martes, 5 de julio de 2011

MUY NOTABLES DIFERENCIAS



El incrédulo siente pánico por la sola mención de su muerte, y no entiende la actitud serena y desafiante del cristiano ante este acontecer inevitable. No entiende la aceptación cristiana, mansa, de la desgracia, el desprecio, la lucha sorda y anónima, desconocida o ignorada voluntariamente por los mundanos. La vida, en fin, de quien se abstiene alegre y voluntariamente de tantas cosas que para el incrédulo son tan imprescindibles.


La ausencia de angustia en su vida, la mansedumbre con que contemplan que otros sin escrúpulos, quieran echarles de lado en sus trabajos a codazos y zancadillas. Su sosiego y paz ante la murmuración calumniosa. El reconocimiento, franco y espontáneo, de una equivocación, etc. Como sostiene la verdad oponiéndose a toda clase de alienación y vasallaje a hombres o ideas. El extraño a esta vida, no lo entiende; no puede entenderlo.         


Esta mentalidad, así expuesta, puede parecer a los burladores muy excluyente o demasiado dogmática. Acostumbrados a la «verdad relativa», al debate y a la casuística, no pueden entender ni asimilar la simplicísima rotundidad de la fe, ni la seguridad con que el creyente vive su elección, llamamiento, y completa salvación y redención. Su sabiduría, en la fe de Cristo (1 Corintios 1:30).


¿Es que sois superiores? dicen agraviados y en su interior envidiosos de estas conductas cristianas. ¿En qué se diferencia un cristiano de nosotros? ¿Tal vez debemos pensar que, de su naturaleza humana, emanan mejores sentimientos o más deseos de hacer el bien? ¿Acaso una ética arcana y misteriosa?


Contestamos: No; no es así. Un hombre es igual a otro genéricamente, como hombre natural. La diferencia esencial e insalvable entre ambos, cristiano e incrédulo, es que el primero tiene su confianza puesta en Dios. Ésa es su inteligencia y su distinción. El pagano confía en sí mismo, que es confiar en nada.


La pregunta que se hace a los cristianos, por muy capciosa que sea, tiene una escueta contestación. A la pregunta: ¿Es que ustedes no son pecadores?, la respuesta es: Sí, somos pecadores. Aunque pecadores perdonados.


Pecadores que han tirado a la basura del mundo, de donde han sido sacados por gracia, todas sus justicias, sus cualidades, y todo lo que en ellos representa para el mundo algo que, de algún modo, se concierta con lo más excelente de él. Para el cristiano estas excelencias son consideradas como estiércol (Filipenses 3:8).


Nuestra suficiencia proviene de Dios que nos reconcilió consigo mismo por medio de nuestro Señor Jesucristo (2 Corintios 5:19). Ese es nuestro honor, nuestra excelencia, nuestra seguridad, y todo lo que hay de bien en nosotros. No necesitamos nada más. La buena obra adorna y confirma nuestra vocación y elección (2 Pedro 1:10). Eso es todo. Cristo es todo eso en nosotros, y Él hace todo lo excelente en nosotros.


En Dios solamente se aquieta nuestra alma (Salmo 62). ¡Ay del que confía en otra roca, en otro brazo, en otro poder de salvación! Somos de Dios, y eso nos basta. El es nuestra vida, nuestro consuelo, nuestra alegría y nuestra gloria presente y futura. Confesamos a Dios Padre, a Cristo el Hijo, y vivimos siendo morada del Espíritu Santo. He aquí la diferencia.


AYUDA DE JESÚS.

En mis noches de angustia y de tristeza
Has sido tú mi alivio, Jesús mío,
Cuando ya deprimido triste y frío,
Tu consuelo ofreciste a mi flaqueza.

Solo tú, mi divina fortaleza,
Amante y fiel auxilio en mi extravío,
Eres el único que con tu  poderío
Ahuyentas el pavor de mi cabeza.

¿Que dicha encontrará ningún humano
Lejos de ti, en afán desesperado,
Que próvido no dé tu amor sagrado?

