viernes, 5 de abril de 2013

PAZ ESPIRITUAL



Se puede crecer en el desierto
 

Casi siempre hablamos de la gente: que si es un inútil, que tiene una ideología que resulta de no haber estudiado (porque no quisieron tal vez), o de no saber aprovechar una ocasión de prosperar, (ya saben… aunque sea mediante corrupción y todo eso de que se habla) o haber perdido una ráfaga de buena suerte, ser torpe o de carácter tímido. Hay gentes de toda clase en la Tierra.

Muchos inteligentes terminan en la cárcel y, mientras tanto, muchos “fracasados” son felices hasta donde se puede ser feliz lejos de Dios, y otros viven una esperanza netamente superior a todos los niveles. Y hay otra clase de inteligentes que como San Isidro, Labrador, decía a los que notaban la prudencia y equilibrio en sus respuestas “soy muy inteligente, porque tengo mi confianza puesta en Dios.

De ahí que el poeta místico Fray Luis pudiera decir:

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han
sido;


Como es preceptivo, natural y consuetudinario, etc. los ejemplos de sabios reales son, salvo los fallos y las flaquezas que todos llevamos hasta en el pensamiento, pecadores. Pecadores… perdonados y…  salvados. Ellos desconfiaron de sí mismos en orden a la salvación, y optaron por confiar en la cruz del Calvario y en la sangre de Cristo, el cordero de Dios.

Es por eso, que viven confiados a pesar de pasaje de la muerte, a la que no temen ni eluden. Confían en una esfera de ser y de conocer, infinitamente superior a lo que ahora pueden columbrar. La vida se compone de muchos presentes, que pasan y se olvidan. Dormir tranquilo y ser apreciado por sus buenos actos de piedad es muy hermoso.

Los que han renunciado a los placeres prohibidos, por ser asuntos de naturaleza sociológica corrosiva ganan todo, porque todo pasa, y esperan pacientemente la esfera infinita de conocimiento y gozo. En cambio los malhechores de cualquier clase se exponen a juicio ya sea en la Tierra como en el Cielo. Tranquilidad, ninguna, por mucho que digan eso de  “tengo la conciencia tranquila”. ¿Qué conciencia?

Quedéme y olvidéme
el rostro recliné sobre el amado;
cesó todo, y dejéme
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.


AMDG.    

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