martes, 22 de noviembre de 2011

ALCALÁ LA REAL Mi pueblo.



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¿Cómo hablar de mi amor y mi devoción para con mi amado pueblo, Alcalá la Real, en el que viví continuamente durante 30 años desde mi nacimiento? Nadie puede escrutar y describir los sentimientos que me embargan cuando deambulo por la calle Pedro Alba, contemplando y recordando las fachadas señoriales, la calle Oteros tan estrecha y tan misteriosa para mí, el antiguo Hospital, otrora también inclusa, etc. Las entrepuertas de La Mota, con su sobrecogedora soledad en cualquier día oscuro y frío, característico de Alcalá, y tantos lugares para mí tan significativos y de tanta influencia en mi vida interior. 

Recuerdo (no lo puedo olvidar), el toque a muerto (generalmente una persona rica o conspicua), de las campanas de la formidable y bellísima torre de la casi derruida Iglesia de Santa María la Mayor, en plena fortaleza de la Mota, tan sonoras y significativas.

Campanas tristes de la vieja Mota
De ronca esquila que traspasa el alma,
Recuerdo triste...

Aun hoy, me paro a contemplar el bellísimo y cabalístico equilibrio entre su anchura y su altura, y su orgullosa y rampante hermosura. Domina desde lo alto toda la fértil comarca, como presidiendo las torres de aviso que hay en su alrededor.

Nunca olvidaré mi Iglesia de San Antón tan hermosa, y (ojo, paisanos) tan abandonada. Con aquel pequeño recintillo del «Señor de la Misericordia», siempre tan solo en las noches de invierno en que parecía que se cortaba el frío. La iglesia de Las Angustias, la de Santo Domingo, de la que aun espero vehementemente que será restaurada algún día; la de San Juan, a la que me gustaba llegar desde los callejones medievales que llevan hasta allí desde la Mota y bajar por la calle Rosario.

Y, como no. La Iglesia de Consolación, que tantos episodios ha escrito en mi vida y en la de todos los alcalaínos. Con su nave central inmensa y que tantas noches visité cuando silenciosa y fría, me ofrecía el único lugar para mis meditaciones.   

Mi unión o vinculación con Alcalá es tan estrecha, que al final terminaré por ir a morir a ella, como animal herido que va a su cubil.  Todo en Alcalá, es fuente y motivo de nostalgia para mí. Aun puedo evocar cuando entro en la plaza del Ayuntamiento, a los niños cuando jugábamos a «cangreje» y los «liques» de Iro y compañía.

Cangreje,
Harinilla y harineje.
Tengo un patio
Muy bonito
Debajo, una higuera
Que echa los higos chumbales...
 .
Los «tallos», tan ricos por las mañanas, los «hornazos» para el día de San Isidro, y para cuando era el «Día del cerro» con sus pitos de barro y «La hermana Mayora» con sus banderas y estandartes.

Las solemnes campanadas del reloj del Ayuntamiento, o los gritos mañaneros de los «castilleros» preparando sus mercancías de frutas y hortalizas, que tan denodadamente cultivan, y vendían y venden en Alcalá. Todavía hoy, me parece oir a veces el ruido de los vehículos subiendo por la calle Alonso Alcalá, donde vivía en una inmensa casa que ahora es un bloque de viviendas, y un banco o Caja de ahorros en sus bajos.

Aquellas tardes en casa del tío Cristóbal (falangista él, al contrario que mi tío Pepe era republicano y lo pasaron mal los dos), zampándome la propaganda de Adler y Signal, las dos revistas que hablaban de los triunfos alemanes en la segunda guerra mundial. Yo era un furibundo germanófilo, y cuando las revistas empezaron a publicar en sus páginas asuntos poco relacionados con las primeras campañas triunfadoras germanas, sufrí un tremendo choque en mi niñez. Era la primera vez que mis ideales empezaban a desmoronarse.

Las tardes con mi hermano Miguel, poniendole la cabeza como una zambomba, con mis locos relatos que él se bebía literalmente. Yo mentía como un bellaco, pero también me creía lo que le contaba. Una antiquisima y oxidada escopeta y un sable de mi abuelo, nos daban la ocasión de calentar la situación dramática de  los relatos, allá en la gran terraza de la casa.

