domingo, 12 de junio de 2011

HECHO ESTÁ



Hay, pues, un abismo entre nuestro deseo y la realidad, y nos acosan a cada paso situaciones límite e insuperables que escapan totalmente de nuestra capacidad de modificarlas. No admiten alteración por parte nuestra. Devienen solas y. como decía el rabino Eleazar, «todo está determinado, conocido anticipadamente, perfectamente ordenado y consumado» El Nuevo Testamento lo dice claro: Hecho está (Apocalipsis 21:6).

Mi vida y mis circunstancias no me fueron  consultadas, ni se me dio opción alguna a cosa distinta. Entramos en la vida sin saber cómo, y salimos de igual manera. En Dios vivimos y nos movemos y somos (Hechos 17:28). «Yo soy yo, y mi circunstancia», decía Ortega y Gasset. Ni uno ni otra son controlables. Ni nos auto creamos, ni nos dirigimos a nosotros mismos, pues somos impelidos por fuerzas insuperables y misteriosas que nos desbordan por todas partes.

No hemos elegido nuestra vida ni la época en que vivimos, ni nuestra cuna ni nuestros padres, ni nuestro país, etc. Moriremos cuando esté previsto y nuestras acciones y las consecuencias de ellas ya están determinadas y conocidas de antemano. No hay nada que podamos modificar por nuestros propios medios. Hagamos lo que hagamos, al final resultará que era exactamente lo que estaba predeterminado por el Creador.

No elegimos nada. Aun cuando en pequeñas cosas creamos que decidimos, si observamos atentamente comprobaremos que elegimos movidos por un prejuicio, una pasión, una costumbre, etc. Y cuando intentamos elegir en asuntos cruciales para nuestra vida, nos encontramos con que es altamente probable que no lo consigamos.

De ahí los estados de ánimo lastrados por la continua frustración, y ni somos felices ni sabemos cómo liberarnos del agobio del entorno en que vivimos, ni de las ansias que se agitan en nuestro interior. Nos encontramos presos en nosotros mismos y sumergidos en el turbulento transcurrir de los eventos que nunca podemos controlar; suceden por sí mismos.

Ni siquiera sabemos si somos amados u odiados, ni de quién, ni cuál es el bien del hombre (Eclesiastés 6:10-12). Todo está en manos de Dios y alabado sea porque es así. Todo lo pasado ya no vuelve atrás. Ya sucedió, es irreversible y está ya consumado. Es, pues, inamovible. No se puede «rebobinar» para hacer volver el tiempo para atrás y modificarlo. Ni parar el momento actual. El pasado ha quedado fijado en el tiempo irremisiblemente. Ya no es. Nada pues, podemos hacer, y es locura agitarse y torturarse, por hechos que por el tiempo se diluyeron.

También es locura rebelarse contra lo que creamos que será nuestro futuro. El presente es también fugaz y huye, queramos o no. Hay infinidad de explicaciones y de deducciones, que se dan alegremente en relación con estos hechos de la irreversibilidad y el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios sobre todo lo que ha sucedido, sucede y sucederá.

Existen toda clase de explicaciones antropológicas, sociológicas y hasta astrológicas, y todas contienen elementos que de algún modo tratan de explicar los sucesos, siendo sólo un «rebuzno» sobre los misterios de la vida y la creación. Son explicaciones enigmáticas que se quedan siempre en la superficie de las cosas, hasta donde alcanza el saber humano, tan contradictorio y aleatorio. Pero no se inyectan ni penetran en la médula de la realidad profunda.

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