miércoles, 3 de agosto de 2011

TRAMPAS A LA DERECHA, TRAMPAS A LA IZQUIERDA.




 

Pues verá usted: yo no sé ni quiero saber, aunque lo sabré si quiero estar vivo, es que me da igual que el tipo que gobierne se llame Zapatero o Rajoy. Que sea de extrema derecha o de extrema izquierda, como si es el portero del equipo. Me da igual. Lo que quiero que quede claro es, que soy cristiano, y por consecuencia de lo más comprensivo de las debilidades y errores humanos, de los que yo también he sido y soy parte.

Por tanto sobra que usted me califique de derechas o de izquierdas. Había un dicho francés, que decía que su corazón estaba con la izquierda, pero su bolsillo (poche) estaba en la derecha. Pero no se trata de estas tonterías porque otra cosa no son.

A nadie le gusta que su hijo se dé a la droga, ni que su hija se meta en prostitución, ni que a su familia le falte de nada. Mi madre decía que “quería que a sus hijos no les faltase ni leche de mosquito”. Y mi padre "que se quitaba los bocados de la boca para dárselos a sus hijos". Y esto es así en la inmensa mayoría de los humanos así como en los animales.

Esa es la tónica general. Luego existen los que se llaman en inglés outlaw o “proscritos” “fuera de la ley”. No porque hagan delitos o faltas contra la ley común (que también puede ser), sino porque se separan de la marcha normal de la sociedad, y cuando tocan las consecuencias se convierten en los eternos resentidos y exigentes vindicadores, de un sistema que a ellos les permita vivir con comodidad y sin esfuerzo por su parte.

Consideran al Estado como  inagotable fuente de beneficios, y se quejan y reivindican un sistema que les permita a ellos, poner sus necesariamente marcadas barajas sobre la mesa social. Y es cierto que hay tullidos, enfermos, solitarios, disminuidos de alguna forma, a los que no se les proporciona la suficiente cobertura para que puedan salir adelante. Todo es posible solo queriendo. 

martes, 2 de agosto de 2011

PADRES IRRESPONSABLES




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En medio de esta ola de descristianización que nos asola y que lentamente va haciendo mella, sobre todo en los jóvenes, proclives por naturaleza a descubrir cuanto antes los misterios del sexo y la libertad sin límites y sin responsabilidad, resurgen hoy día más vivas que antes las rencillas y las discrepancias entre confesiones que añaden un plus no despreciable de confusión, a la enorme confusión que se ha implantado a golpe de iniciativas gubernamentales y de viejos odios entre españoles.



Sin dejar de constatar este hecho en todo el mundo, es en España donde la mezcla de las secuelas anímicas de la guerra civil con las posibilidades que ofrecen las técnicas modernas con aparatos sorprendentes por sus prestaciones, donde observo más de cerca este letal fenómeno. Los jóvenes aman estos aparatos, y los manejan bien y son para ellos una fuente de información (buena o mala), de unas amplias temáticas que van de la consulta escolar a la pornografía más vil.

 
Sin duda alguna y sin repartir juicios ni culpas, la raíz de todos estos males en la indiferencia de los padres, empeñados en tener más y más cosas y en no quedar por debajo de su vecino en lo que respecta a chirimbolos de todas clases y de posición social, más manifiesta en la consecución y exhibición de cosas que de una verdadera valía humana. No es nueva la frase que oí hace más de cincuenta años de uno de mis representantes, hombre próspero y prácticamente lo que se llama «un nuevo rico»: yo llevo mis hijos al colegio y allí que me los eduquen; bastante tengo yo con trabajar para proporcionarles todo lo que necesiten.