Por si fuera poco, chupábamos los chorizos que mi madre colgaba de aquellas cámaras, haciendo luego con los labios el cierre de tal modo que mi madre no se percibiera de la sustracción. ¡Y vaya si se notaba, pero ella se hacía la boba.

Aquellas cámaras de leña del obrador en la pastelería de un amigo entrañable, donde encontramos revistas antiguas con escenas escabrosas, y que devorabamos y comentábamos como entendidos “maduros del sexo” entre nosotros. Y las tardes de lluvia en la que nos empleabamos en envolver caramelos, sin más retribución que “el diente libre”, es decir que podíamos comer los caramelos que quisieramos mientras trabajabamos, pero solo los trozos sueltos.

Las palomas que fueron mi gran afición, además de las chicas, y que se comieron literalmente dos mil kilos de yeros americanos que mi padre guardaba en una de las cámaras. Entraban por un ventanuco y yo creía que se alimentaban de lo que encontraban en el campo.

Era tal mi capacidad de convicción, que mi padre creo que llegó a creerselo, hasta que un día comprobó el desastre que le habían hecho las palomas de su hijo. No sé como me dejó vivo, y desde luego mucho me debía querer cuando me dejó seguir con las palomas.  

Aquellos partidos de pelota en la plaza, con un niño que vigilaba y que de vez en cuando gritaba .-¡que viene un municipal!- y el buen hombre se demoraba para darnos tiempo para recoger nuestra pelota de trapo o de papel, y hacer la comedia de que no jugábamos. Comedia que cuando la rememoro, no deja nunca de darme risa.

Y las farolas que se podían hacer sonar, subidos en ellas. Aquellas niñas jugando a la rayuela: las ya mocitas, a las que tanto hacíamos rabiar levantándoles las faldas en rápidas carreras para cogerlas desprevenidas, y de las que escapabamos entre risas por nuestra parte y los insultos (bien merecidos) de aquellas, con algún que otro tortazo que conseguían sacudirnos.

Las cañas partidas que hacíamos servir de esquís por la calle Veracruz cuando después de una nevada, tan frecuente en Alcalá, nos dejábamos resbalar por ella aprovechando su empinada cuesta. Y a los pozos, que hoy solo de pensarlo me pone los pelos de punta.

Excursiones a los Tajos, a las Cruces... o a La Mina, que por cierto no sé si ya existe hoy, y que nosotros los chicos creiamos (y así puede que sea), era un largo laberinto que nos podía llevar a La Mota. ¡Cuantas veces penetrábamos en aquella cueva tan sugerente y misteriosa, y nos volvíamos miedosos cuando apenas habíamos penetrado en sus húmedas entrañas unas docenas de metros! El más valiente era, claro está, quien más profundamente había entrado en ella.  

Aquella juventud cándida y anhelante, curiosa y temeraria, ebria de vitalidad y buscado desesperadamente saltarse los pequeños horizontes a los que nos habían confinado las secuelas de La Guerra Civil o mejor dicho, incivil.

Ansiosos de horizontes y conocimientos, encerrados en aquel casino tan hermoso, nos costaba un esfuerzo titánico procurarnos el dinero para poder pagar la cuota mensual. Pero la pagábamos, porque a algunos (muy pocos) nos proporcionaba la ocasión de hablar de Rubén Darío, García Lorca, Miguel Hernández, Unamuno, Machado, y otros escritores prohibidos como Felipe Trigo, Eduardo Zamacois, Fray Candil... y tantos autores por aquel tiempo tan desfenestrados, como el mismo Jacinto Benavente. Y cuanto más prohibido, mejor.

Todo ello con un aire de misterio, para no ser descubiertos y expulsados del casino. Lo que nos recomendaban y podíamos leer sin cortapisas era Machado (Manuel) Pereda con su obra Peñas Arriba, Sotileza etc. recomendadísima por todos y especialmente por las fuerzas vivas de aquel tiempo. Teniamos algunos de 14 a 16 años por aquellos tiempos.

Blasco Ibañez, Galdós, Azorín, Baroja, Benavente,etc., a los que me devoré varias veces, y me hizo por aquel tiempo devoto de los héroes de Trafalgar, Churruca y Gravina, y odiar al detestable cura Trijueque. Leíamos y escribíamos poemas, que discutíamos secreta y acaloradamente.  

