viernes, 17 de junio de 2011



¿FATALIDAD O GOBIERNO DE DIOS?
Aunque la higuera no florezca ni en las vides haya frutos,
aunque falte el aceite del olivo
y los labrados no den mantenimiento
... con todo, yo me alegraré en el Señor, y me
gozaré en el Dios de mi salvación
.
Habacuc 3:17, 18

Cito en este trabajo unos párrafos de un grupo de cristianos, que me hicieron pensar en la seguridad de la salvación de aquel que, dejando todo discernimiento carnal y siguiendo lo pasos de Jesucristo, tiene la seguridad de su amparo y su comprensión hacia sus debilidades. Porque es incontestable que todos tenemos debilidades. Es consolador, y estimulante para una vida dedicada al compañerismo con Jesús, y bajo la sombra el Altísimo. Dice así:

«El creyente sabe que su rumbo en la vida es uno que le conduce al Cielo; que su camino terreno ha sido preordenado para él personalmente y que, por tanto, es un buen camino. Aunque no comprenda todos los detalles puede mirar confiadamente hacia el futuro aun en medio de las adversidades, ya que sabe que su destino eterno está asegurado y lleno de bendiciones y que nada ni nadie puede despojarle de este inapreciable tesoro.

Además sabe que una vez terminado su peregrinaje podrá mirar atrás y ver que cada suceso de su vida fue preparado por Dios con un propósito particular y se sentirá agradecido por haber sido conducido a través de todas sus experiencias personales. El día vendrá cuando a todos los que le afligieron o persiguieron podrá decir, como José a sus hermanos: «Vosotros pensasteis mal contra mí, pero Dios lo encaminó a bien» (Génesis 50:20).

Dios alto y sublime se interesa en sus más mínimos sucesos que los hombres llaman casualidad, suerte o azar. Cuando una persona se siente y reconoce escogida por el Señor, y sabe que cada uno de sus actos tiene un significado eterno comprende con mayor claridad cuan trascendente es su vida. Por consiguiente, siente una nueva y poderosa determinación de hacer todo lo que redunde en la gloria de Dios. Además sabe que aun el diablo y los hombres impíos no importa cuántos males traten de infligir, no sólo son refrenados por el Señor, sino compelidos a hacer la voluntad de Dios (Lorraine. BOETNER y otros).

El muro de la realidad es penetrado por medio de la fe y Dios se encarga de que aun aquí gocemos de la paz, según las suaves orientaciones del Espíritu Santo, porque así dice el Señor: «Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos» (Isaías 55:9).

Todos tenemos, en puridad, algo de qué quejamos a cuenta de nuestra presencia física o de nuestro carácter. Pocos hay que se sientan totalmente satisfechos y sin defectos, a menos que sean unos insufribles petulantes.

Tengamos el defecto físico o psíquico que sea, lo cierto es que cada uno de nosotros puede vivir con el suyo. Naturalmente no es de nuestro gusto, pero en la mayoría de los casos aprendemos a convivir con él y nos acostumbramos a él, tarde o temprano. Hasta podemos, a veces, sacar partido de algún defecto o carencia.

De Rodolfo Valentino, el famoso actor de los años veinte, se decía que su fascinante personalidad se basaba, sobre todo, en el ligero estrabismo que padecía. En palabras más rudas, que era bisojo; bizco. Parece ser que ello fue el detonante de su gran fama mundial entre las más famosas estrellas del cine naciente en su tiempo.

Sólo hay que preguntar a las señoras que fueron jóvenes en la época en que actuaba. Su estrabismo y su rostro, ligeramente afeminado, fueron de gran atractivo para las mujeres. Baste decir que dos de ellas se suicidaron al serles comunicada la noticia de su muerte.