Lo que necesitaban no era del todo lo que él les proporcionaba. No les prodigó nunca respeto, ni religión, ni siquiera ideología. Ni se ocupó de sus problemas ni de la situación de la esposa a la que obligó a fumar para estar a la altura de las amigas y amigos que frecuentemente se reunían para fiestas en las que el cambio de parejas se hacía (solo en bailar), según en alguna de mis visitas puede comprobar invitado por mi representante y clientes. La verdad es que una persona pensando como yo, no tenía más remedio que sentirse incómodo.



Aquí me acordaba siempre de la frase de Machado siempre tan oportuno para aplicar a tantas situaciones parecidas:


               ¿Donde está la utilidad

De vuestras utilidades?

Volvamos a la verdad;

Vanidad de vanidades.
 

Y no es que yo fuera censor ni le dirigiera reproches, sino solamente mostrarle que por dignidad tal vez mal entendida, aquellos saraos con disfraces que adquirían en Madrid a donde se desplazaban unos destacados para elegirlos y pagarlos entre todos, no me parecía de lo más adecuado cuando sus hijos estaban al cuidado de un «canguro». Disfraces que una vez usados no era elegante volver a usar.




No quiero que parezca que quiero dedicar este escrito a afear la conducta de mi amigo, que aparte de sus cosas era extraordinario profesional y hombre por lo demás agradable. Simplemente esta clase de padre al socaire de una situación de crecimiento, y de incorporación de costumbres y usos extraños, dejó a un lado la educación hogareña de sus hijos y se dedicó a la vanidad costosa económicamente, y moralmente reprobable, pues hasta incluso llevó a su buena esposa a darse a beber wisky para entonar con sus amistades.


 
Jamás se le ocurrió darles una idea aun muy floja, de lo que significaba la piedad y la espiritualidad, como medio para dar a sus personitas un rango distintivo de dignidad y de verdadera categoría personal y cultural. Los dejó al garete de la vida social y superficial, y eso tiene ahora. No terminaron sus estudios y de unos jóvenes puestos en el honor y la verdad han devenido en la farsa de la vida y en una moral de oportunidad como tantos millones de niños y jóvenes que ahora llevan las riendas del Estado y los negocios, universidades y que son referentes en la cultura de los que llegan nuevos al palenque de la vida.




Ya muy pocas personas se atreven, contra la corriente social de pensamiento, en mostrar algunos valores, virtudes humanas (ya ni siquiera religiosas), y el cristiano se mueve entre una sociedad pagana que cuanto más científica aparece (yo diría técnica), más despojada de valores se encuentra. Babel ya es una presencia onerosa en esta «civilización» y ya no tardará en pasar factura como la que se está pagando por causa de la deriva que anteriormente he tratado de explicar.



¡Fuera Dios de nuestras vidas! Ese es el clamor de las gentes. Y Dios se retira de donde no lo aman, y así el hombre sujeto a su conveniencia inmediata (según cree) y a sus pasiones, deviene en esclavo de una especie de Matrix que le ciega, para que no se salve y vea otros horizontes que son los espirituales, y para lo que fue hecho distinto de los animales.


 
Rafael Marañón





Un toquecillo bíblico
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Por lo cual, teniendo nosotros este ministerio según la misericordia que hemos recibido, no desmayamos. Antes bien renunciamos a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino por la manifestación de la pura verdad recomendándonos a toda conciencia humana delante de Dios.


Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.

 
Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús. Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. (2ª Corintios 4: 1 al 6)

lunes, 1 de agosto de 2011

RITUALISMO Y DIGNIDAD



Aunque detesto el exagerado ritualismo, y todas las extremas manifestaciones de las que no hago mención aquí, no cabe duda de que la Iglesia ha de tener unas normas litúrgicas (sí, liturgia) que provea una expresión común a la fe del Cuerpo de Cristo.

Conozco los extremos a que ha llegado la liturgia en algunas ocasiones, y también el desatinado descuido a que ha llegado la falta de una elemental disciplina, que a veces pierde su dignidad y da a los extraños la idea de que o están locos los ejecutantes, o son verdaderos bufones que tienen en muy poco del culto razonable que se debe a Dios.

