domingo, 12 de junio de 2011

HECHO ESTÁ



Hay, pues, un abismo entre nuestro deseo y la realidad, y nos acosan a cada paso situaciones límite e insuperables que escapan totalmente de nuestra capacidad de modificarlas. No admiten alteración por parte nuestra. Devienen solas y. como decía el rabino Eleazar, «todo está determinado, conocido anticipadamente, perfectamente ordenado y consumado» El Nuevo Testamento lo dice claro: Hecho está (Apocalipsis 21:6).

Mi vida y mis circunstancias no me fueron  consultadas, ni se me dio opción alguna a cosa distinta. Entramos en la vida sin saber cómo, y salimos de igual manera. En Dios vivimos y nos movemos y somos (Hechos 17:28). «Yo soy yo, y mi circunstancia», decía Ortega y Gasset. Ni uno ni otra son controlables. Ni nos auto creamos, ni nos dirigimos a nosotros mismos, pues somos impelidos por fuerzas insuperables y misteriosas que nos desbordan por todas partes.

No hemos elegido nuestra vida ni la época en que vivimos, ni nuestra cuna ni nuestros padres, ni nuestro país, etc. Moriremos cuando esté previsto y nuestras acciones y las consecuencias de ellas ya están determinadas y conocidas de antemano. No hay nada que podamos modificar por nuestros propios medios. Hagamos lo que hagamos, al final resultará que era exactamente lo que estaba predeterminado por el Creador.

No elegimos nada. Aun cuando en pequeñas cosas creamos que decidimos, si observamos atentamente comprobaremos que elegimos movidos por un prejuicio, una pasión, una costumbre, etc. Y cuando intentamos elegir en asuntos cruciales para nuestra vida, nos encontramos con que es altamente probable que no lo consigamos.

De ahí los estados de ánimo lastrados por la continua frustración, y ni somos felices ni sabemos cómo liberarnos del agobio del entorno en que vivimos, ni de las ansias que se agitan en nuestro interior. Nos encontramos presos en nosotros mismos y sumergidos en el turbulento transcurrir de los eventos que nunca podemos controlar; suceden por sí mismos.

Ni siquiera sabemos si somos amados u odiados, ni de quién, ni cuál es el bien del hombre (Eclesiastés 6:10-12). Todo está en manos de Dios y alabado sea porque es así. Todo lo pasado ya no vuelve atrás. Ya sucedió, es irreversible y está ya consumado. Es, pues, inamovible. No se puede «rebobinar» para hacer volver el tiempo para atrás y modificarlo. Ni parar el momento actual. El pasado ha quedado fijado en el tiempo irremisiblemente. Ya no es. Nada pues, podemos hacer, y es locura agitarse y torturarse, por hechos que por el tiempo se diluyeron.

También es locura rebelarse contra lo que creamos que será nuestro futuro. El presente es también fugaz y huye, queramos o no. Hay infinidad de explicaciones y de deducciones, que se dan alegremente en relación con estos hechos de la irreversibilidad y el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios sobre todo lo que ha sucedido, sucede y sucederá.

Existen toda clase de explicaciones antropológicas, sociológicas y hasta astrológicas, y todas contienen elementos que de algún modo tratan de explicar los sucesos, siendo sólo un «rebuzno» sobre los misterios de la vida y la creación. Son explicaciones enigmáticas que se quedan siempre en la superficie de las cosas, hasta donde alcanza el saber humano, tan contradictorio y aleatorio. Pero no se inyectan ni penetran en la médula de la realidad profunda.

EL MURO DE LA REALIDAD


Existe una pared infranqueable, que separa al hombre y su pensamiento del propósito de Dios. Lo que podemos saber ya está revelado, pero el devenir de nuestras vidas, es un arcano que nadie puede desvelar. Todo esfuerzo en esa dirección es vano y casi siempre materia de mercadería. El temor, la angustia y la tristeza hacen que el hombre pagano caiga en la red de toda clase de supersticiones, y sea víctima de supercherías y engaños. Y curiosamente él lo quiere así.


Otros mucho más inteligentes, aunque igualmente inermes espiritualmente, echan mano desesperadamente del determinismo ciego o de la fatalidad. El azar, dicen, gobierna el universo. Es decir, el desorden y el caos traen por sí solos el orden y la coherencia. ¡Peregrina idea! Solo hay que abrir una humilde naranja y comprobar que bien está dispuesta para ofrecernos zumo en conserva natural.