Ortega y Gasset, encendía nuestros ánimos, cuando nos describía como «tigrecillos encerrados en los casinos»; en la jaula de nuestras propias limitaciones, y en el entorno de aquel tiempo. Más adelante, con el establecimiento de la Biblioteca Municipal tuvimos acceso más fácil a más libros, y ya podíamos hablar y comentar con la bibliotecaria de la que todos conocéis el nombre. Mi mayor afecto y admiración hacia ella y su trabajo, tan espléndido con los jóvenes.

Las palabras de Machado, casi proscrito en aquel tiempo, nos encendían en quimeras y anhelos sin concreción alguna, pero era casi nuestro «Leit motiv» de vivir. Los estudios y todo lo demás, no tenían mayor importancia para nosotros o por lo menos para mí. Había en nosotros el empuje de una generación que deseaba, ante todo, superar los traumas de la guerra, y sus desdichadas secuelas. No sabíamos exactamente lo que queríamos, y sin embargo creo que lo percibíamos muy bien.

Alcalá debe mucho a estos jóvenes, pioneros de la libertad y de las inquietudes de progreso. Fue la Alcalá más altruista y audaz, que sacrificó sus espectativas de éxito para darle a la vida del pueblo (hoy ciudad), un tono de despegue y de renovación, aunque no sabían que lo estaban haciendo, aparte de estropear sus carreras y su porvenir.  

También fuimos (y en mi caso fue así) la desesperación de nuestros padres que, desde luego, eran los primeros en no comprendernos empeñados en empujarnos a nuestro éxito material. A pesar de todo, insistimos en nuestra locura tan épica y primordial para nosotros, y que tanto nos distinguió por la demencia temeraria que observaban los que nos conocían.

Dejamos en el puerto la sórdida galera
Y en una nave de oro nos plugo navegar
Hacia los altos mares sin aguardar ribera
Lanzando velas y ancla y gobernalle al mar.

¡Cuantas veces, adolescentes, mirábamos la carretera de Granada con un impulso que nos hacía vibrar el corazón, imaginando lo que habría de haber tras los horizontes que vislumbrábamos desde la Mota! Para mí todo era algo inflamable con mi imaginación. Romántico hasta más no poder, deseaba darle a toda relación ese toque de lealtad y un halo de imaginación.

La Mota, la Mazmorra, el Cementerio, la Iglesia; para nosotros todo aquello era el depositario giganteo de mil misterios. Todo era, en Alcalá, un tesoro para nosotros los que en ese mundo casi cerrado tuvimos la visión de un porvenir para nuestro pueblo, mejor y más merecido que el presente que vivíamos.

Las tardes del «Juego pelota» que así se llama este lugar, y no el repipí «Juego de pelota» quizás reminiscencias del de la Revolución Francesa. Allí y en la Plaza jugaban las chicas a la comba, y nosotros estábamos atentos al vuelo de sus faldas. Ellas lo sabían, y se las recogían con las manos, frustrando así nuestro ladino acecho. De todos modos algo veíamos, y eso era bastante.

Al pasar la barca
Me dijo el barquero,
Las niñas bonitas
 No pagan dinero...

La Fuente de la Mora con su subyugante historia, y que un autor que no recuerdo, describía tan cercana y nuestra cuando relatando la ira del cristiano amante de la mora Cava o Caba  decía:

¡Ay! del muslín si arrojado
Osó ofender a la Cava...
Todavía recuerdo estos versos del fascinante relato.

El Coto. Expansión de nuestras vitalidades y nuestros cuerpos. El Coto unió a los jóvenes de nuestro entorno, mucho más que tantas celebraciones que precisamente trataban de obtener, sin conseguirlo, lo que la camaradería del deporte lograba sin esfuerzo alguno.

Aquellos equipos de futbol, sin más equipamiento que aquel que el noble entusiasmo procuraba por medio de lo que cada uno se aportaba. Alpargatas, zapatos de paseo, (luego había que explicar esto a las madres), raras veces botas y rarísimas veces, verdaderas botas de futbol. Pero el equipo de Alcalá jugaba, y se proyectaba solo con aquellos pobres rudimentos que a veces rozaban lo ridículo.

Adelante campeones
Del equipo volador
El que no tenga calzones
Que se ponga un bañador.

