
Ciertamente llevó él nuestras enfermedades,
y sufrió nuestros dolores;
y sufrió nuestros dolores;
y nosotros le tuvimos por azotado,
por herido de Dios y abatido.
por herido de Dios y abatido.
Mas él herido fue por nuestras rebeliones,
molido por nuestros pecados;
el castigo de nuestra paz fue sobre él,
y por su llaga fuimos nosotros curados.
Por cárcel y por juicio fue quitado;
y su generación, ¿quién la contará?
y su generación, ¿quién la contará?
Porque fue cortado de la tierra de los vivientes,
y por la rebelión de mi pueblo fue herido.
(Isaías 53)
(Isaías 53)
Llegan las
entrañables fiestas de Navidad, y aunque algunos dicen que son insoportables,
otros tediosas, y otros que en su soledad se ponen melancólicos por este tiempo
lo cierto es que para los más es motivo de reunión de familias. Digan lo que
digan los más “progres” y aprendices de ateos, son fiestas en las que los niños
y mayores encuentran algo de reposo espiritual.
Es cierto que “los
peces en el río” repetido hasta el agobio, llega a ser un repelente para
muchos. Creo que lo dicen para manifestar una superioridad, pero la realidad es
que las fiestas con sus regalos y sus manifestaciones de alegría son una
hermosa manera de endulzar la vida de todos.
Espiritualmente ya
es otra cosa distinta. Pocos advierten el Adviento y algunos solo la Navidad sin relacionarla
con la celebración del nacimiento de Jesús, el hijo de Dios. Como dice a entradilla
bíblica, nació para morir por nuestros pecados y por nuestra salvación.
En la antigua dispensación,
los paganos daban sus primogénitos a la bandeja incandescente de Baal Moloch,
el ídolo llamado señor por los paganos. Es de figurarse el lamento de la madre
cuando el sacerdote pagano arrojaba al recién nacido a la muerte. Era espanto saber
que cualquier primogénito nacido era destinado al falso diocesillo idolátrico,
en aquella ignorancia y absoluta falta de sentimientos.
El legislador Moisés
sustituyó aquella esclavitud por la sustitución del niño por un animal puro que
era ofrecido en lugar del infante primogénito. A los más pobres se les permitía
ofrecer dos palominos o cualquier ave que fuera pura. No grajos, ni abubillas,
etc. declaradas impuras por su tipo de alimentación.
Jesús fue ofrecido
como ofrenda purísima y junto a su enseñanza, su sacrificio compensó
sobradamente nuestras desobediencias a Dios Padre, habiendo conseguido eterna
redención. Esto es lo que los que somos conscientes del misterio de la Natividad de nuestro
Señor Jesucristo celebramos.
Estamos henchidos de
alegría y confianza puesto que fuimos rescatados por el ser más puro y divino
que convivió con la humanidad. Gracias sean dadas al Padre que supo entregar a
su hijo amado, y al hijo que en perfecta obediencia aceptó todos los
sacrificios por amor al género humano.
AMDG.