¡Que bobadas se nos ocurren! Y es por eso que dice la Escritura Santa: ¿Quién es ése que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría?  Ahora cíñete como varón: yo te preguntaré, y tú me contestarás. ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber si tienes inteligencia. ¿Quién ordenó sus medidas, si es que lo sabes? (Job 38:2-5)


La necesidad, -decía Monod-, concreta el «gobierno» del mundo. Es pues una “inteligencia”, que convierte al azar en un «dios» al fin y al cabo. Es el «che sera, sera» italiano. Es decir, hagas lo que hagas, «lo que ha de ser será»

Fatalismo irreal, porque en la práctica cada uno hace por y para sí mismo todo lo que puede. Es pues, un sofisma envenenado. ¡Qué gran descubrimiento, al final de años y años de reflexión por parte de un afamado filósofo! Al final, éste fue el resultado tan «brillante» que obtuvo.


O aquello del holandés errante. «El dedo implacable sigue y sigue escribiendo; detenerlo no podrás, con tu piedad o tu ingenio, y a borrar no alcanzarás ni una coma, ni un acento». El dedo implacable, la fatalidad, el azar... ¡Qué más da! Si no quieren aceptar a Dios, cualquier cosa les vale.

Éstos son los argumentos de cualquier pagano. ¡No hay Dios, por la única razón de que a mí, simplemente, no me cabe en la cabeza! Dios tiene que caber en la cabeza de cualquier criaturilla, y si no es así es que no existe. ¡Qué arrogancia y qué miseria de pensamiento! Eso es prejuicio y no reflexión. Y sin embargo, son ellos los que se arrogan la inteligencia «razonable».


Dicen los incrédulos y filosofastros: «¡Éste mío, es un punto de vista como cualquier otro!». Bien; si es como cualquier otro es tan verdad como todos, o tan mentira. Por eso, en la práctica, estos «librepensadores», que no son ni pensadores ni libres, se entregan y creen a lo que hay, y a lo que no hay que creer. Dicen que son tolerantes, y este sofisma lo ponen de moda añadiendo que los creyentes son los intolerantes. Claro está, confunden ciencia y fe.


Pero, ¿qué no confunden estos filósofos? Por lo visto ellos solos son la inteligencia y la verdad; al menos eso dicen. Por el contrario, el rabino Eleazar-Ha-Qappar dijo: «Los nacidos están destinados a morir, los muertos a resucitar, y los resucitados a ser juzgados». «¡Dense todos por bien enterados!: Él es Dios, Él es el Creador, El es observador, El es el juez, Él es el testigo y El es el acusador! El habrá de juzgar un día. Loado sea Él, ante el cual no hay injusticia ni soborno, ya que todo le pertenece.»


«Sabe todo y todo lo tiene calculado; y no te tranquilice la idea de que la fosa será tu refugio, puesto que sin contar con tu voluntad fuiste creado, contra tu voluntad vives, contra tu voluntad morirás, y contra tu voluntad tendrás que dar cuenta un día ante el Rey de reyes, el Santo; alabado sea Él».


No hay en esas expresivas palabras nada de fatalidad negativa. El rabino, solo hace relación de los distintos pasos del hombre, desde el nacimiento a la muerte. Llega elegante y directamente a la conclusión exacta. Y no tiene que hacer tantos ajustes fiosóficos, sino que su experiencia y la de sus antecesores en la fe en Dios, le garantizan la verdad de lo que afirma. La fe, es la mejor maestra.


sábado, 11 de junio de 2011




Protestamos. ¿Yo contra Dios? ¡Ni pensarlo! ¿Cómo puede usted decir tal cosa? Es cierto; aunque nos neguemos interiormente, estamos altercando contra Dios (Éxodo 17:2). Con nuestras posturas negativas y de rechazo estamos (sin darnos cuenta tal vez), altercando contra Dios. Decimos: ¡Sea lo que Dios quiera... siempre que sea lo que a mí me agrade o me parezca que me conviene!

El Padre actúa en estas ocasiones en controversia con nosotros, a causa de nuestras dudas con que ponemos en entredicho su amante providencia, que no aceptamos, que rechazamos y de la cual le atribuimos la culpabilidad, y no tan buena intención como pretendemos creer aceptar. Dios pleitea y alterca con su pueblo por amor a él, y a causa de la incredulidad y la consiguiente falta de confianza en Él.