¡Cuantas veces teníamos que saltar lugares, prohibidos para conseguir oir zarzuelas! Y no es que estuviesen prohibidas formalmente, porque en tal tiempo ni lo sabíamos, aunque que no eran ni mucho menos asequibles a los jóvenes que no tuvieran muchísimo interés en oirlas. ¡Que maravillosamente jugosa nos parecía aquella música en aquel tiempo! El tiempo de la «Vaca Lechera», Machín etc. y otras de contenido patriótico.

Prietas las filas recias marciales
Nuestras escuadras van
Cara al mañana que nos promete
Patria justicia y paz (o pan)

O

Montañas nevadas...
 .

Aquella Academia que llamabamos «La Estaca», como contraposición con el Colegio de Málaga llamado El Palo, adonde iban los más privilegiados, tanto de Alcalá como de todos los pueblos del entorno. Aquellos profesores repletos de vocación y ¿porqué no decirlo? de necesidades y mucha incomprensión por parte de alguna gente, pero de un estilo y un interés impresionante ¡Como los recuerdo!

Ya más cuajados, las escapadas en bicicleta para reforzar a los equipos de futbol de los pueblos cercanos. Después de un partido de fútbol, y de bailar como locos en las casetas de la feria del pueblo en cuestión, tal vez a 30 kilómetros, volvíamos a Alcalá en bicicleta de nuevo a las tantas de la noche, y con la reprimenda asegurada por parte de nuestros padres. ¡Como os recuerdo, dulces amigos!

Nuestro hermoso «Paseo», que así se llama el parque de Alcalá con sus «marmolillos», sus bancos de piedra (que hasta para eso es señorial mi pueblo), y presidiendo todo, la Cruz de los Caídos detrás de la cual hacíamos bellaquerías algunos chicos y chicas.

Los cines de verano y El Teatro Martinez Montañés, con su «gallinero» su anfiteatro y su «patio butacas» donde nos proyectaban al principio aventuras de vaqueros con sus heroes a caballo. Más tarde Sudán, el héroe Sabú... y otras en «Tecnicolor» amén de alguna que otra obrilla de teatro. Para nosotros era un banquete.

Cuando pusieron (o quisieron poner) la «Blanca doble» una revista picante para aquel tiempo (hoy sería bastante pacatilla) las gentes se debatían entre la moral y la curiosidad. Hubo altercados, y al final creo que no la pusieron. Ya no lo recuerdo, pero creo que yo no la ví.

Aquellas aventuras cinematográficas y sugerentes «adelantos», nos vovían locos y encendían nuestra imaginación, aunque las veíamos a trozos por la costumbre de los «descansos» y los apagones que nos dejaban en tinieblas a mitad de la proyección. Aquella juventud que cantaba:

Desde que vino la moda
De los abrigos granate
Parecen los señoricos
Papas fritas con tomate.

Y las chaquetas blancas que hicieron furor y que hicieron popular la canción:

Madre yo quiero, yo quiero,
Quiero una chaqueta blanca
Con los bolsillos de parche
Y los botones de nácar.
Lo mismo me dá de seda,
 Que de hilo, que de lana.
Madre yo quiero, yo quiero,
Quiero una chaqueta blanca.

Aquellos años de Machín o Bonet de Sampedro, la famosa Orquesta Orozco tan esperada todos los años en Alcalá, y que a veces traía una vocalista que era la comidilla de los chicos...y de las chicas, con sus melancólicas y líricas canciones cuando venían  a las casetas de la feria de Alcalá. Esta feria era, entre todas, la más hermosa, con enorme cantidad de ganado y muchas transacciones, y que esperábamos con ansia y también despedíamos casi con frenesí para aprovecharla a fondo.
Aquellas chicas, adolescentes, casi nos eran indiferentes (nos parecía a nosotros) al lado de las cuales blasfemábamos para escandalizarlas. Las mismas a las que perseguíamos de aquí para allá en procesiones, a la salida de «misa de doce», y en cualquier lugar donde ellas se encontraran porque allí las buscábamos.

Más adelante, aquellas preciosas jóvenes, hoy matronas y  quizás ignorantes de lo mucho que las amamos, eran para nosotros un acicate y las elevábamos hasta situarlas a un nivel sumamente romántico, enfrascándonos en un culto caballeresco imitando a los héroes de nuestras mentes calenturientas.