Posiblemente, de no haber sido por su defecto que tanto le favorecía, tal vez hubiese pasado su vida anónima como vendedor de golosinas en cualquier sala de cine en las que se proyectaran películas protagonizadas por otros actores. Su defecto, fue su éxito. Si hubiese gemido y se hubiese encogido en sí mismo no hubiera sido el gigante que fue a lo largo de su vida.

Nosotros tenemos otra moral de combate y sabemos quien es niuestro amigo y nuestro enemigo. La vida es milicia y eso está establecido por alguien que tiene un propósito eterno y lo lleva a ejecución por sus etapas.  

jueves, 16 de junio de 2011

LA FRONTERA DE LO DESCONOCIDO

           


Ante la frontera de lo desconocido, sólo resta confiar en la mano de Dios, y con toda tranquilidad y paz decirle con todas nuestras veras: «Sé que me amas, Señor creador del Cielo y de la tierra; que tú eres omnipotente, que todo es tuyo y yo sólo soy una insignificante criatura que no puede llevar sobre sus débiles hombros el peso de su propia vida. Como lo has decidido así lo acepto, porque no soy yo el protagonista sino Tú; Tú sabes y yo no». «Hágase en mí, conforme a tu palabra» (Lucas 1:38).

Hámlet con motivo de la muerte de su padre desespera y clama en medio del dolor. Otro dice: «Sabemos que las cosas han de suceder necesariamente, como son la muerte y las calamidades, y que son tan comunes como la cosa más vulgar de cuantas se ofrecen a los sentidos. ¿Por qué con terca oposición hemos de tomarlo tan a pecho? Ese es un pecado contra el Cielo, una ofensa a los que murieron, un delito contra la naturaleza, el mayor absurdo contra la razón. Todos, muertos o vivos, no han podido dejar de exclamar. ¡Así ha de ser!» (SHAKESPEARE).

Insistimos en que las cosas adversas o favorables no son las que cuentan para el hombre espiritual y sensato, sino la actitud ante ellas. Una de dos alternativas: o levantar el puño contra el Cielo, o bajar la cabeza, callar la boca y decir a lo sumo: «Amén, Señor; Tú sabrás».

Vivimos sumergidos en un universo que no podemos controlar, que apenas entendemos y en el que no sabemos por qué estamos. Y vemos que no es posible dominar lo que sucede a nuestro alrededor y ni aun a nosotros mismos. «No hay hombre que tenga potestad sobre el espíritu ni potestad sobre el día de la muerte» «Eclesiastés 8: 8».

¿Quién puede medir la felicidad de nadie? «Porque el hombre tampoco conoce su tiempo» (Eclesiastés 9:12). Cuando la confianza acompaña a la adversidad, podemos decir: «Brillará de nuevo el lucero de la mañana sobre esta oscuridad y negrura que me envuelve ahora. El día ya despunta, y la aurora ya se anuncia. Solamente esperar».
Y te invade la paz y la seguridad más pura y sublime aun caminando en la noche oscura del alma y entre la horrísona tempestad de los aconteceres adversos. Sólo la fe ilumina con luz cierta y permanece inmutable como don divino que es. Que se haga como Dios dispone. Esto es lo bueno, lo que consuela, y ahí está la grandeza de la fe.

En cambio, ¡Ay! del que escupe con rencor irreverente ¿Porqué a mí? Si es creyente ya lo sabe y no tiene por qué preguntar ni rebelarse. El Señor así lo ha dispuesto; basta con eso. Sí no lo es, no tiene derecho a culpar (porque es un contrasentido) a alguien del cual dice que no existe, y por lo tanto entréguese al «hado fatal» y viva si quiere continuamente en la oscuridad. Nosotros los cristianos no vivimos así. Alabemos a Dios que nos provee de otra vida tan distinta.

martes, 14 de junio de 2011

MISERIA Y GRANDEZA HUMANA

 

Una anécdota que viene al caso del escrito de hoy. Durante la ocupación de Filipinas por el ejército imperial japonés en 1942, el general Homma, típico militar japonés de aquellos tiempos, usó de la aplicación de la pena de muerte con saña e indiferencia.