Castiga, sí, pero no destruye. Como el rey que ante una rebelión o mal comportamiento de uno o varios de sus súbditos ordena prisión, y para su hijo provee corrección y castigo mesurado y conveniente. Su hijo heredará el trono y por ello lo disciplina y prepara para él. No lo destruye; lo humilla ahora en la prueba y en la obediencia, y lo exaltará a su mismo trono en su día. Entretanto no llega ese día, requiere de su hijo heredero sumisión y aprendizaje junto a él.

En este nivel de pensamiento conocemos que permaneciendo al lado de Dios, podemos detectar y dominar toda decepción, toda beligerancia, todo rechazo a su justo gobierno y desterrar de nosotros la agresividad. No poseemos el don perfecto de la impasibilidad, pues humanos somos y nos movemos continuamente en un mare mágnum de estímulos, agresiones, etc.

Si nos volvemos al Padre, parándonos en el fragor de la vida cotidiana, si reflexionamos apartándonos con la mayor frecuencia posible de este torbellino mundanal, hallaremos la paz en el Espíritu al que ya dejamos interpelarnos y dirigirnos.

De otra manera existe siempre una agresividad que sentimos realmente y a la que, al no paramos ante el misterio de Dios, no podemos racionalizar ni definir. Es una tormenta de vientos emocionales contrapuestos, un malestar, un ansia y una frustración sin saber exactamente por qué.

No podemos orar eficazmente cuando nos sentimos agraviados o irritados. Clamamos desesperadamente en la angustia, pero no podemos ni sabemos orar con la mente y el corazón confusos y perturbados. Dios es un Dios de orden y de paz. Sin estas condiciones, no podemos llegarnos a la fuente de la paz que tanto necesitamos.

Se requiere, pues, sosiego y tregua en esa batalla continua. Moderar, y darse descanso en ese estado de angustia y miedo irracional, que tantas veces nos sumerge en un huracán emocional que es, en ocasiones, peor que la misma muerte. Hasta que no llegue el sosiego por la fe, no puede haber oración eficaz. Nuestro pensamiento vuela por otros derroteros, y nuestro corazón palpita alocado y sufriente.

Es por ello, que tenemos necesidad urgente y ansiosa de pacificación y reconciliación, con la obra y la voluntad de Dios. Ahí empezamos la buena senda que lleva a la paz tan ansiada. Por la misma senda por donde pasaron todos los grandes hombres de Dios. Senda dura, y hasta oscura para los elegidos, pero de un final brillante y maravilloso.

Reconciliación; primero con Dios y su misteriosa operación, y como consecuencia natural con nosotros mismos y con el prójimo. Si hay verdaderamente comunión con Dios ya no querremos descender a las locuras mundanales, y falsas sabidurías, que tanto pavor y titubeos nos producen en nuestra marcha cristiana. Todo eso nos parece despreciable y vil, ya que comparado con la gloria eterna son solo minucias.

Cuando la transfiguración de Cristo, Pedro ya no tuvo deseos de volver al valle donde la vida cotidiana continuaba; ya no quiso tener contacto con el mundo, ante la experiencia gloriosa que pudo presenciar. Tan fuerte percibió el contraste entre la esfera celestial y la mundana que exclamó: «Bueno es quedarnos aquí» (Lucas 9:33).

Nosotros, pues, como Pedro tenemos nuestro sitio junto a Cristo en los lugares celestiales. Allí está nuestro lugar y gloria. Y ya todo nos parecerá inferior y despreciable, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio. (Hebreos 3:14; 4:14).

viernes, 10 de junio de 2011


Hay un lugar común que se da en un porcentaje alto de cristianos. Todos los creyentes, tan pronto como desconfiamos de Dios en cualquier circunstancia, nos colocamos a nosotros mismos bajo nuestra propia protección, y consecuentemente somos presos del pánico. Si desconfiamos del poder absoluto, ¿cómo vamos a tener seguridad en lo falible y débil?

Enfrentarnos con lo que consideramos un poder superior, cuando hemos desistido de estar bajo el supremo poder. Apearnos del poder de Dios y situamos a nosotros mismos, ante fuerzas que siempre nos superan. ¿Somos tan necios?

Si los cristianos nos fiamos de Dios de todo corazón, y hacemos depender nuestros recursos materiales y mentales de su voluntad, en seguida comprobaremos cómo la paz nos llena, sabiendo que nuestro Padre celestial no nos aflige sin razón o por crueldad. Su propia fidelidad a sus promesas, hace que como a hijos amados nos pruebe y acrisole en el yunque de la prueba.

