
La noche entraba gélida y oscura,
Mis niños se encontraban ya en la cama,
Habíamos orado al retirarnos,
Y en casa calentaba alegre llama
Unos golpes sonaron en la puerta,
Llamando tan premiosos y excitados
Que causaban temor y sobresalto,
Por molestos premiosos y agitados.
¡Silencio! En queda voz les susurré,
Es solo un indigente el que ha llamado;
De hambre, frío y de llamar cansado
Pronto se marchará para otro lado.
Poco a poco el embate seco y ronco
Se iba debilitando lentamente
Y yo me abandoné con desenfado,
Calmoso en mi conciencia y en mi mente.
Al cabo las llamadas concluyeron,
En tibia cama me torné a envolver,
De nuevo el dulce sueño me envolvía,
Feliz durmiendo hasta el amanecer
Al despertar al alba el nuevo día,
Fui tranquilo mi puerta a franquear
Y en el quicio, con horror, rígido y gris,
Un gélido cadáver vine a hallar.
Helado, en indigencia y abandono,
Aquel hombre pidió que yo le abriera,
Y por no molestarme en ampararle,
En mi puerta dejé que se muriera.
¡Cuantas veces dejamos nuestra puerta
Cerrada con cerrojos de egoísmo,
Y al abrir hemos visto a la mañana
Las víctimas de nuestro narcisismo!
Andemos con Jesús la senda estrecha,
Tratemos a los pobres con cuidado,
Saquemos a la puerta nuestra entraña,
Y no quede Jesús abandonado.
Mis niños se encontraban ya en la cama,
Habíamos orado al retirarnos,
Y en casa calentaba alegre llama
Unos golpes sonaron en la puerta,
Llamando tan premiosos y excitados
Que causaban temor y sobresalto,
Por molestos premiosos y agitados.
¡Silencio! En queda voz les susurré,
Es solo un indigente el que ha llamado;
De hambre, frío y de llamar cansado
Pronto se marchará para otro lado.
Poco a poco el embate seco y ronco
Se iba debilitando lentamente
Y yo me abandoné con desenfado,
Calmoso en mi conciencia y en mi mente.
Al cabo las llamadas concluyeron,
En tibia cama me torné a envolver,
De nuevo el dulce sueño me envolvía,
Feliz durmiendo hasta el amanecer
Al despertar al alba el nuevo día,
Fui tranquilo mi puerta a franquear
Y en el quicio, con horror, rígido y gris,
Un gélido cadáver vine a hallar.
Helado, en indigencia y abandono,
Aquel hombre pidió que yo le abriera,
Y por no molestarme en ampararle,
En mi puerta dejé que se muriera.
¡Cuantas veces dejamos nuestra puerta
Cerrada con cerrojos de egoísmo,
Y al abrir hemos visto a la mañana
Las víctimas de nuestro narcisismo!
Andemos con Jesús la senda estrecha,
Tratemos a los pobres con cuidado,
Saquemos a la puerta nuestra entraña,
Y no quede Jesús abandonado.