Y es que en aquellos tiempos una chica se cotizaba mucho, y continuamente andábamos de escondidas para verlas y hablarlas. A veces para escuchar que nos mandaran a la porra, por pesados, y no ser exactamente la persona en la que ellas pensaban. Pero nos «arrimábamos» a todas.

¡Ah, amigas mías! Os recuerdo con toda la dulzura de mi corazón, y aun cuando os vea ya mayores, no temáis sobre lo que piense de vosotras  porque yo siempre os contemplaré con todo el amor de que soy capaz. Lo poco o mucho que me has dado tú, amiga que me lees, lo he agradecido y lo recuerdo y recordaré mientras viva. No te sientas olvidada. Yo, te recuerdo. Sois el mejor recuerdo de mi juventud. ¡Benditas seáis!

Los bailes organizados en la casa de alguna chica, y a la que los varones llevábamos garbanzos tostados y sangría muy aguada (no había dinerito para más). Ellas limpiaban (con nuestra ayuda en lo más gordo) el salón de baile, y lo adornaban con cintas y farolillos que recogían al final de la fiesta (al dar las diez y ni un minuto más), para otra vez en otro baile volverlas a poner.

¡Que maravillosas chicas! ¡Cuanto les debemos (al menos yo) en ternura, belleza y alegría! Llenas de simpatía y buenas formas, eran nuestras cómplices para preparar nuestros modestísimos saraos, y eso sí, bailaban todas con todos. Ninguna, ni ninguno, se quedaba sin bailar.

Los músicos se turnaban para participar en el baile, y eran nuestros propios amigos. Una guitarra, un laud, una bandolina y algún instrumento más que no recuerdo, (orquesta de pulso y púa, la llamábamos nosotros), bastaban para que pasásemos las fiestas más alegres y con una solidaridad confianzuda entre chicos y chicas verdaderamente ejemplar.

Hoy, Alcalá ha despegado y resulta ser una ciudad en plena expansión, con un vigor y un potencial increíbles y todavía sin explotar adecuadamente. En cuarenta años de viajes por toda España, pueblo por pueblo, de los más grandes, muchos me han dicho:¿Usted es de Alcalá la Real? ¡Que frío!, ¡Pero que gente más acogedora! -Yo estuve allí en la guerra o como vendedor etc. pero me acuerdo con gran cariño de Alcalá.-

Nadie me ha hablado de nada negativo sobre Alcalá, y no ha sido exactamente por cortesía. Es que Alcalá ha suscitado un atractivo misterioso sobre todo el que la ha visitado.

Como hay que acabar alguna vez, y no deseo extenderme demasiado, no quiero que se crea que olvido a las personas de mi generación, y también  que me mostraron un afecto que tal vez (y pido perdón por ello) no habré sabido corresponder como merecen. Pero a todos quise y a todos quiero hoy. Muchos viven, por fortuna. Otros ya nos han dejado, pero todos tienen un lugar muy calentito en mi corazón.

No puedo dar nombres, porque no acabaría este relatillo, ni me cabrían en él y no quiero agraviar a nadie por omisión involuntaria, pero sabe lector amigo, que me has conocido y tratado, que soy tu amigo y que seguro que te estimo mucho más, tal vez, de lo que puedas sospechar. Alcalá es mi patria, y amo a Alcalá y su gente. ¡Que conste!

                  


lunes, 21 de noviembre de 2011

Y SED AGRADECIDOS




                    Naturalmente amigo mío que yo también me preocupo: soy hijo de madre como todos y por tanto las cosas que ocurren en el cotidiano vivir me afectan como a todos. No estoy hecho de madera y participo de todas las vicisitudes que hay en la vida.

La enorme diferencia es que -sin ser fatalista- sé que este Universo está regido por una inteligencia infinita, y que todo lo que ocurre está determinado por esa inteligencia que llamamos Dios. A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, Él le ha dado a conocer. (Juan 1:18)

Si el Universo se mueve con esa exactitud matemática, y vemos lo que hay en el mundo que habitamos, tan maravilloso y colorido, disfrutemos de él todo lo que podamos de forma natural, y sabiendo que todo es don de Dios para con nosotros sus criaturas, que desde luego no somos un dechado de gratitud.

