo desearía poseer aquellas por él, tan criticadas cualidades de las que carece y que tanto abundan en otros!

Las apariencias son sólo eso: apariencias. Nadie puede detectar totalmente, ni reflexionar, ni analizar, su propia manera de ser. Se está demasiado cerca de sí mismo, y se carece por tanto, de la necesaria perspectiva para verse a sí mismo con claridad y sin subterfugios.

Nadie, y lo repetimos una y otra vez, quiere ser así. ¿Quieres ser tú como aquella atrabiliaria persona rechazada por todos? ¿No es suficiente desgracia para él, ser de esta forma?

Y somos con frecuencia jueces incompetentes de estas personas con unas características acusadas, de las que de una u otra manera participamos todos. En cierto modo, todos y cada uno de nosotros participamos de algún rasgo de los que hemos enumerado.

Unos mas otros menos, somos agrios, petulantes, egoístas, envidiosos, etc. Solo hubo un perfecto, y ese es solo, Jesucristo el hijo unigénito de Dios.

Sobra pues el desprecio por el que tratamos a las personas antipáticas pues no sabemos lo que se esconde en el corazón de cada cual.

Seamos comprensivos, y con mucha humildad sepamos tratar y estimular a los mas desfavorecidos en esos aspectos y también nosotros sabremos también evaluarnos a nosotros mismos, que es sana faena.

¿QUIEN ES PERFECTO, SINO DIOS?



Mi padre no fue un hombre perfecto. Era hombre entre hombres, fuerte, varonil, trabajador y lleno de cualidades... y defectos. Siendo yo muy joven y no sintiéndome amado o comprendido, comencé a ver en mi padre sólo los defectos y a ignorar las cualidades.

¿Qué iba yo a comprender en aquella edad en la que me creía un superhombre? Era, como casi todos los jovencitos, arrogante y sin apreciar y agradecer cada trozo de pan que me comía. Me sentí decepcionado, y elaboré en mi interior contra él un rencor y una hostilidad que en cierto momento hizo casi imposible la convivencia entre nosotros.

Deseaba ardientemente marcharme de mi casa, donde realmente gozaba de un excelente bienestar, mucho más meritorio por cuanto era tiempo de escasez. Cada día me sentía más herido y resentido. No lo podía perdonar. Por fin decidí abandonar mi casa y emigrar, pero como estaba en edad militar decidí ingresar en el ejército como voluntario.

El día de mi marcha y a la hora de salir, mi propósito era no despedirme de él. Mi madre, a la que yo adoraba, me dijo suavemente: ¡Ve, y despídete de tu padre! El era hombre orgulloso, y hubiera permitido que me fuera sin hacer un solo gesto. Era así, un hombre entero a la medida de sus tiempos.

Me acerqué a él y le di un beso con despego y por compromiso, para complacer a mi madre. El hizo lo mismo conmigo. En ese mismo acto un ronquido, un sollozo ahogado, pero sonoro y desgarrado, impensable en él, surgió de su garganta junto con un estremecimiento contenido. Hay que pasar por algo sí para comprenderlo. Fue breve y nos separamos en seguida. Jóvenes amigos, no queráis pasar un momento como este. Os herirá, toda vuestra vida.

Lo cierto es que me marché, y durante el viaje a mi destino en el ejército, en el destartalado tren que me llevaba lejos de mí casa, tuve tiempo suficiente para entender el amor de mi padre y comprenderle plenamente. Todo lo que anteriormente me decían de él para convencerme de que me quería lo había despreciado y había reforzado aún más mi hostilidad hacia él.

Pero aquel sollozo reprimido, y no por ello contenido totalmente, tan sincero y real, me desarmó y cambió el rumbo de mi vida. Ya no deseaba sino volver a verle. No me interesaba el ejército, la emigración, ni otra cosa que sentirme junto a él. Aquel sollozo... ¡ah, aquel sollozo! Un hombretón tan fuerte como una roca no pudo reprimir, aunque yo sé bien que lo intentó con todas sus fuerzas, aquella expresión de amor y de dolor.

Ahora bendigo a mi padre, y cuando a solas pienso en él no puedo evitar las lágrimas. ¡Bendito seas, padre mío, que supiste amarme tanto y tan calladamente! Benditas tus bondades y llévese enhoramala el viento del olvido tus defectos que, a fin de cuentas, son también los míos, los mismos míos. Y como un bobo que soy, no puedo contener las lágrimas. Estoy seguro de que le veré, como también a mi madre y eso será una de las glorias que voy a gozar en toda plenitud.

Ahora, y desde entonces, estoy reconciliado con mis padres y sólo pienso en ellos para decir en mi recuerdo de amor: Lo tenía que haber hecho mejor con ellos en esta u otra ocasión. Pero ya pasó y todo está en manos de Dios. ¿Dónde mejor? ¡Gracias, Señor, por ello y por darme el consuelo de su recuerdo bendito y amable! Gracias porque los tuve, y gracias por darme ocasión de perdonarme a mí mismo y mi extravío. Él era así, y yo soy también como soy.

Por el contrario, ahora vemos cómo las estrellas cinematográficas y políticas, etc., son el modelo y la aspiración de todos a ser como ellos. Yo soy como soy. No reniego de mí. En su inmensa sabiduría Dios me creó como soy, y será alabado por mí, ahora y en la eternidad. Me acepto así. Podría ser mejor o peor, ¡qué se yo!, pero soy así. ¡Gracias, Señor, Padre Santo y verdadero!; tus juicios son verdaderos y justos (Apocalipsis 16:7), y yo me encuentro en perfecto acuerdo contigo.

Mi corazón es tuyo, y lo sabes muy bien, pues Tú lo has hecho tuyo. Mis fallos son míos. Gracias por tu bondad y tu misericordia, que son para mí más importantes que la vida (Salmo 63:3). No tengo envidia de nada de lo que no soy. Estoy en paz. Llegará el día en que hagamos justicia a los envidiosos, comprendiéndoles y amándoles.


PAZ

Poema de AMADO NERVO.


Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas noches de mis penas;
mas no me prometiste tú sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!