Nunca pensó que un decreto como los que firmaba con tanta tranquilidad pudiera afectarle a él. Formaba parte del generalato de un ejército potente y vencedor, y se creía un semidiós. Su palabra conservaba o quitaba vidas.

Ya vencido, hecho prisionero, y horas antes de ser ahorcado, escribía a su mujer una conmovedora carta en la que destacaba la siguiente frase: «Nunca creí que las palabras pena de muerte y morir fusilado tuvieran que ver algo con mi propia vida, pero ahora son una realidad ante mis ojos»

Sus ejércitos, su valor y capacidad militar, «su suerte» como guerrero, le fallaron. Fue ejecutado y su cadáver expuesto junto a otros como él, en la impotencia y deshonor más humillante para un oficial japonés.

Nada dependió de lo que él pudo hacer con lo mucho que hizo, por más que en su momento él lo pensara así. La máquina de la guerra y la política lo manejó y trituró con su fuerza incontenible.

El se creía protagonista importante y sólo fue un peón más del tablero gigante y un engranaje más de la infernal maquinaria guerrera, impasible e implacable. En estos hechos debemos meditar los creyentes. No como los incrédulos ignorantes, que sólo al final de su carrera se dan cuenta de la futilidad de sus vidas.

Aquellos hombres no eran tan importantes como creían. Fuera de sus honores y medallas y de su mando arrogante, sólo eran marionetas de una fuerza que los movía a su implacable conveniencia o a su reservado destino. Ellos también recibían órdenes tal como un soldado cualquiera.

El cristiano sabe que forma parte de un universo que es regido por las leyes de un poder personal, grande y maravilloso, que utiliza con amor y sabiduría cada átomo que existe. Nada de azar, nada de casualidad. Todo previsto, ordenado, y realizado a la perfección sin el más mínimo fallo. Nada escapa a la vista del que creó el ojo, a la atención del que hizo el oído, y a la mente del que es la inteligencia creadora (Salmo 94:9).

Conscientes de esto, caminamos tranquilos en la continua alegría de saber en qué participamos y qué fin tenemos ante nuestra visión de fe. Nada de «tedium vitae», nada de «náusea», nada de fatalismo. Luchamos y bregamos en la vida con nuestras limitaciones, y también con nuestra paz.

No escatimamos esfuerzos, pues la incertidumbre no nos paraliza, ni nos atribula la expectación de los resultados. Sabemos de dónde venimos, el camino, y a quién vamos. Conocemos al regidor y director de todo, y no hay derrumbes ni aun en medio de las caídas, los tropiezos, y los desfallecimientos.

De los que son de Dios, nadie queda atrás. Todos y cada uno son recogidos del calor del desierto de las pasiones o del frío polar de los desencantos o desilusiones. Creemos en las palabras de Jesús: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre» (Juan 10:27-29).

Dios nos hace invulnerables e invencibles, y estando en Él, no hay punto débil por donde podamos ser derribados. Cada portillo que nosotros dejemos abierto a causa de nuestra debilidad, será más fuertemente taponado y reforzado por el que es la potencia absoluta.Esa es nuestra absoluta seguridad. Si estás flaqueando buen hermano, afiánzate en la fe y deja de llevar la vida sobre tus hombos. Déjale a Dios, que los tiene inmensos.


lunes, 13 de junio de 2011

AGOBIO Y SUFRIMIENTO


Los intentos y falacias engañosas que tratan de explicar lo inexplicable son vanos y hasta tienen que reconocer que más allá de sus elucubraciones y ciencia de vista corta, hay una mano potente que hace y un ojo al que nada escapa. Como dice el salmista: «Aun las tinieblas no encubren de ti; y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz» (Salmo 139:12).