Solo mencionamos a Dios, para echarle en cara nuestra falta de algún don que se nos escapa. El que tiene una cosa no da gracias sino que reprocha a la “fortuna” porque no tiene lo que otro tiene. No somos capaces de darnos cuenta de la inmensa variedad de atributos de que disponemos para vivir en paz, sin desear compulsivamente todo cuanto alrededor se nos presenta con los espejuelos del placer y lo prohibido.

Ciertamente que carecemos todos de algún don que otro posee, pero cada cual es una persona distinta con sus dones y sus carencias. Unos son más ricos, otros son ciegos, y otros paralíticos, etc. Aunque la mayoría es más dotada, tampoco se nos ocurre dar gracias  Dios por tantas posibilidades como tenemos.

Tal vez los cristianos seamos más sensibles a las desgracias ajenas y -sobre todo -tenemos una tristeza profunda de ver como tantas criaturas son sacrificadas en el altar de los beneficios de los poderosos. Sostenemos que hay para todos, a poca solidaridad que se tenga por las desgracias de tantos y tantos que se conformarían con lo que algunos de nosotros tiramos a la basura.

¡Hay para todos! La ciencia ha avanzado y la técnica también para dar a cada uno lo que necesita, aunque dejemos a la iniciativa de cada cual lo que pueda innovar para beneficio de todos. Esa es la forma de avanzar social y moralmente.

Ese prurito de despreciar las instituciones como malas en sí, es nuestro enemigo larvado que tanto daño hace. El abuso por parte de los que las manejan, hace que estas instituciones sean mal utilizadas y por tanto, en vez de ser provechosas para el Pueblo son muchas veces la rémora del progreso. Su valía y la necesidad que tenemos de ella, no disminuyen. Y bien manejadas son muy válidas. 
Jesús dijo aquello tan conocido por tantos de que: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen. Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas.
También de estas palabras -tan mal interpretadas- se sacan conclusiones erradas. Jesús conocía las lacras que menoscababan a las dignidades del templo, más eso no le disuadía de acudir y orar allí. Solo cuando ellos se apropiaron de la palabra de Dios, cambiándola por sus muchas sutilezas y extremismos, es cuando dijo estas palabras.
No cambiemos lo que Jesús tenía en su mente, para aplicar estas palabras a tantos que trabajan denodadamente en la extensión del Reino con constancia y pureza. Respeto y al que sea culpable solo criticar sanamente y con misericordia, no sea que caigamos nosotros los que nos tenemos por tan puros.   
  

domingo, 20 de noviembre de 2011

ASÍ ESCRIBO YO




Amo los divertimentos,
El verso me es agradable
Y expresar mis pensamientos
En todo lo imaginable.

Alguno adora la fama
Con el reconocimiento,
No se goza porque no ama
Y se apacienta de viento

Es mejor pasarlo grato
Con chuflas o seriedad,
A soportar un mal rato
Componiendo en ansiedad.

No deseo petulante
Que me otorguen algún premio,
Quiero gozar cada instante
Desarrollando el ingenio.

Ni voy loco tras la fama
Ni la vana adulación:
Gozo haciendo un epigrama
Sin ninguna otra ambición.

Y como me siento libre
De alabanza o abucheo,
Hago que mi verso vibre
Contando lo que yo veo.


Escribo a tontas y a locas
Lo que mi magín me dicta,
Correcciones hago pocas
Y prosigo fatalista.

La rima es libre y hermosa
No requiere precisión,
Mas deviene farragosa
Si no tiene inspiración.

Con rima libre, ingeniosa
Se consigue lo mejor:
Más preferible es la prosa
Si no eres buen trovador.

Y es que la poesía asonante
Si se compone armoniosa
Tiene estilo palpitante
Y expresión maravillosa.

No busco en mi verso gloria
Que es efímera e incierta
No quiero, por vanagloria
Sufrir crónica reyerta.

No deseo rimar castigos,
Mi verso es para gozarlo,
Que solace a mis amigos
Y si me canso... dejarlo.

INTELIGENCIA Y SUS APLICACIONES

Un buen amigo me envió recientemente un link sobre inteligencia y me hizo pensar en lo que es algo consustancial con la especie humana. La utilización de tal inteligencia. No es lo mismo se inteligente que actuar con inteligencia.

No tengo quejas de la mía, aunque si ve uno que el general  Norman Schwarzkopf, - el que mandó a los americanos en la guerra del golfo- tenía 170 IQ, ya se hace uno una cura de humildad y empieza a ver claramente lo que realmente importa.