En ti camino, mi celeste hermano;
De pérfidas querellas despojado,
Radiante al gran final que tú has forjado.

lunes, 4 de julio de 2011

MUY NOTABLES DIFERENCIAS



El incrédulo siente pánico por la sola mención de su muerte, y no entiende la actitud serena y desafiante del cristiano ante este acontecer inevitable. No entiende la aceptación cristiana, mansa, de la desgracia, el desprecio, la lucha sorda y anónima, desconocida o ignorada voluntariamente por los mundanos. La vida, en fin, de quien se abstiene alegre y voluntariamente de tantas cosas que para el incrédulo son tan imprescindibles.


La ausencia de angustia en su vida, la mansedumbre con que contemplan que otros sin escrúpulos, quieran echarles de lado en sus trabajos a codazos y zancadillas. Su sosiego y paz ante la murmuración calumniosa. El reconocimiento, franco y espontáneo, de una equivocación, etc. Como sostiene la verdad oponiéndose a toda clase de alienación y vasallaje a hombres o ideas. El extraño a esta vida, no lo entiende; no puede entenderlo.         


Esta mentalidad, así expuesta, puede parecer a los burladores muy excluyente o demasiado dogmática. Acostumbrados a la «verdad relativa», al debate y a la casuística, no pueden entender ni asimilar la simplicísima rotundidad de la fe, ni la seguridad con que el creyente vive su elección, llamamiento, y completa salvación y redención. Su sabiduría, en la fe de Cristo (1 Corintios 1:30).


¿Es que sois superiores? dicen agraviados y en su interior envidiosos de estas conductas cristianas. ¿En qué se diferencia un cristiano de nosotros? ¿Tal vez debemos pensar que, de su naturaleza humana, emanan mejores sentimientos o más deseos de hacer el bien? ¿Acaso una ética arcana y misteriosa?


Contestamos: No; no es así. Un hombre es igual a otro genéricamente, como hombre natural. La diferencia esencial e insalvable entre ambos, cristiano e incrédulo, es que el primero tiene su confianza puesta en Dios. Ésa es su inteligencia y su distinción. El pagano confía en sí mismo, que es confiar en nada.


La pregunta que se hace a los cristianos, por muy capciosa que sea, tiene una escueta contestación. A la pregunta: ¿Es que ustedes no son pecadores?, la respuesta es: Sí, somos pecadores. Aunque pecadores perdonados.


Pecadores que han tirado a la basura del mundo, de donde han sido sacados por gracia, todas sus justicias, sus cualidades, y todo lo que en ellos representa para el mundo algo que, de algún modo, se concierta con lo más excelente de él. Para el cristiano estas excelencias son consideradas como estiércol (Filipenses 3:8).


Nuestra suficiencia proviene de Dios que nos reconcilió consigo mismo por medio de nuestro Señor Jesucristo (2 Corintios 5:19). Ese es nuestro honor, nuestra excelencia, nuestra seguridad, y todo lo que hay de bien en nosotros. No necesitamos nada más. La buena obra adorna y confirma nuestra vocación y elección (2 Pedro 1:10). Eso es todo. Cristo es todo eso en nosotros, y Él hace todo lo excelente en nosotros.


En Dios solamente se aquieta nuestra alma (Salmo 62). ¡Ay del que confía en otra roca, en otro brazo, en otro poder de salvación! Somos de Dios, y eso nos basta. El es nuestra vida, nuestro consuelo, nuestra alegría y nuestra gloria presente y futura. Confesamos a Dios Padre, a Cristo el Hijo, y vivimos siendo morada del Espíritu Santo. He aquí la diferencia.


AYUDA DE JESÚS.

En mis noches de angustia y de tristeza
Has sido tú mi alivio, Jesús mío,
Cuando ya deprimido triste y frío,
Tu consuelo ofreciste a mi flaqueza.


Solo tú, mi divina fortaleza,
Amante y fiel auxilio en mi extravío,
Eres el único que con tu  poderío
Ahuyentas el pavor de mi cabeza.