No viene a caso, mencionar las estrambóticas expresiones de piedad que algunos usan de vez en cuando o de forma continuada. Tampoco los excesos que se cometen en las grandes celebraciones, casi siempre ortodoxas, pero de un exceso ostensible, y para mí, sobrado de elementos que desvirtúan la solemnidad modesta y humilde de tales eventos.

He oído burradas contra el Papa, por “permitir” tanta palabrería inútil y tan degradantes expresiones de “liturgia”. No creo que al Papa le embelesen, y no creo que las permita. Una de las dificultades de la Iglesia Católica, es su extensión por todo el globo terráqueo, y la dificultad a llamar la atención a los que perpetran semejantes idioteces.

Un cura, pastor, bigardo, con medias, una corta faldita, etc. y bailando o haciendo esperpénticos actos, no creo que agrade, no ya al Papa, sino a Dios que es al fin y al cabo a quien se le debe todo honor y reverencia. ¿Pero que se supone que se busca en estas cosas por “sacerdotes” o “pastores” etc.? Nada bueno según creo por lo que veo.

Esas patochadas, no son propias en ninguna expresión denominacional de culto y, para mí, solo intentan una especie de síntesis de cultos, en donde se mezclan de forma lamentable principios “cristianos” con elementos animistas, idolátricos, etc.,

Son situaciones que veo denunciadas en distintas páginas de la Internet, y que hasta a mí mismo, que soy bastante comprensivo con los excesos pasionales de amor a Dios, me parecen estrambóticas expresiones de una estupidez comprensible, pero rechazable. Sin más, están equivocados según mi modesta opinión.

Si bien me gusta la simpleza y sencillez en una misa, culto, o reunión de cualquier clase, me parece que el asunto es serio y solemne siempre, por lo que los desvíos (lo suficientemente gruesos) me hieren, y aunque no conmueven mi fe, me parecen cuanto menos rechazables y muchas más ocasiones, detestables en grado sumo.

Me agrada una liturgia en la que no hay nada nuevo que descubrir, porque ya está bien establecida; puede tener diferentes expresiones más o menos adecuadas a la fe, pero con una solemnidad y un respeto al acto, que le dé dignidad y poder ser visto por el Señor como manifestación respetuosa y bien intencionada, según los preceptos usados por la Iglesia Universal como dignos y adecuados.

Señor, abre mis labios, Y publicará mi boca tu alabanza.
   
Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; No quieres holocausto.

   
Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, ¡oh Dios
! (Salmo 51).
Payasadas no; por favor.

domingo, 31 de julio de 2011

LA BUENA PIEDAD


Tengo por buena costumbre salir todas las mañanas a pasear que respirar aire de la calle antes de que se llene de suciedad en el aire y el suelo. Ahora mi esposa que se ha caído, y tiene una pierna accidentada por poco tiempo. Y ahora nos damos cuenta del privilegio que supone a nuestra edad, disfrutar de esos paseos, y tener movilidad para ir a cualquier lugar que nos guste. Placeres modestos aunque a la vez muy gratificantes que nos hacen felices.


Y tengo que decir que cuando veo esas escenas de pobreza absoluta, ignorancia, y las fotos de mujeres, hombres, y niños esqueléticos, formando una cola patética esperando que se les suministre cualquier cosa que llevarse a la boca, me viene a la memoria el dicho del profeta: ¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas.
     Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado.
    Traed todos los diezmos al almacén o alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Yahvé de los muchedumbres, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde. (Malaquías 3: 8-9-10)

¿Y no es cierto que todos, TODOS, le estemos robando a Dios? Consintiendo la sevicia con que tratamos a nuestro congéneres, que tienen derecho a estar aquí, con nosotros, en este planeta que da para que todos puedan vivir. Dios no distingue color ni lugar. Todos somos, su creación, y a todos nos ama por igual.