Nos riñe paternalmente con severidad cuando nos dice: ¿A mí no me temeréis? ¿Quién eres tú para que tengas temor del hombre que es mortal...? (Isaías 51:12). ¿Cómo nos atrevemos a desasirnos de la protección de Dios y temer al hombre? ¿Quiénes creemos que somos para llevar la guerra por nuestras fuerzas que son ningunas?

Por eso Dios insiste: yo reprendo y castigo a los que amo, y a los duros y rebeldes que no se quieren someter a beber el cáliz de su ira les dice: «tenéis que beber» (Jeremías 25:28). Nadie puede resistir a Dios. El no se complace en los sufrimientos de sus hijos, como no lo hizo en los padecimientos de su amado hijo Jesucristo.

Aquellos padecimientos eran necesarios, y así hubieron de cumplirse. Los nuestros, aún no comprendidos por nosotros, son igualmente convenientes para el plan de Dios. ¿De qué forma? Tal vez alguien podrá explicarlos uno por uno, pero ¿para qué? Si sabemos confiar, ya sabemos lo que nos basta.

Como Cristo hombre aceptó con gozo sus tribulaciones, y porque hacía la voluntad de su Padre superó el horror de sus padecimientos, así también nosotros podemos hacerlo por su mismo poder. No hemos, pues, de temer nada (Apocalipsis 2:10). La prueba nos acerca más a Dios y en esto se muestra también su amor. El no destruye. Corrige y sana.

El cristiano conoce bien lo que significa en su experiencia y en sus pruebas, el inalterable amor de Dios cuando nos trata como al rebelde Israel, afligiéndoles y probándoles para al final hacerles bien (Deuteronomio 8:16). Y no somos nosotros rebeldes en más de una ocasión aunque no lo reconozcamos cuando estamos en angustia?

Esta conformidad del cristiano, esta sumisión leal y real, este abandono de toda actitud opositora a la voluntad de Dios trae la paz más preciosa. Echa fuera de nosotros toda inquietud, toda incertidumbre. El que teme a Dios no tiene porqué temer nada más. Ningún acontecimiento, ninguna aflicción, ninguna eventualidad imprevista y dolorosa podrá derrumbarle. Con la invencible fuerza de Dios, nada le desconcertará ni le desmoronará.

Tú harás de tu parte, con toda diligencia y con toda tranquilidad lo que está a tu alcance; el resto queda en manos de Dios, que proporcionará los convenientes resultados. Eso ya es cosa suya. Tú da gracias por ser parte importante de su obra, y esto en vez de ansiedad te proporcionará la más genuina alegría. La pelota, por emplear este símil, queda ya en el tejado de Dios y Él sabe de sobra qué hacer. Tú ya puedes descansar, pues sea lo que sea Dios lo dispone bien. De ello podemos estar segurísimos.

En esta posición de confianza, nos percatamos claramente del estado de confusión y beligerancia que existe latente o activo en cada corazón humano. En la reflexión pertinente, nos damos cuenta de ese estado de controversia interior continuada en forma de rencores (a veces pánico), y resentimientos contra los demás y más lamentable aún, contra nosotros mismos. Y como consecuencia, altercamos de forma insistente contra Dios.

jueves, 9 de junio de 2011

GANAR MÁS, CONSUMIR MÁS


No podemos negar, que a lo largo de la historia hay y ha habido siempre, ambición, injusticia, despojo, afán de lujo, de riquezas y derroche de bienes y miseria de muchos. Siempre ha habido ricos en hartazgo, y pobres que apenas podían comer de las migajas que caían de las mesas de estos.

Pero es en la época actual cuando contemplamos esta situación de una forma tan descarada, agresiva y aplaudida. Está de moda, y es lugar común en coloquios y en libros que escriben hombres con pátina de sabios, decir que el calvinismo, o mejor, la Reforma Protestante es la causa del capitalismo actual tan egoísta y desenfrenado.

El descuido, la ignorancia, el prejuicio, y la mala y tendenciosa «información» siguen sin cesar machacando insistentemente a las masas, ignorando que fue un ministro católico de Francia el que decía a los burgueses «¡Enriqueceos!» (para poder meter más gente en las elecciones que siempre eran cosa de los aristócratas) Pero es más fácil y popular acusar a la Reforma que ya está también desmembrada y profanada.

Cuando Lutero se empeñó en que todos aprendiesen a leer (incluso las niñas), a estudiar las Escrituras, y todos los reformadores llamaron a los fieles a un trabajo serio y bien hecho, a la sobriedad, a la inventiva y a la solidaridad, de forma natural implantaron una cultura de gran bienestar correctamente enfocada y (no lo olvidemos), perfectamente ecológica y también para las mujeres.