Es un poder personal que determina, ordena y realiza con perfecta exactitud el devenir y la existencia no sólo de cada hombre, sino de todo el universo. Tenemos que aceptar, (y por otra parte no queda otra alternativa), que no somos nada por nosotros mismos. Que nuestra fortuna o desgracia no depende de nuestro ingenio o de un adecuado aprovechamiento de circunstancias favorables que busquemos o se nos ofrezcan fortuitamente.

La mejor decisión que nos parezca que hemos tomado es, quizás, la que nos arruina; aquellas palabras torpes que trasmitimos a alguien en determinada ocasión, y de la cual ni siquiera nos acordamos hoy, resultó ser el agente impactante para el comienzo de la conversión de aquel hermano, que tal vez tampoco se acuerda de ellas.

Una vez, un predicador cristiano me dijo: Mira, hermano, las amonestaciones de las que muchas veces me arrepentí por considerarlas sosas o de poca o demasiada garra, han sido las que mejor aprovechamiento espiritual han producido.

De discursos impresionantes que yo juzgaba inspiradísimos y que a mí mismo me sorprendían, no se acuerda nadie, o por lo menos nadie me los ha recordado. En mi experiencia estoy convencido de que es Dios el que evangeliza como quiere y nosotros somos “siervos inútiles”.
Grande y reconocida verdad.

Se trata de vivir colgados de la voluntad de Dios y no como el rico insensato (Lucas 12:20, 21). ¡Tantos años de vida y gozo se prometía a sí mismo y aquella misma noche murió! ¡Qué poco pudo controlar su porvenir! Había un poder que sí podía, y lo hizo.

Hay pues una frontera fuera de nuestro alcance, inconmovible y controlada desde el «otro lado», y esta frontera no la podemos traspasar. El fracaso, la enfermedad, el temor, las torpezas, la hipersensibilidad, el abatimiento, etc.

¡Hay tanto en nosotros que como poderoso río nos lleva por donde quiere en su discurrir, sin que el hombre conozca su curso ni su fin! Somos un manojo de prejuicios y pasiones que sin control por nuestra parte nos llevan a la desintegración y a la infelicidad.

De ahí los estados de desesperada impotencia, levantando los puños contra el Cielo. ¿Para qué? ¿Para que, como dice el saber popular: «Al que escupe  hacia el Cielo en su cara le cae», y para que la desesperación sea incurable y la desdicha perenne? Arrebatos, agitación constante por todo lo que el hombre soporta sin él pretenderlo, y lo que pretende sin poderlo conseguir.

Es la ley de la vida, la ley de la muerte, la ley de la enfermedad, de las calamidades. ¡Hasta de las efímeras alegrías del vivir!. ¿Qué le podemos hacer nosotros? Todo está determinado y se hace con tu consentimiento o sin él. Sólo el cristiano conoce por la fe, que él forma parte activa e importante de un vasto plan que para los ojos del pagano es el «tinglado de la antigua farsa», tan antigua como farsa (Los intereses creados, J. BENAVENTE).

Para el cristiano es la realización del proyecto de Dios del que forma parte y en el que es usado de forma casi siempre desconocida para el mismo, eficaz en su conjunto y fin, que es la gloria de Dios y el premio de vida eterna y de servicio gozoso y glorioso.

domingo, 12 de junio de 2011

HECHO ESTÁ



Hay, pues, un abismo entre nuestro deseo y la realidad, y nos acosan a cada paso situaciones límite e insuperables que escapan totalmente de nuestra capacidad de modificarlas. No admiten alteración por parte nuestra. Devienen solas y. como decía el rabino Eleazar, «todo está determinado, conocido anticipadamente, perfectamente ordenado y consumado» El Nuevo Testamento lo dice claro: Hecho está (Apocalipsis 21:6).