¿No es posible dar crédito a Jesús que nos dejó ejemplo para que pudiéramos vivir una vida sobria, y que en esa morigeración en todo (no escasez) pudiéramos ser todos más dichosos y más solidarios compartiendo los bienes. Dependen de nosotros; ¿Qué más, esperamos que se nos diga?

Permítanme una digresión: a mí cuando me hablan de solidaridad, algunas veces me da risa y otras me enfurece. ¿Cómo es posible ponernos en la boca las palabras amor, solidaridad, tolerancia (la más repugnante), cuando permitimos que las gentes vivan como lo hacen muchos, y no ya en otros lugares sino los de nuestra propia nación. ¿Solidaridad? ¡Mentira!

¿Como llamamos solidaridad, a lo que hacemos cuando votamos a gentes sin escrúpulos, en lugar de a los que se comprometen a solucionar las situaciones tan terribles y trágicas que sabemos existen? ¿O a  ONGS, en las que el noventa por ciento o más de la recaudación son para su propio sostenimiento?

Nada es malo en sí mismo, pero no es admisible la situación que vivimos. Es lícito y hasta necesario para el equilibrio personal darse algún placer o goce de familia, amor, o algunas clases de cosas agradables, que permitan también dar, para que todos puedan vivir conforme a sus vocaciones o inclinaciones.

El hambre es mala en sí misma. Jesús comió cuando tenía hambre. Lo mismo sabía estar en un banquete, que en un ayuno prolongado (como Pablo). No es nada importante, si hacemos de nuestra vida un tormento cuando hay para satisfacer las necesidades y algún que otro prudente dispendio.

Lo que no es admisible es dejar que las gentes mueran por desnutrición o enfermedad, y hasta de carencias en la educación, por el egoísmo de tener un automóvil más lujoso, o una casa que enseñar a los demás en un despliegue de soberbia y vanidad.

sábado, 30 de julio de 2011

SIN MÍ… NADA


La humildad no es solo una gracia más, de entre las muchas que Dios nos concede. Es además un pilar fundamental de las demás, el cauce de todas ellas. Y comienza por el pleno reconocimiento de una evidencia: Que Dios es enteramente todo, y nosotros enteramente nada. Esto solo, distingue al discípulo.


Este reconocimiento leal y sincero, trae la perfecta humildad ante Dios y, por tanto, ante los hombres. Es mansedumbre y benevolencia, y el inconfundible sello del discípulo en cualquier circunstancia, momento y lugar. Es exacta, e indiscutiblemente, lo que distinguía a Cristo.


Reconozcamos que no hay nada tan antinatural para el hombre corrompido, tan insidioso y oculto, tan difícil y peligroso, como la extirpación del orgullo. Hace falta una gran comunicación con el Espíritu, y una extraordinaria atención a las instrucciones y suaves restricciones que nos revela, para comprender cuanta falta tenemos de humildad, y qué torpes somos para conseguirla. O, en otras palabras, cuán indómitos y rebeldes somos en nuestro interior.


Tenemos que examinar atentamente el carácter y la conducta de Cristo, para llenarnos de admiración y gratitud por su mansedumbre y creer que, frente a nuestro orgullo y nuestra impotencia para arrojarlo de nuestro interior, “del hombre viejo”, Cristo actuará, entrando en nosotros para impartirnos esta gracia tan fundamental, don anticipado de la maravillosa vida eterna que ya sabemos que gozaremos los creyentes redimidos.


Estando en Cristo, conocemos su poder para darnos la humildad, de modo tan real, eficiente y soberano, como antes nos poseía el orgullo. Tenemos la vida de Cristo, tan realmente arraigada o más que la de Adán, y debemos andar desarraigados de éste, y caminar arraigados en Cristo.