Es lógico que un hombre instruido, que instruye a su familia y es ejemplo de su entorno, que no es jugador ni pendenciero, ni borracho ni imprudente, tiene, normalmente que prosperar en lo económico y que gozar, excepto imponderables, de buena salud corporal y limpieza tanto física como espiritual.

Esto provoca la envidia y ha sido durante siglos, para los envidiosos motivo de aversión contra ellos. Constituía una excusa la religión para, por este motivo, lanzarse al saqueo de lo que tan diligentemente había sido construido, (no acumulado como a menudo se oye decir) por los diligentes y sobrios protestantes de los antiguos tiempos.

Ahora ya todo está contaminado y trastornado. El liberalismo espiritual y la inmoralidad, se ocupan de ello. Dios no es tenido en cuenta como antes, y no queda defensa contra esta violenta corriente de pensamiento y acción destructiva.

Hace años, el médico, el artesano, el obrero de cualquier gremio, se contentaban con ser lo que eran: estaban orgullosos de su trabajo y procuraban ejecutarlo a la perfección. Su pan diario y la satisfacción de un trabajo bien hecho les llenaban de complacencia y eran más que suficientes para su equilibrio y su conformidad personal, así como para el disfrute pleno de su identidad. Había aprecio mutuo, y esto era algo grande y gratificante. Se sentían, como hoy se dice, plenamente realizados.

Pero hoy más que nunca se habla de dinero. Negociar, comprar, vender y prosperar legítimamente es correcto. Poner en marcha ordenadamente nuestras capacidades y vocaciones es bueno y, bien hecho, es fuente de progreso y prosperidad para todos. Es útil para la sociedad toda y proporciona bienestar individual y social.

         Ser guardoso sin afán, es prudente. Se puede hacer mucho bien con la riqueza bien empleada, administrada y compartida. Lo que no es normal, y sí corriente, es que el poder maligno que se esconde detrás del dinero, sea el que prevalezca y dé un carácter totalmente incorrecto y perverso a su uso natural y conveniente

martes, 7 de junio de 2011

MÁS SOBRE MIEDO Y SUPERSTICIONES


Cuentan del mítico “Preste Juan” despojado por Temujín, (Gengis Khan) el conquistador mongol, que fue visitado por éste en la cueva donde tenía su único refugio. « ¿Qué quieres de mí? Me has quitado mi reino, mi familia, mis riquezas, y mis hijos. Sólo tengo ya esta cueva. ¿Qué más quieres de mí?», dijo el tan injustamente oprimido. El Khan poderoso, bajó los ojos y dijo lastimeramente: « ¡Quiero tu paz!»

Un ejemplo legendario de que el miedo no es algo que se domina fácilmente, ni aun por los más poderosos. El Khan le pudo arrebatar al Preste Juan todo cuanto tenía, pero no pudo arrebatarle la paz, y continuó toda la vida de conquista en conquista, más que para su propia gloria para olvidarse de su miedo. (PELLIOT).

El miedo es ineludible; los buenos psiquiatras, espiritualistas, científicos, y otros tantos, se esfuerzan en suprimir el miedo de sus pacientes, y no pueden suprimirlo de sus propias personas. Por supuesto no queremos restar mérito a su trabajo (no es el objeto de este escrito) porque, aun sin poder ni ciencia para suprimirlo, sí reducen con sus sugestiones y medicina, las manifestaciones interiores y reprimen algo las exteriores. Pero nada de eliminarlo del todo. Buena labor sí, pero incompleta y deficiente.

Real o imaginario, objetivo o fantasmal, el miedo nos acecha a cada paso de nuestra vida. Los supersticiosos son miedosos. Los que acuden a los «santones» que pululan junto con los médium, famosos de la cartomancia, y devotos fetichistas, por nombrar algunos, son miedosos. Y aun la persona más normal y equilibrada, según la apreciación del mundo, esconde abundante miedo dentro de sí. De ahí, la floreciente amalgama de supersticiones que en todos los tiempos han existido y existen. Todo a causa del miedo.

Recuerdo a un amigo que me invitó a acompañarle en su magnífico automóvil, a un viaje de relaciones públicas. Tenía un aspecto tan seguro, un optimismo y una desenvoltura tales, que sentí como Asaf, que casi se deslizaron mis pies. «Por poco resbalaron mis pasos. Porque sentí envidia de su arrogante y próspera impiedad. Fue duro trabajo para mí» (Salmo 73).