Mi vida y mis circunstancias no me fueron  consultadas, ni se me dio opción alguna a cosa distinta. Entramos en la vida sin saber cómo, y salimos de igual manera. En Dios vivimos y nos movemos y somos (Hechos 17:28). «Yo soy yo, y mi circunstancia», decía Ortega y Gasset. Ni uno ni otra son controlables. Ni nos auto creamos, ni nos dirigimos a nosotros mismos, pues somos impelidos por fuerzas insuperables y misteriosas que nos desbordan por todas partes.

No hemos elegido nuestra vida ni la época en que vivimos, ni nuestra cuna ni nuestros padres, ni nuestro país, etc. Moriremos cuando esté previsto y nuestras acciones y las consecuencias de ellas ya están determinadas y conocidas de antemano. No hay nada que podamos modificar por nuestros propios medios. Hagamos lo que hagamos, al final resultará que era exactamente lo que estaba predeterminado por el Creador.

No elegimos nada. Aun cuando en pequeñas cosas creamos que decidimos, si observamos atentamente comprobaremos que elegimos movidos por un prejuicio, una pasión, una costumbre, etc. Y cuando intentamos elegir en asuntos cruciales para nuestra vida, nos encontramos con que es altamente probable que no lo consigamos.

De ahí los estados de ánimo lastrados por la continua frustración, y ni somos felices ni sabemos cómo liberarnos del agobio del entorno en que vivimos, ni de las ansias que se agitan en nuestro interior. Nos encontramos presos en nosotros mismos y sumergidos en el turbulento transcurrir de los eventos que nunca podemos controlar; suceden por sí mismos.

Ni siquiera sabemos si somos amados u odiados, ni de quién, ni cuál es el bien del hombre (Eclesiastés 6:10-12). Todo está en manos de Dios y alabado sea porque es así. Todo lo pasado ya no vuelve atrás. Ya sucedió, es irreversible y está ya consumado. Es, pues, inamovible. No se puede «rebobinar» para hacer volver el tiempo para atrás y modificarlo. Ni parar el momento actual. El pasado ha quedado fijado en el tiempo irremisiblemente. Ya no es. Nada pues, podemos hacer, y es locura agitarse y torturarse, por hechos que por el tiempo se diluyeron.

También es locura rebelarse contra lo que creamos que será nuestro futuro. El presente es también fugaz y huye, queramos o no. Hay infinidad de explicaciones y de deducciones, que se dan alegremente en relación con estos hechos de la irreversibilidad y el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios sobre todo lo que ha sucedido, sucede y sucederá.

Existen toda clase de explicaciones antropológicas, sociológicas y hasta astrológicas, y todas contienen elementos que de algún modo tratan de explicar los sucesos, siendo sólo un «rebuzno» sobre los misterios de la vida y la creación. Son explicaciones enigmáticas que se quedan siempre en la superficie de las cosas, hasta donde alcanza el saber humano, tan contradictorio y aleatorio. Pero no se inyectan ni penetran en la médula de la realidad profunda.

EL MURO DE LA REALIDAD


Existe una pared infranqueable, que separa al hombre y su pensamiento del propósito de Dios. Lo que podemos saber ya está revelado, pero el devenir de nuestras vidas, es un arcano que nadie puede desvelar. Todo esfuerzo en esa dirección es vano y casi siempre materia de mercadería. El temor, la angustia y la tristeza hacen que el hombre pagano caiga en la red de toda clase de supersticiones, y sea víctima de supercherías y engaños. Y curiosamente él lo quiere así.


Otros mucho más inteligentes, aunque igualmente inermes espiritualmente, echan mano desesperadamente del determinismo ciego o de la fatalidad. El azar, dicen, gobierna el universo. Es decir, el desorden y el caos traen por sí solos el orden y la coherencia. ¡Peregrina idea! Solo hay que abrir una humilde naranja y comprobar que bien está dispuesta para ofrecernos zumo en conserva natural.


