
Me duele Señor mío mi ruda extravagancia,
Que no alcanza incesante a intuir tu grandeza;
Es un dolor del alma, y mucha la bajeza
Que siento cuando noto, tu amor y tu abundancia.
Duéleme mi Señor, por mi necia arrogancia,
Fallando al ignorarte mi sórdida altiveza,
¡Si solo al adorarte me empapa tu belleza!
Me da seguridad y adoro tu fragancia.
¿Por qué mi Dios, porqué? ¿Porqué, esta discrepancia
Entre el voraz deseo de disfrutarte en pleno,
Y mis locos deseos e insano desenfreno?
El mundo y los deseos, y mi necia jactancia,
Mi piedad apagada, y brillos del obsceno
Mundo que tanto agobia, y odia al Nazareno.
¡Mi Dios, tan santo y bueno!
Líbrame, ya que puedes, con tu poder eterno,
Del enemigo malo, con tu manto paterno.