Ignoro la inteligencia que poseyera Napoleón, Gengis Kan, o los músicos y literatos más destacados. Lo que importa para mis necesidades y las de todo el mundo, es tener un cociente intelectual suficiente para comprender lo que hace falta para vivir bien, en el sentido total de la expresión “inteligencia”.

Se habla mucho de inteligencia emocional y he leído un libro sobre ello titulado así y numerosos aplicaciones de esta llamada inteligencia. Recuerdo una frase que en una película antigua le hicieron decir a San Isidro labrador patrono de Madrid.

Le preguntaban unos petimetres petulantes, y respondía con extraña lucidez. Estos extrañados le dijeron que parecía inteligente. Él contestó lapidariamente: soy muy inteligente porque tengo toda mi confianza puesta en Dios.

A Algunos puede parecerles esta respuesta algo necia o petulante… o tal vez muy humilde. Eso depende del que la pondere. Para mí es una excelente contestación casi insuperable. La inteligencia emocional, es la normal puesta al servicio cristiano de hacer el bien y tratar de ser comprensivos, agradables y amigables con todas las personas.

Ser inteligente, supone que no vas a emitir una respuesta necia por una ofensa cierta o subjetivamente interpretada; ser inteligente supone que te vas a ordenar, porque el desorden hace multiplicar el trabajo sin provecho y el tiempo sin motivo.

Hay muchas maneras de ser inteligente, pero el que no aplica esa inteligencia a procurarse una vida agradable, y es incapaz de proporcionarse los estímulos y realizaciones que le gustan realmente, creo que es poco inteligente. Un tal Charles, creo que era sumamente inteligente... Ya saben, “Jack el Destripador”.

O esos malhechores astutos y muy inteligentes para sus fechorías y para burlar a la justicia, que en las películas muestran que en muchas cosas carecían de inteligencia, aunque les moviera por tiempo su orgullo. Un pequeño fallo les hacía caer en las manos de la justicia, compuesta de policías no tan inteligentes, aunque sí lo suficiente para llevarles a la cárcel.

Si la inteligencia no se aplica “inteligentemente” -valga el torpe retruécano- no vale una higa. Se dice que los muy inteligentes son desgraciados. Se ponen ejemplos de hombres famosos, que destacaron en su tiempo, que hicieron grandes hazañas, y fueron desdichados. Si un hombre inteligente es desgraciado, es porque no sabe aplicar su inteligencia, y si no sabe esto es que no es tan inteligente.

Hablando de mí como ejemplo, yo no soy demasiado inteligente y soy feliz como un tonto. ¿Por qué? Simplemente porque he sabido elegir el camino de la santidad y la fe en Jesucristo, y con ello me considero como el más inteligente del mundo, porque supe elegir entre tanto montículo de ideas que yo escudriñaba tenazmente.

Fui a dar con la montaña gigantea del Evangelio, y allí encontré la felicidad, la paz y la esperanza, y además aprender a ser humilde, dado que mi carácter fue, y es, el mayor obstáculo para mis objetivos espirituales.

Y eso es todo lo que tengo que decir, por causa del espacio, aunque creo que suficiente para la comprensión de cualquiera, que no necesita ser tan inteligente, sino avispado espiritual para dar con la famosa tecla. La tecla de Jesús.

