domingo, 25 de noviembre de 2012

CONVERSIÓN Y PAZ



 



Todas las verdaderas conversiones llegan tras un conflicto existencial, que solo es dado a unos pocos. De ahí que solo a través del sufrimiento se consigue encontrar una paz que “el mundo” desprecia en sus locuras. El hombre ungido, a pesar de sus angustias, llega a conocer la verdad a pesar de las dificultades y vicisitudes que ha de pasar antes de la eclosión de la revelación.

El cúmulo de cristianos comodones y superficiales no entiende al que como Jeremías sentía: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude. (Jeremías 20:9)

Cuando Dios quiere, se las hace pasar canutas a un tipo, pero consigue la consagración del que se ha propuesto poner a su servicio. ¿Qué misterio se esconde detrás de esa forma de actuar de Dios no lo pondero, pero sé que es así. Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado (Isaías 26:3)

Y es que el genuino hombre de fe ha de pasar por dudas y sobre todo intentar llegar a la Verdad, que es el principio de toda conversión. Una vez que llega a esta posición de relación con el Creador por medio de Jesucristo, habrá de luchar contra una naturaleza que trae de su nacimiento, y que hasta en los bebés se manifiesta cuando lloran empeñados en algo que a ellos les gusta.

Esa naturaleza les hace establecer una dicotomía que San Pablo discierne en sus palabras “carne y espíritu”. Nos pasa a todos aunque no tenga nada que ver con la vida espiritual. Sabemos que hacemos algo mal, aunque nos lleve a ejecutarlo la delectación de un capricho o de una compulsión.

La fe impulsa al bien absoluto; nuestra naturaleza al intento de nuestro corazón relacionado la naturaleza caída y corrompida. De hecho todos somos corruptos y hablamos mentira porque la verdad es perseguida y no proporciona prosperidad. De ahí que San Pablo hable del viejo hombre o del nuevo hombre que ha sido “recreado” según Dios en la Justicia y santidad de la verdad.

Todos reconocen que una vida cristiana auténtica y no artificial es lo mejor de lo mejor. Lo que ocurre es que ayunar, ser sobrio, caritativo, compartir, ser generoso, y tantas virtudes (algunos las llaman “propiedades”) choca frontalmente con nuestra naturaleza pecaminosa y al final se establece la lucha entre las dos tendencias hasta que una vence a la otra. Y al fin y al cabo el derrotado es el hombre creación de Dios. El enemigo vence.  

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