Tenemos que asirnos firme y obstinadamente, a Cristo y gozar, sin esperar ni un momento más de vivir en su presencia, para que esta sea siempre nuestro alimento espiritual. Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles, entremetiéndose en lo que no ha visto, vanamente hinchado por su propia mente carnal, y no asiéndose de la Cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios. (Colosenses 2:18).


Sin humildad, hago la temeridad de decir que no existe Iglesia que guste al Señor. Nada que hagamos sin tener presente al Señor es, si no pecaminosa, por lo menos jactanciosamente independiente de su dirección; y sin dirección del Señor es tan difícil hacer iglesia, como para un árbol es imposible dar fruto sin ser regado y cuidado. El árbol sigue siendo árbol, aunque podemos colegir sin temor a equivocarnos, que no dará fruto si antes no muere de inanición.


Contar con que la Iglesia pude vivir sin el riego del Espíritu Santo, y prosperar sin ser regada por Él es bobería o jactancia; la humildad que no se presta dócilmente a las ordenanzas de Dios, como si por nosotros mismos pudiéramos Es jactancia pecaminosa. Sin el Espíritu de Cristo, hacer no haremos nada útil por muchos esfuerzos que hagamos, y mucha inteligencia que derrochemos: Yo soy la vid y vosotros los sarmientos; sin mí NADA podéis hacer. De ahí la necesidad se estar siempre pegados al rey de la humildad; nuestro señor Jesucristo, nuestra vida. Así el Padre rebosará satisfacción de ver a su Iglesia en el camino debido.

viernes, 29 de julio de 2011

PROVISIÓN DE DIOS

 

La serpiente, destilando su envidiosa soberbia, hizo vacilar los corazones de Adán y Eva y consiguió que, en su soberbia y desconfianza, se preguntaran la razón por la que Dios les prohibió comer del fruto del árbol prohibido.

¿Tal vez Dios teme que seamos iguales a El, y quiere evitar que alcancemos el poder y la importancia que realmente nos pertenece? ¿Tal vez Dios no quiere, egoístamente, darnos algo bueno para nosotros? ¿Tal vez...?

Siendo humildes, hubieran reposado confiadamente en la bondad infinita de Dios. Si el fruto del árbol hubiera sido verdaderamente bueno para ellos, debieran haber confiado en que Dios se lo hubiera dado, como todo lo demás.

El diablo hubiera resultado mentiroso y Dios veraz, como inmediatamente demostró. La mentira de Satanás usurpó el lugar de la verdad de Dios y ya no dejó lugar para la plenitud de su amor. (Génesis 3:19).

Cayeron de su gozosa y alta relación con el Creador a la misma miseria en que el hombre hoy se encuentra. Miseria física, social, espiritual... La exaltación rebelde de sí mismo por parte de la criatura fue la raíz y la puerta a la maldición; a la enemistad contra Dios.

Adán conoció el mal desde el mal, cuando antes de su caída había conocido y vivió envuelto absolutamente en el bien. Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto. (Génesis 1:31).

Dijo Dios, ser sobremanera bueno lo que había creado. Del hombre no dijo ser bueno ni malo, por que en el hombre había puesto la posibilidad de que en la libertad, solo a él concedida, pudiera elegir entre ser bueno o malo.

Nosotros llevando en nuestro interior al nuevo Adán (esto es Cristo) hagamos de la libertad con que Cristo nos hizo libres, un instrumento de obediencia amando y agradando así, a nuestro soberano y amante Dios. (Gálatas 5:1).

Solamente la restauración de la humildad perfecta y, por tanto, de la obediencia y absoluta rendición a Dios, podría restaurar al hombre caído. Esta fue la entera sumisión del segundo Adán, esto es, Cristo; con la cual Dios mostró al universo pervertido y jactancioso, que su justicia se cumplía en Él, Cristo Jesús, como su obra completa sobre el orgullo y la rebeldía.