¿Que dicha encontrará ningún humano
Lejos de ti, en afán desesperado,
Que próvido no dé tu amor sagrado?


En ti camino, mi celeste hermano;
De pérfidas querellas despojado,
Radiante al gran final que tú has forjado.

domingo, 3 de julio de 2011

LO ESENCIAL Y LO ACCESORIO




Con esto que escribo, puedo ofender o inquietar a mucha gente. No es mi intención ofender. Solo que me extraña mucho que se digan ciertas cosas, basándose en versículos de la Escritura (lo cual me parece muy bien), y sin embargo se deje de lado en la práctica, otros de mucha más relevancia.

He visto a muchos, empecinados en defender determinada forma de actuar, en ritos, ropas de culto, etc. o muchas más cosas que, teniendo su importancia para ellos, no son tan relevantes por lo menos en su apariencia para otros cristianos igualmente devotos. Solo hay que citar a los amigos, seguidores de Lefebvre.

Es norma que alguien quiera llevar a su extremo la obediencia a algunos versos bíblicos. Sin embargo, ignoran los más elementales principios que hacen del cristianismo genuino la maravillosa y sacrificada aventura que es.

Bienaventurados los mansos; los pobres, los que lloran, en fin, toda bienaventuranza. ¿Qué pasa con esto? Luchamos fieramente sosteniendo tal o cual verso o interpretación, y hasta estamos dispuestos a una “cruzada” para defender el “honor de Dios, de Jesucristo”, y nos refugiamos en unos versículos que solo son información secundaria para la vida eterna.

No que sean inútiles, ni muchísimo menos, sino que sucumben en importancia, ante la solidez y rotundidad de muchos de estos que mencionamos. Si estamos llenos del amor a Dios, todas las cosas nos van a venir bien, porque hasta científicamente, por la ley de la entropía, el ser humano nace crece, se reproduce, y muere. No hay más y esto es para todos.

¿Qué hay cuando Jesús dice: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra;  y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. Reconozcamos que esto no es posible para nadie. Solo es posible para Dios actuando en la persona.

¡Que inteligentes nos tornamos cuando le damos vueltas a esto! ¡Cuantos libros se han escrito para explicar lo que está bien explicado! ¡Cuantas concordancias, cuantas explicaciones, cuantas interpretaciones… cuanto desprecio a lo que constituye el núcleo de la cuestión, solo para no aceptar que la vida cristiana es, para el mundo y el mundano, el fastidio más engorroso que se pueda imaginar.

Si no estamos llenos del Espíritu, estamos cayendo ingenuamente en la tesis de que es posible ser salvo, haciendo las cosas de mundo y adoptando la filosofía mundana. Tal vez imperceptible para nosotros pero de forma real.

Nos cuesta mucho aceptar este aserto, pero tan es así que hemos derivado nuestra fe por derroteros que cada vez se parecen menos a la verdadera piedad. Sostener tantas cosas secundarias, cuando las principales quedan postergadas por duras o por irrealizables es, simplemente, considerar la vida eterna como algo de rango inferior a las pequeñas cosas que nos tienen divididos.

¿Estoy considerando perniciosos los distintos modos cultuales cristianos? ¡Rotundamente, no! Quiero solo decir que si nos fijáramos más en las características que Jesús ofrece en las bienaventuranzas, y menos en lo que en algunos versos se dice con una intención que se capta bien, otra cosa sería un cristianismo funcionando como una sinfónica bien dirigida y armonizada.

Como esto se desprecia vemos el triste espectáculo de una cristiandad dividida, en la que todos y cada uno pretende tener razón y aporta sus razones. Yo tengo mis propias convicciones y tal vez alguna revelación, aunque a todos amo y a todos considero. El juicio es de Dios. ¿Como puedo yo atribuirme el monopolio de lo justo y despreciar a un hermano tal vez errado por quien Cristo murió?