¡Que bobadas se nos ocurren! Y es por eso que dice la Escritura Santa: ¿Quién es ése que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría?  Ahora cíñete como varón: yo te preguntaré, y tú me contestarás. ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber si tienes inteligencia. ¿Quién ordenó sus medidas, si es que lo sabes? (Job 38:2-5)


La necesidad, -decía Monod-, concreta el «gobierno» del mundo. Es pues una “inteligencia”, que convierte al azar en un «dios» al fin y al cabo. Es el «che sera, sera» italiano. Es decir, hagas lo que hagas, «lo que ha de ser será»

Fatalismo irreal, porque en la práctica cada uno hace por y para sí mismo todo lo que puede. Es pues, un sofisma envenenado. ¡Qué gran descubrimiento, al final de años y años de reflexión por parte de un afamado filósofo! Al final, éste fue el resultado tan «brillante» que obtuvo.


O aquello del holandés errante. «El dedo implacable sigue y sigue escribiendo; detenerlo no podrás, con tu piedad o tu ingenio, y a borrar no alcanzarás ni una coma, ni un acento». El dedo implacable, la fatalidad, el azar... ¡Qué más da! Si no quieren aceptar a Dios, cualquier cosa les vale.

Éstos son los argumentos de cualquier pagano. ¡No hay Dios, por la única razón de que a mí, simplemente, no me cabe en la cabeza! Dios tiene que caber en la cabeza de cualquier criaturilla, y si no es así es que no existe. ¡Qué arrogancia y qué miseria de pensamiento! Eso es prejuicio y no reflexión. Y sin embargo, son ellos los que se arrogan la inteligencia «razonable».


Dicen los incrédulos y filosofastros: «¡Éste mío, es un punto de vista como cualquier otro!». Bien; si es como cualquier otro es tan verdad como todos, o tan mentira. Por eso, en la práctica, estos «librepensadores», que no son ni pensadores ni libres, se entregan y creen a lo que hay, y a lo que no hay que creer. Dicen que son tolerantes, y este sofisma lo ponen de moda añadiendo que los creyentes son los intolerantes. Claro está, confunden ciencia y fe.


Pero, ¿qué no confunden estos filósofos? Por lo visto ellos solos son la inteligencia y la verdad; al menos eso dicen. Por el contrario, el rabino Eleazar-Ha-Qappar dijo: «Los nacidos están destinados a morir, los muertos a resucitar, y los resucitados a ser juzgados». «¡Dense todos por bien enterados!: Él es Dios, Él es el Creador, El es observador, El es el juez, Él es el testigo y El es el acusador! El habrá de juzgar un día. Loado sea Él, ante el cual no hay injusticia ni soborno, ya que todo le pertenece.»


«Sabe todo y todo lo tiene calculado; y no te tranquilice la idea de que la fosa será tu refugio, puesto que sin contar con tu voluntad fuiste creado, contra tu voluntad vives, contra tu voluntad morirás, y contra tu voluntad tendrás que dar cuenta un día ante el Rey de reyes, el Santo; alabado sea Él».


No hay en esas expresivas palabras nada de fatalidad negativa. El rabino, solo hace relación de los distintos pasos del hombre, desde el nacimiento a la muerte. Llega elegante y directamente a la conclusión exacta. Y no tiene que hacer tantos ajustes fiosóficos, sino que su experiencia y la de sus antecesores en la fe en Dios, le garantizan la verdad de lo que afirma. La fe, es la mejor maestra.


sábado, 11 de junio de 2011




Protestamos. ¿Yo contra Dios? ¡Ni pensarlo! ¿Cómo puede usted decir tal cosa? Es cierto; aunque nos neguemos interiormente, estamos altercando contra Dios (Éxodo 17:2). Con nuestras posturas negativas y de rechazo estamos (sin darnos cuenta tal vez), altercando contra Dios. Decimos: ¡Sea lo que Dios quiera... siempre que sea lo que a mí me agrade o me parezca que me conviene!

