lunes, 2 de enero de 2012

EL CAMINO DEL DESTIERRO. Antigua conseja.


Entre las brumas del amanecer dos sombras se mueven lentamente entre la neblina. Son un joven esbelto y decidido, y un anciano de espalda doblada y corto resuello, que trata de seguir al joven que se apresura con pasos nerviosos.

Van al viejo asilo que recoge a los ancianos disminuidos, y a los que su avanzada edad, soledad, o pobreza no les permite vivir en sus propias casas. El joven lleva a su padre al lejano centro de recogida, para dejarlo allí al cuidado del personal que asiste el Centro de Mayores.

El impaciente joven, aguijonea al anciano con palabras cortantes: padre, no se entretenga que yo tengo que hacer muchas cosas; tengo mi trabajo y mi familia que me necesita, y no me puedo entretener más de la cuenta.

Al llegar a una roca que sobresale al borde del camino, el anciano mira suplicante a su hijo y con voz temerosa le pregunta: ya estoy muy cansado, hijo mío, quisiera sentarme un rato en esa piedra grande; sé que tienes mucha prisa, pero ya no puedo seguirte a tu paso.

El joven le mira con gesto irascible, pero después de una breve pausa le dice: Bueno, le dejaré que se siente usted en la roca y descanse un poco; pero después quiero que se apresure. Hay mucho trecho aun para llegar, y yo tengo prisa por volver.

El encorvado anciano se sienta trabajosamente y suspira. Se produce un profundo silencio por algunos momentos. Y el viejo llora silenciosamente.

Ya sabe usted, padre, que esto lo hemos hablado muchas veces; no creo que ahora se deba usted poner a llorar. Tampoco vamos a un sitio malo.

Allí le cuidarán mejor, y los demás podremos dedicarnos plenamente a nuestros trabajos y a nuestras aficiones, ya que creo que nos las merecemos por nuestro esfuerzo.

Somos jóvenes y tenemos poco espacio en la casa. Mi mujer está ya cansada, de estar tan pendiente de usted. Necesitamos expansión y no estar tan atados. ¿Por qué llora usted? ¡Si le voy a dejar en un buen lugar!

El anciano levanta el rostro arrugado, por el que surcan abundantes y ardientes lágrimas; con voz apagada contesta entre sollozos reprimidos: No lloro por que me marcho de la casa, hijo mío aunque no me gusta nada. Lloro porque en esta misma piedra se sentó mi padre el día en que yo lo llevaba al mismo lugar a donde tú me llevas.

Un espeso silencio calló sobre la escena y tras una corta reflexión dijo el hijo:

Pues verá usted, padre, lo que le digo. Cuando descanse a su gusto, nos volvemos ahora mismo los dos para nuestra casa y no se hable nunca más de este asunto.

No quiero que uno de mis hijos, a los que tanto quiero, me vaya que conducir por esta senda ni me tenga que dejar descansar en esta piedra.

No quiero llorar como usted lo está haciendo ahora. Volvamos cuando usted quiera y, tranquilamente, hablaremos de muchas cosas por el camino de vuelta.

Y al momento volvieron los dos en pasos lentos, callando lo que las lágrimas y los suspiros no les dejaban expresar, pero el anciano, que no lo esperaba, se encontró de pronto con que el brazo de su hijo le enlazó por el hombro, y su boca depósito el beso que el anciano había anhelado tanto tiempo sin obtenerlo.

Y llorando, esta vez de profunda alegría, se volvieron los dos enlazados en un inmenso abrazo.

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