sábado, 19 de noviembre de 2011

SOBRE MONJAS DE LA CARIDAD




New post on Jorge. De profesión, cura 

 Quinientas comidas diarias… con su jubilación
by Jorge


Menuda, viva, con bastón y bastantes años encima. Así se me ha presentado sor Teresa –evidentemente nombre ficticio-, Hija de la Caridad, esta mañana en la parroquia.
-Buenas, ¿es usted Don Jorge?
- Para servirla, hermana.
- Soy Hija de la Caridad y vivo en Martínez Campos. ¿Es usted el que ha escrito eso de la iglesia y el IBI?
- Sí, efectivamente soy yo.
- Es que verá, nos lo leyeron el otro día en comunidad y se me ocurrió venir a conocer la iglesia y a saludarle si era posible.
Evidentemente hemos charlado. Y he aprovechado para conocer cosas de estas hermanas. Ellas llevan un gran comedor social. Quinientas comidas dan al día, más la comida que la gente se lleva a casa para niños y personas que no pueden salir de sus domicilios por enfermedad o invalidez. Quinientas comidas.
Y un interrogante. ¿Cómo lo financian? En personal no gastan, porque lo hacen las hermanas y algunos voluntarios.  Pero ojo lo que es llenar las ollas cada día para que medio millar de hermanos puedan saciar su hambre. Me decía que llegan donativos. Pero sobre todo me confesó en voz baja que, claro, “somos bastantes hermanas mayores y tenemos jubilación, y con eso nos apañamos”. Es decir, que quinientas personas diarias comen gracias al trabajo y a la jubilación de las hermanas, que evidentemente tienen un caserón en Martínez Campos por que el IU querrá que paguen IBI  por capitalistas e insolidarias en momentos de crisis.
Ha pasado un ratito a la capilla del Santísimo para saludar al Señor de la casa y pronto se ha despedido.
- ¿Ya se va?
- Si, padre, que me toca portería.
- ¿Pero ustedes no descansan nunca?
- Mientras se puede, a trabajar en lo que sea necesario.
Cuando la he visto marchar hacia el metro pensaba en los datos: quinientas comidas diarias. Una monjas con su trabajo y aportando de su jubilación. Y no es un caso aislado.
Mientras, en la campaña electoral, siguen diciendo que hay que acabar con los privilegios de la iglesia. Y lo cierto es que los tenemos. Porque dar de comer a quinientas personas cada día es un lujo que no todos pueden disfrutar. Lo dijo el Señor: “Venid, benditos de mi padre, porque tuve hambre y me disteis de comer…”

martes, 15 de noviembre de 2011

RELIGIÓN Y VIDA


Tu empeño es bien estéril, adusta cerrazón;
Quiero vivir gozando de toda la creación;
Negarla y reducirla es sórdida traición
A Dios que hizo la vida, el goce y la ilusión.

Alabo al Dios del Cielo por besos y caricias,
Por flores, por arbustos, por cantos, por albricias,
Por penas, por dolores y hasta por injusticias,
Por cándidas criaturas sin sombras ni malicias.

Por todo cuanto Él hizo, por todo cuanto hará,
Por que Él es fortaleza y yo debilidad,
Por ser el juez de todo, aljibe de piedad,
Por bueno y generoso, por que es mi sanidad.

Estólido es quien piensa que Dios se ha equivocado
Haciendo un universo deforme y desgraciado,
Solo de errores lleno, de mal y de pecado,
Siendo que él ha reabierto aquel jardín vedado.

Yo en fe y en confianza sabré por sus caminos,
Cantar en fe y justicia con címbalos divinos,
Gozando de su obra sin recelos mezquinos,
Mientras que junto marcho con otros peregrinos.

La vida que me otorga la quiero disfrutar
Amando las estrellas, los árboles y el mar,
Los prados y regatos do vienen a libar
Las aves cantarinas, el ciervo o el chacal.

El arte, la belleza de tantas obras gratas
Que Dios nos fue creando sin duda y sin erratas,
Estrellas y luceros, en acordes sonatas,
La luz que nos envía el sol en cataratas.

La charla intrascendente sentados junto al fuego;
Oír largas historias del viejo y del labriego,
Los dichos de los niños absortos en el juego
Y orando al acostarme, dormirme con sosiego.
  
Me alegran los semblantes de las mujeres bellas,
Sus lánguidos cabellos, su risa y sus querellas,
Su alma, su misterio, las mágicas centellas
Que lanzan, sin saberlo, las áuricas doncellas.

No quiero, despreciando, su  obra y su victoria
Vivir yermo e inútil, al margen de su gloria,
Que en profusión divina llena toda la historia,
Y de sus grandes hechos inunda la memoria.

Usando de sus dones, con prudente cordura,
Gozo de su abundancia una eterna llenura,
Y salgo al aire libre de la caverna obscura,
Rindiéndole alabanza por darme tal ventura.

No curo de doctores ascéticos y hueros
Pues Dios, con su palabra, es sano consejero;
Jesús, el que se entrega como ácimo cordero,
Me da la salvación y es santo compañero.

Y así, con esperanza, disfruto la amistad 
Que Dios me ha concedido de buena voluntad,
Me afirmo en sus promesas, alabo su bondad
Y soy un peregrino que marcha en libertad.