El Padre actúa en estas ocasiones en controversia con nosotros, a causa de nuestras dudas con que ponemos en entredicho su amante providencia, que no aceptamos, que rechazamos y de la cual le atribuimos la culpabilidad, y no tan buena intención como pretendemos creer aceptar. Dios pleitea y alterca con su pueblo por amor a él, y a causa de la incredulidad y la consiguiente falta de confianza en Él.

Castiga, sí, pero no destruye. Como el rey que ante una rebelión o mal comportamiento de uno o varios de sus súbditos ordena prisión, y para su hijo provee corrección y castigo mesurado y conveniente. Su hijo heredará el trono y por ello lo disciplina y prepara para él. No lo destruye; lo humilla ahora en la prueba y en la obediencia, y lo exaltará a su mismo trono en su día. Entretanto no llega ese día, requiere de su hijo heredero sumisión y aprendizaje junto a él.

En este nivel de pensamiento conocemos que permaneciendo al lado de Dios, podemos detectar y dominar toda decepción, toda beligerancia, todo rechazo a su justo gobierno y desterrar de nosotros la agresividad. No poseemos el don perfecto de la impasibilidad, pues humanos somos y nos movemos continuamente en un mare mágnum de estímulos, agresiones, etc.

Si nos volvemos al Padre, parándonos en el fragor de la vida cotidiana, si reflexionamos apartándonos con la mayor frecuencia posible de este torbellino mundanal, hallaremos la paz en el Espíritu al que ya dejamos interpelarnos y dirigirnos.

De otra manera existe siempre una agresividad que sentimos realmente y a la que, al no paramos ante el misterio de Dios, no podemos racionalizar ni definir. Es una tormenta de vientos emocionales contrapuestos, un malestar, un ansia y una frustración sin saber exactamente por qué.

No podemos orar eficazmente cuando nos sentimos agraviados o irritados. Clamamos desesperadamente en la angustia, pero no podemos ni sabemos orar con la mente y el corazón confusos y perturbados. Dios es un Dios de orden y de paz. Sin estas condiciones, no podemos llegarnos a la fuente de la paz que tanto necesitamos.

Se requiere, pues, sosiego y tregua en esa batalla continua. Moderar, y darse descanso en ese estado de angustia y miedo irracional, que tantas veces nos sumerge en un huracán emocional que es, en ocasiones, peor que la misma muerte. Hasta que no llegue el sosiego por la fe, no puede haber oración eficaz. Nuestro pensamiento vuela por otros derroteros, y nuestro corazón palpita alocado y sufriente.

Es por ello, que tenemos necesidad urgente y ansiosa de pacificación y reconciliación, con la obra y la voluntad de Dios. Ahí empezamos la buena senda que lleva a la paz tan ansiada. Por la misma senda por donde pasaron todos los grandes hombres de Dios. Senda dura, y hasta oscura para los elegidos, pero de un final brillante y maravilloso.

Reconciliación; primero con Dios y su misteriosa operación, y como consecuencia natural con nosotros mismos y con el prójimo. Si hay verdaderamente comunión con Dios ya no querremos descender a las locuras mundanales, y falsas sabidurías, que tanto pavor y titubeos nos producen en nuestra marcha cristiana. Todo eso nos parece despreciable y vil, ya que comparado con la gloria eterna son solo minucias.

Cuando la transfiguración de Cristo, Pedro ya no tuvo deseos de volver al valle donde la vida cotidiana continuaba; ya no quiso tener contacto con el mundo, ante la experiencia gloriosa que pudo presenciar. Tan fuerte percibió el contraste entre la esfera celestial y la mundana que exclamó: «Bueno es quedarnos aquí» (Lucas 9:33).

Nosotros, pues, como Pedro tenemos nuestro sitio junto a Cristo en los lugares celestiales. Allí está nuestro lugar y gloria. Y ya todo nos parecerá inferior y despreciable, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio. (Hebreos 3:14; 4:14).