De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. (Juan 12; 24). Dicho está. Se trata de estar o no estar

sábado, 2 de julio de 2011

LA ENVIDIA, Y LA PREOCUPACIÓN

       
    
El cristiano sabe a conciencia que sus pasos forman parte de la obra de Dios y a esta obra se entrega y se rinde. Su esfuerzo lo hace siempre con toda su mente puesta e ello, y no en lo imprevisible del resultado. Sabe que de un pequeño esfuerzo puede resultar algo grande y vital. Y también conoce, experimenta y acepta que grandes esfuerzos por su parte no siempre dan fruto de buenos resultados. Por Dios son ordenados los pasos del hombre y Él aprueba su camino. (Salmo 37:23)

Conoce que todo está en manos de Dios y acepta que grandes ilusiones den el fruto amargo de grandes decepciones. Que el esfuerzo de la santificación diaria sea tan grande, y los resultados de ese esfuerzo sean tan decepcionantes a veces. Y que las cosas no dependen en última instancia de sus esfuerzos, sino de Dios que da los resultados. El esfuerzo le corresponde a él realizarlo; los resultados son de Dios.

Por eso trabaja y vive en paz. Hace lo que debe y espera confiado. Uno riega, otro planta, pero es Dios el que da el crecimiento (1ª Corintios 3:7). y esto enseña e imparte mucha humildad y paz. El pagano desconocedor e indiferente a la obra de Dios, queda siempre preso de su propio cálculo. Se tiene por prudente o valiente según su propia estima. No conoce la paz cristiana.

Se agita, proyecta, se tortura ante la incertidumbre de sus esfuerzos y los resultados de ellos y disminuye la concentración sobre lo que hace, cambia de opinión y dirección según lo que ocurre a su alrededor, y nunca consigue coherencia en sus actos ni paz en sus trabajos. Se preocupa por la incertidumbre del resultado y no descansa jamás Todo lo hace depender de su desvelo y ansia, y cuando el asunto se torna desfavorable, lo atribuye a un «hado» contrario.

No vive ni puede entender cómo el cristiano afronta con paz y seguridad sus limitaciones y además las confiesa. Cómo acepta tersamente sus errores y el hecho de que sus aspiraciones de toda índole sean tan elevadas y la realidad aparente y los resultados tan insignificantes. La facilidad con que vuelve a empezar tras un fracaso y la serena aceptación de éste. Respecto del que es, ya hace mucho que tiene nombre y se sabe que es hombre y que no puede disputar con Aquel que es más poderoso que él.  Eclesiastés 6:10

El verdadero cristiano que mira a Cristo Acepta lo que todos rechazan, como es la transitoriedad y fugacidad de la vida; el que una vez él desaparezca de esta vida todo seguirá igual, como si él no hubiese existido ni pasado por ella. Que las nuevas generaciones pongan su nombre en olvido y no le conozcan, tal como sucedió a José con aquel faraón que no conoció quién era, aquel que en otro tiempo fue la salvación de Egipto (Éxodo 1:8). El ser uno más en la vida, sin aspiraciones ni arrogancias.

El que sus convicciones, que a él tanto le motivan, sean desconocidas o despreciadas, cuando no objeto de burla por parte de las gentes que le rodean. Su soledad de hombre de fe en la insignificancia, en la debilidad, en las tentaciones. En ser tan rico en su espíritu, y pasar por anodino y extraviado. En su buena disposición hacia todos, encontrando esta actitud las respuestas más desagradecidas. He visto asimismo que todo trabajo y excelencia de obras despierta la envidia del hombre contra su prójimo. (Eclesiastés 4:4)

viernes, 1 de julio de 2011

AGRAVIOS Y VENGANZAS



Es necedad dedicar esfuerzo, tiempo, y energías mentales, en pos de una venganza que nos hace más daño a nosotros que al tal enemigo que, ignorante o indiferente, se lo pasa tan bien, y ni siquiera se acuerda del asunto. No digas: Yo me vengaré; espera a Dios y Él te salvará. (Proverbios 20:22).