Cristo cumplió totalmente la voluntad de Dios y, como hombre, demostró cumplidamente que en la humilde dependencia de ella posaba la plenitud de Dios y el mayor bien para los hombres. Su total sujeción abrió el camino hacia el Padre, para que la criatura, siguiendo sus pisadas y su misma actitud, gozara y recibiera eterna redención. (Hebreos 9:12).

Haciéndose obediente hasta la muerte, aún en medio de gran clamor y lágrimas. (Hebreos 5:7). Su total sujeción al Padre, fue la base profunda de su obra redentora, y nuestra salvación eterna. La humildad, tomada de Cristo, debe ser la raíz y el camino para nuestra perfecta relación con Dios, como lo fue en la de Cristo.

Se trata de estimar como la perfecta benignidad del Señor el dicho de San Pablo. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. (Efesios 2, 8-10).

LA GRAN DESOBEDIENCIA



La serpiente, destilando su envidiosa soberbia, hizo vacilar los corazones de Adán y Eva y consiguió que, en su soberbia y desconfianza, se preguntaran la razón por la que Dios les prohibió comer del fruto del árbol prohibido. ¿Tal vez Dios teme que seamos iguales a El, y quiere evitar que alcancemos el poder y la importancia que realmente nos pertenece? ¿Tal vez Dios no quiere, egoístamente, darnos algo bueno para nosotros? ¿Tal vez...?


Siendo humildes, hubieran reposado confiadamente en la bondad infinita de Dios. Si el fruto del árbol hubiera sido verdaderamente bueno para ellos, debieran haber confiado en que Dios se lo hubiera dado, como todo lo demás. El diablo hubiera resultado mentiroso y Dios veraz, como inmediatamente demostró. La mentira de Satanás usurpó el lugar de la verdad de Dios y ya no dejó lugar para la plenitud de su amor. (Génesis 3:19).


Cayeron de su gozosa y alta relación con el Creador a la misma miseria en que el hombre hoy se encuentra. Miseria física, social, espiritual... La exaltación rebelde de sí mismo por parte de la criatura fue la raíz y la puerta a la maldición; a la enemistad contra Dios.


Adán conoció el mal desde el mal, cuando antes de su caída había conocido y vivió envuelto absolutamente en el bien. Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto. (Génesis 1:31).


Dijo Dios, ser sobremanera bueno lo que había creado. Del hombre no dijo ser bueno ni malo, por que en el hombre había puesto la posibilidad de que en la libertad, solo a él concedida, pudiera elegir entre ser bueno o malo.


Nosotros llevando en nuestro interior al nuevo Adán (esto es Cristo) hagamos de la libertad con que Cristo nos hizo libres, un instrumento de obediencia amando y agradando así, a nuestro soberano y amante Dios. (Gálatas 5:1).


Solamente la restauración de la humildad perfecta y, por tanto, de la obediencia y absoluta rendición a Dios, podría restaurar al hombre caído. Esta fue la entera sumisión del segundo Adán, esto es, Cristo; con la cual Dios mostró al universo pervertido y jactancioso, que su justicia se cumplía en Él, Cristo Jesús, como su obra completa sobre el orgullo y la rebeldía.


Cristo cumplió totalmente la voluntad de Dios y, como hombre, demostró cumplidamente que en la humilde dependencia de ella posaba la plenitud de Dios y el mayor bien para los hombres. Su total sujeción abrió el camino hacia el Padre, para que la criatura, siguiendo sus pisadas y su misma actitud, gozara y recibiera eterna redención. (Hebreos 9:12).


Haciéndose obediente hasta la muerte, aún en medio de gran clamor y lágrimas. (Hebreos 5:7). Su total sujeción al Padre, fue la base profunda de su obra redentora, y nuestra salvación eterna. La humildad, tomada de Cristo, debe ser la raíz y el camino para nuestra perfecta relación con Dios, como lo fue en la de Cristo. 


Y estimar como la perfecta benignidad del Señor el dicho de San Pablo. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. (Efesios 2, 8-10).