Cuando por fin conseguimos descansar un poco de tiempo, con la calma y confianza de compañeros de viaje, en el interior de su flamante automóvil en situación de cambiar confidencias, ocurrió algo inesperado para mí. Súbitamente se desarmaron sus resortes de autocontrol y, conociendo mi condición de cristiano, comenzó a decirme: ¡Ah, si yo te contara! Y ante mi perplejidad desgranó una serie de problemas, conflictos, temores, y desgracias totalmente impensables para mí unos minutos antes.

Hasta entonces, yo había permanecido atónito ante su anterior comportamiento y auto-confianza. Le escuché más de dos horas, y de haber sido posible hubiera estado hablándome más tiempo aún. Yo permanecía mudo, anonadado y confundido. Al final transpirábamos los dos y si yo estaba pálido, él tenía el rostro desencajado y respiraba con dificultad. Había lágrimas en sus ojos; no sé qué aspecto presentaría yo.

No podía pensar. Tal era el torbellino de emociones que me trasmitió. Por un momento salió del automóvil para visitar a un cliente y yo, que no quise acompañarle, me quedé en el interior. «¡Dios mío!», sólo acerté a decir, conmovido y afectadísimo por tanta desgracia. Si yo tuviese la décima parte de los problemas que este hombre arrastra, ya me habría muerto varias veces.

No era cierto; podemos resistir mucho, pero en aquel momento no fui capaz de elaborar otra clase de pensamiento. Sólo a su regreso, cuando le vi venir con su característica desenvoltura, dije para mí: «A su lado soy insignificante; todo en él parece triunfo». «Pero en cuanto a mí el acercarme a Dios es el bien» (Salmo 73:28).

Todo en este hombre era fachada de triunfo y realidad doliente y desesperada. Yo, mínimo ante él, daba gracias a Dios por echarse sobre sus fuertes hombros, mis dolencias y mis preocupaciones. Y es que confiar en Dios es la mejor medicina y la señal de buena salud.


lunes, 6 de junio de 2011

CON TODO RESPETO Pero discrepo


Un llamado teólogo que quiere vender un libro sobre religión, y parece saber más sobre Dios que el mismo Jesús, dice cosas que son, si no disparatadas, claramente fantasías, como las leídas en alguna publicación en medio de una buena cantidad de cosas positivas y admirables. La principal misión de la Iglesia, no es como dicen los tales, de los que discrepo con todo respeto. Destaca Religión Digital: "La clave es que el cristianismo no se convierta en gueto" Sic.

Siento afirmar desde mi pequeñez, que la Iglesia solo tiene que proclamar y marchar tras Jesucristo su fundador. Lo que ocurra ya es cuestión de quien es la cabeza de ella, y Él sabe lo que tiene que ser. Es cierto que desde la flacidez de la fe apoyada en cosas secundarias, se puede llegar a convertir la Iglesia cristiana en un gueto. Esto, no rechaza ni mucho menos las formas y los medios que se usen para conseguir hacer crecer a la evangelización propuestas en la misma entrevista.

Solo sería así en el caso de que los cristianos sigan en la línea de desconocer las exigencias de Dios, y la infravaloración de lo que supone la salvación y la Gloria eterna. Cada vez que se saca a colación la grandeza de la salvación y el horror de la damnación eterna, surgen muchos que pretenden amortiguar la realidad de la justicia de Dios, echando mano de su misericordia.

Por supuesto que Dios es misericordioso en grado sumo, aunque hay que decir que la justicia es también uno de sus principales atributos. Decir, como hacen estos teólogos, que Dios no condena ni a Hitler, es por demás temerario y una interpretación demasiado alejada de las aseveraciones de la Escritura.

Si andamos poniendo en solfa las verdades de la Escritura, por considerarlas demasiado anticuadas dado el pensamiento que regía en el tiempo de su confección, terminaremos por privarla de su autoridad y capacidad de regir la vida del creyente. Con amigos así, no necesitamos enemigos.

Creo firmemente, que podemos y debemos buscar debajo de cada versículo de la Biblia los misterios que contienen, pero irse por sendero de cabras afirmando un anhelo o una fantasía nuestra, no es hacer teología, sino poner a toda la Iglesia Cristiana en ridículo. Cierto que hay muchas cosas que rectificar, (siempre las hay) pero que las consecuencias no sean peores que el status quo. Todo debe hacerse para edificación de la Iglesia, no para su destrucción.