Hay, pues, que renunciar a esa venganza, a esa timidez, a ese complejo. No resistir, repetimos, ni enfrentarnos a estas cosas que no podemos modificar. Y aprendamos y acostumbrémonos a convivir con ellas. Decía don Quijote a Sancho: «No te avergüences de ser linaje de labradores, pues viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte». (Cervantes).

Y es que la aceptación de sí mismo, es raíz y origen de mucha dicha y serenidad. En cambio, la negativa a aceptarse es un tormento continuo y sin fin. A fin de cuentas, tienes que dormir y comer todos los días, y convivir continuamente con esa persona que tanto te disgusta; y que resulta que esa persona tan defectuosa eres tú mismo.

Repetiremos una vez más; el sometimiento voluntario a la voluntad de Dios es la clave, y el apóstol Pablo es un paradigma de abandono y aceptación, ante esas actitudes y resistencias tan perjudiciales y dolorosas (Filipenses 4:11, 12).
Cuando los judíos de Antioquía de Pisidia se enfrentaron al apóstol Pablo, éste contestó claramente ante sus blasfemias y contradicciones: A vosotros, a la verdad, era necesario que se os hablase La Palabra de Dios; mas, puesto que la desecháis y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí nos volvemos a los gentiles. (Hechos 13:46).
Así que nada de porfiar. Marchó a otro lugar, y volvió a empezar con otras gentes y otra situación. ¿Para qué altercar? Siempre altercando y pasándolo de lo peor. Por eso, el amor humilde que se rinde y se entrega totalmente en las manos del Señor hace morir en nosotros al «viejo hombre», luchador y camorrista, en contra del devenir de los casos y  acontecimientos, en contra, en fin, de la voluntad de Dios que los dispone.

Esto sucede hoy día con los nuevos teólogos de todas las confesiones que no se cansan de formular herejías ya no solo sobre su propia Iglesia, con críticas acerbas y ofensivas, sino contra la misma figura de Cristo, con descripciones sobre tan divina persona que no son aceptables en la Iglesia, sea esta de cualquier constitución que sea. Jesús es quien Él dijo que era y en eso ya no tiene por qué haber una sola discusión más. Está escrito.

Que esto sea la condición normal cristiana, no lo creo, aunque mi palabra se dirija a veces en tonos más bien de admonición. Pero si Cristo dice: nadie viene al padre sino por mí. No hay nada más que añadir ni parece admitir otra interpretación que la lectura normal del texto bíblico. Y ¿Qué más va uno a decir, aunque a muchos les parezca demasiado dogmático? No le ofendo intencionadamente; simplemente creo así.

Si yo creo en un Dios Creador y Salvador, es lógico que choque contra el que piensa de distinta manera, aunque al exponer o proclamar mi fe o convicción, pueda tal vez ir contra la idea del que no piensa como yo. Necesariamente si digo que Dios existe y que es Creador, choco de inmediato con el evolucionista que sabe mucho del como, pero no del porqué, y claro está, yo seré un ignorante fanático y él será un hombre de ciencia. Eso es lo políticamente correcto.

La ciencia elevada a dogma y a reina de la creación ya que es por medio de ella por lo que hay que comprender los misterios. Cuando se encuentra parte del cráneo de un homínido, y después resulta que es la rótula de un elefante y otros muchos chascos y mixtificaciones, se dice que la ciencia explora; ¡como si la fe no estuviera siempre expectante, para recibir del Espíritu Santo, Revelación y conocimiento.

La vida es milicia y la fe lo es también. Patrimonio de hombres honrados que buscan el bien. Aquí pongo para recreo de mis lectores un poemilla de Calderón.

D. PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA
Militar y poeta


Este ejército que ves
vago al hielo y al calor,
la república mejor
y más política es
del mundo, en que nadie espere
que ser preferido pueda
por la nobleza que hereda,
sino por la que él adquiere;
porque aquí a la sangre excede
el lugar que uno se hace
y sin mirar cómo nace
se mira cómo procede.

Aquí la necesidad
no es infamia; y si es honrado,
pobre y desnudo un soldado
tiene mejor cualidad
que el más galán y lucido;
porque aquí a lo que sospecho
no adorna el vestido el pecho,
que el pecho adorna al vestido.


Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás
tratando de ser lo más
y de aparentar lo menos.

Aquí la más principal
hazaña es obedecer,
y el modo cómo ha de ser
es ni pedir ni rehusar.

Aquí, en fin, la cortesía,
el buen trato, la verdad,
la firmeza, la lealtad,
el honor, la bizarría,
el crédito, la opinión,
la constancia, la paciencia,
la humildad y la obediencia,
fama, honor y vida son
caudal de pobres soldados;
que en buena o mala fortuna
la milicia no es más que una
religión de hombres honrados.

sábado, 25 de junio de 2011

¿RABIETAS EN UN CRISTIANO?


A nadie gusta ser despreciado, calumniado, hecho objeto de burla y saqueo. Aunque si lo contemplamos como hizo Job, sin atribuir a Dios despropósito alguno (Job 1:22), tendremos, como él, aun sufriendo pruebas y penalidades, el hermoso fin que esperamos y del que Job, aun en el muladar, jamás dudó, sino que dijo: Yo sé que mi redentor vive; en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mi mismo, y mis ojos lo verán, y no otro (Job 19).

Elihú, tan inteligente y conocedor, queriendo defender y justificar a Dios, como a alguien indefenso, mintió contra Job. Así hacemos nosotros muchas veces, y así ha sido a lo largo de la historia, pretendiendo los hombres justificar a Dios. Dios no necesita ayuda. No imitemos a Elihú, por muy buena intención que pongamos. Para los momentos de tribulación de un amigo, guardemos nuestra lengua y nuestro corazón. Callemos. Estemos con el que padece y consolémosle con nuestra presencia y nuestro silencio. Simplemente, allí estamos con él.

A menudo, hacemos a nuestros seres queridos más mal que bien cuando intentamos justificar a Dios ante ellos, resultando en cambio que los estamos atribulando aún más. Y Dios no necesita justificador. Como el Arca del Testimonio supo defenderse de los filisteos de Asdod, Gat, Ecrón, Ascalón y Gaza librarse sola, y así también vindicó su grandeza y carácter sagrado en Bet-Semes, que era ciudad israelí (1º Samuel 5:6). Sola batalló...  venció  sola. Nosotros callemos y dejemos obrar a Dios.

Tenemos que convencernos de que somos, a veces, muy temerarios en estas cosas, y debemos detenernos y fijarnos más en lo que hacemos y decimos en vez de tratar de hacer teologías que, en momentos de dolor y desgarro del alma, sólo consiguen confundir y molestar. Mostremos al doliente nuestra solidaridad lo más brevemente posible, y no con discursos que él ya conoce. En su momento, el Espíritu lo tratará más adecuadamente que nosotros para consolarle. Hay que insistir. ¡Dejemos obrar a Dios!

A veces nos rebelamos contra nuestra estatura, rostro o carácter, y nos avergonzamos de nuestros defectos y de las situaciones en las que, por ellos, nos vemos comprometidos. Recuerdo que, siendo jovencito, tenía tres verrugas juntas en el dedo corazón de la mano derecha, y esto era un tormento para mí cuando tenía que estrechar la mano de alguien, Y todo esto en la pubertad, cuando apuntan las pasiones y tanto me atraían las chicas.

Más tarde, las verruguitas (¡ay las dichosas verruguitas!) desaparecieron, y no noté en absoluto variación alguna en el trato de las chicas o en su estima (lo que más me interesaba). Era igual con verrugas o sin ellas y, no obstante, pasé durante aquellos años un necio e inútil complejo que me hizo sufrir y comportarme, a veces, de un modo inmaduro y suspicaz.

Cristo nunca fue sí o no o ¡espera un poco!. El es el sí y el amén. (2ª Corintios) Todo provenía del Padre y todo lo aceptó con gozo. Los trabajos, tormentos, muerte y gloria. Sabía que eran necesarios, y hasta el final cumplió. Y supo perdonar, porque sabía la razón de todo lo que sucedía. Somos víctimas a diario del deseo de venganza, tanto más por cuanto, por tratar de hacer lo mejor, con más nobleza y desprendimiento, las agresiones e ingratitudes las recibimos con peor talante que otros, porque realmente son más injustas.

jueves, 23 de junio de 2011

CHOQUES CONTRA LA REALIDAD


La realidad es una. Mas la forma de percibirla, valorarla, asumirla, o rechazarla, es variable y tiene tantos matices como individuos la perciben. Hay tantas formas, que podríamos decir que cada persona vive una realidad específica «según el color del cristal con que la mira». Es decir, hay una realidad objetiva, y multitud de realidades subjetivas.
Cierto es, que ante una misma realidad hay multitudes que piensan o reaccionan, aparentemente, de modo unánime.
Sólo es apariencia; la reacción es uniforme en una masa movida por idénticos resortes mentales y estímulos externos, pero las motivaciones, a pesar de proceder de raíz y expresión común son totalmente distintas, como lo son los verdaderos e individuales impulsos que las producen. Nuestra propia e individual apreciación de algo que sentimos como exacta e invariable, resulta modificada tan pronto recibimos un aporte de información, o el estímulo adecuado y amoldado a nuestra subjetividad.
Un vendedor de electrodomésticos que circulaba por una ancha avenida, contempló una gigantesca grúa de las que usan los constructores de grandes edificios. Esta persona, con alto sentido cívico y del deber, percibió el peligro de aquella instalación y se propuso denunciar aquel desacato a la prohibición del montaje de tales máquinas. La vía era de gran tránsito de personas y vehículos, y había grave peligro para todos los transeúntes.
Al aproximarse, pudo leer el gran cartel en el que figuraba el nombre de la compañía constructora que usaba aquella grúa. Era justamente la empresa a cuya oficina central se dirigía este vendedor para tratar de colocar sus electrodomésticos... ¡precisamente para aquel gran edificio!
¿Lo denunció? ¡No! ¿Cómo iba a poder realizar negocio alguno con la dirección de la empresa si los denunciaba? Así pues, en cuestión de minutos, cambió subjetivamente la apreciación de aquel hombre en su valoración de la situación.
Sé bien de este asunto, porque resulta que el celoso y fracasado denunciante era... ¡yo mismo! Hace de esto muchos años, pero es igual. En aquel tiempo pensaba igual que hoy. Con matices distintos y quizás menos madurez y conocimiento, pero fundamentalmente igual; y no denuncié, sino que claudiqué y callé. Eso es todo.
Por eso hoy me guardo mucho de juzgar, pues si tengo en cuenta la debilidad humana y las variantes de las situaciones ya no puedo ser tan rígido ni justiciero. ¡La vara para otra espalda! Éste es el sentir general en todas las personas y en todos los tiempos.
Hablamos sobre las actitudes ante el acoso de nuestro entorno. La actitud lo es todo. Ni es sabio meter la cabeza en un hoyo, como avestruz asustada, ni cargar con furia, a testarazos, contra el toro que viene hacia ti. Ante las amenazas y agresiones que en la vida nos circundan y acosan, no podemos responder continuamente rehusando, huyendo, o lamentándonos. Ni, por el contrario, yendo ciegos al choque frontal.
Sólo queda dejarnos caer con aplomo inteligente pero activo, ante lo que en las leyes inexorables de la vida no podemos modificar. Se trata de adoptar una actitud pasiva, no negativa. No se trata de no hacer nada, como en el abandono fatalista del desesperado o la pasividad negligente del perezoso.
Si puedo hacer frente, evitar, eludir o modificar alguna situación hostil, lo haré hasta donde lleguen mis fuerzas y mi ingenio. Ésa es la ley de la vida. Pero si no puedo hacer nada y mi esfuerzo o mi inquietud no pueden modificar la ley que me ata o me mueve... ¿Para qué enfrentarme a ello física o anímicamente, si no gano nada con esta actitud? De ello provienen las terquedades, los pleitos y las frustraciones.